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¿Fue Fandet Barranqueras una propiedad de los nazis?

En 1945, durante el gobierno militar Farrell-Perón, se supo a través del Boletín Oficial de la Nación que en la Argentina operaban 356 empresas alemanas de todo tipo. Se trataban de bancos, financieras, compañías agropecuarias, firmas comerciales, fábricas, constructoras, y empresas comerciales dedicadas a los más variados rubros.

Dicho informe desnudó el verdadero rostro que tenía la penetración nazi en el campo económico argentino. Las fuertes inversiones de los alemanes en el país ya venían de lejos. En 1933, año en que Hitler subió al poder, las mismas trepaban a más de 300 millones de pesos.

Para 1938, a sólo cinco años del inicio de la gestión nacionalsocialista en Alemania, las inversiones alemanas en la Argentina ya sumaban 3 mil millones de pesos. El motivo de tan espectacular crecimiento de tales inversiones era más político que económico: el nazismo entendía que volcar dinero en un país era un excelente vehículo para la difusión de su ideología.

En 1945, el historiador, sindicalista y dirigente comunista Luís Víctor Sommi, fallecido en 1983, explicó así la razón de tan espectacular fenómeno inversionista alemán: “La invasión, según la técnica nazi, se opera por fuera y por dentro.

En éste caso, las empresas nazis sirven de vanguardia. La invasión “invisible” de elementos nazis tienen en todas y cada una de las empresas alemanas apoyo y dirección. Los planes nazis políticos, militares y económicos se apoyan en estas empresas manejadas desde Berlín. Nadie ignora que ellas encubren y facilitan el trabajo de espionaje. Ellas también organizan y financian los elementos nazis en el país”.

La cuestión es que los negocios nazis en la Argentina prosperaban. Pese a las famosas listas negras, a las dificultades para importar productos y para conseguir materias primas y materiales, a las empresas alemanas todo les iba viento en popa. El secreto estuvo siempre a la vista: protección y ayuda del gobierno argentino.

¿POR QUÉ FANDET?

Por decreto 1.921 del 24 de enero de 1947, Perón nacionalizó cuarenta y ocho “capitales enemigos” (alemanes) que habían sido puestos bajo el control de la denominada Junta de Vigilancia de la Propiedad Enemiga. Todos ellos fueron expropiados y transferidos a la recientemente creada Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE).

Vista aérea de FANDET en Barranqueras. Se observa el edificio de administración, la planta y la usina. Sobre el camino de ingreso, las casas de empleados. A la derecha de la foto, las casas para la gerencia y las casas de obreros en el fondo

En la operación, el gobierno invirtió cien millones de pesos. Tras cinco años de dilaciones, por fin se daba cumplimiento a lo que se había dispuesto en Río de Janeiro, durante una reunión realizada entre los días 15 al 29 de enero de 1942.

En esta reunión, Argentina tuvo como representante al ministro de Relaciones Exteriores a Enrique Ruiz Guiñazú, un conocido simpatizante del nazismo, padre de la luego famosa periodista Magdalena Ruiz Guiñazú, quien entonces tenía siete años.

En dicho encuentro se recomendó muy especialmente a los países del continente “impedir dentro de las Repúblicas Americanas toda operación comercial y financiera celebrada directamente por los Estados del Eje, por los territorios dominados por ellos, o por sus nacionales, así como también las efectuadas indirectamente”.

El presidente Ortiz, invocando una neutralidad argentina que en los hechos favorecía a Alemania, pasó por alto tal recomendación. Con más razón aún lo ignoró después el gobierno militar pro-Eje encabezado por el binomio Farrell- Perón. Pero las cosas cambiaron con el derrumbe alemán. A Perón, que ya era presidente constitucional, presionado por los aliados no le quedó más remedio que acatar aquel acuerdo hecho en Brasil, al que se sumó otro compromiso firmado en México.

Así que emitió el decreto 1.921, cuyo artículo primero disponía “adquirir en bloque por intermedio del Banco Central todos los bienes de las compañías y empresas de carácter comercial, industrial y financiero que se encuentren en estado de liquidación por resolución de la junta y disposición final de la propiedad enemiga”.

El Banco Central explicó que “el Estado argentino pasa a ser propietario exclusivo de dichas empresas, dando así pleno cumplimiento además a las resoluciones números XVIII y XIX de la Conferencia Interamericana de los problemas de la guerra y de la paz, aprobadas en Chapultepec el 7 de marzo de 1945”.

Concretamente, a partir del 24 de enero de 1947 numerosas empresas alemanas comenzaron a ser expropiadas para ser incorporadas a la Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE). Casi cincuenta firmas germanas fueron nacionalizadas. Entre los bienes que por imperio de aquel decreto pasaron a ser controlados por la DINIE estaban también las instalaciones textiles e hilanderas de Fandet Barranqueras.

