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Belleza: la medida justa de saber SER

Pintores, fotógrafos y filósofos comprenden el sentido de belleza como un estado; como una cualidad que poseen las cosas o personas que generan placer visual, deleite o admiración.

Este estado se condice al innato sentido de belleza que se nos imprime desde que nacemos. Esta condición va siendo educada, formada y afinada de acuerdo al entorno, las preferencias y las elecciones. Fuera de la belleza física, veremos nuevas opciones donde, sin dudas, nos sorprenderá de qué manera somos responsables no sólo de encontrar y relucir nuestra belleza, sino también de resplandecer la belleza de los demás.

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Cualquiera que busque el concepto de belleza o éxito puede hacerlo entrando al universal Wikipedia, por lo que no nos detendremos aquí. Iremos más allá.

Los parámetros de la sociedad han transformado su escala de valores y hasta podemos decir que nuestra percepción de belleza y éxito es parte y reproductora del concepto social que fue formándose. Este puede ser el primer indicio que nos lleve a