¿Por qué una fábrica que en 1942 se había anunciado como obra del gobierno de Roberto M. Ortiz era ahora puesta en la órbita de la DINIE junto con otras decenas de “propiedades enemigas”? ¿Acaso ésta industria (que catorce años después fue vendida a la Unión de Cooperativas Agrícolas Limitadas, UCAL) también había formado parte de la penetración económica nazi en la Argentina? ¿Qué sentido tenía transferir al Estado una fábrica que supuestamente ya era del Estado?

EL ORIGEN DE LA FÁBRICA

En 1941, plena segunda guerra mundial, el país necesitaba bolsas de algodón para el transporte de cemento, harina, tanino y sal.

Por eso, según el Ministerio de Agricultura de la Nación, se decidió construir dos fábricas para la elaboración de esos elementos: una en Santiago del Estero y otra en Barranqueras, con una inversión total de un millón quinientos mil pesos. La de Barranqueras sería la más grande.

La ciudad era ideal para un emprendimiento de esta clase porque su puerto recibía casi toda la producción algodonera de la región, transportada por los ferrocarriles Central Norte Argentino y Santa Fe. Para la instalación de la fábrica compraron veinte hectáreas de terreno, cinco de ellas para la planta fabril y otras cinco para construir un barrio obrero, que no es otro que el actual barrio UCAL.

El 29 de diciembre de 1941, se eligió a las empresas norteamericanas Saco Lowell Shops y Whitin Machine Works para diseñar, transportar y montar la fábrica. Pero el proyecto estuvo a un paso de irse a pique. Tras el ataque japonés a Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941, Estados Unidos había entrado en guerra y Roosevelt había prohibido suministrar armas y equipos a los países neutrales. En la lista de países prohibidos estaba la Argentina.

Recién el 12 de septiembre de 1942, ya durante la presidencia de Ramón A. Castillo, vino Daniel Amadeo y Videla, ministro de Agricultura de la Nación, a colocar la piedra fundamental. Las monumentales instalaciones se ejecutaron sin prisa y sin pausa incluso durante el golpe militar del GOU que el 4 de junio de 1943 derrocó al presidente Castillo.

RADIOGRAFÍA DE UN COLOSO

Diseñado con las técnicas más modernas de la época, el colosal establecimiento fabril fue emplazado sobre una superficie de 12.000 metros cuadrados. Había cientos de máquinas, pero no se escuchaba nada porque la planta era a prueba de ruidos. Su exclusivo diseño hacía que la luz natural pudiera ser aprovechada en un ciento por ciento.

En distintos lugares del establecimiento se instalaron sistemas de localizadores eléctricos centralizados para detectar incendios, los cuales eran acompañados de rociadores automáticos dotados con alarma para evitar la propagación del fuego.

Tenía una red de refrigeración y humidificación para mantener la temperatura acorde a la producción y el trabajo. Completaba la gigantesca planta un barrio de 150 casas para obreros, empleados, jefes y gerentes. Dicho conjunto habitacional se completó con la construcción de una escuela, una biblioteca, una capilla y varias instalaciones deportivas que incluyeron dos canchas de fútbol de once, una más pequeña, y una cancha para los amantes del tenis.

Contaba con usinas propias equipadas con motores de 1.500 h.p cada uno, más dos adicionales de 100 h.p, las cuales suministraban energía a la hilandería, a las viviendas del personal jerárquico, al barrio obrero en su totalidad y al centro cívico. Hubo tiempos en que la fábrica producía hasta nueve toneladas de hilado por día.

EL DERRUMBE

En 1961, durante la gobernación del radical intransigente Anselmo Zoilo Duca, FANDET fue privatizada y vendida a la Unión de Cooperativas Agrícolas Limitadas (UCAL).

Quien fuera ministro de Agricultura y Ganadería de la provincia en aquel entonces, Ismael Marcón, explicó de ésta manera el motivo del traspaso: “Lo que hicimos fue sumarnos a la política del presidente Frondizi de desprenderse de las industrias estatales. Además, consideramos que las cooperativas chaqueñas ya eran lo suficientemente maduras como para hacerse cargo de un establecimiento de esta clase. Ya no me acuerdo por cuantos pesos les vendimos, pero lo pagaron en diez años y con cinco por ciento de interés anual”.

Durante la gestión cooperativista, su producción sostenida por más de mil trabajadores seguía siendo encomiable. Hasta que sobrevino el derrumbe por causas que ya forman parte de otra historia. La fábrica terminó siendo un cementerio donde quedaron enterrados los viejos buenos tiempos. Se convirtió en una ruina que sólo servía para alimentar la nostalgia de sus antiguos trabajadores.

El 11 de marzo del 2011, el doctor Arístides Omar Ginesta, recordado vecino portuario, lamentó así su triste final: “¿Dónde está?, ¿qué va a pasar con la fábrica UCAL? La iban a reflotar, pero no la reflotaron. Todo está igual. Vino Chrystian Colombo, jefe de Gabinete de de la Rúa, supuestamente a reflotarla. Habló y habló, pero no pasó nada. Los trabajadores siguen esperando y dando lástima a la vista y paciencia de una dirigencia política que mira para otro lado”.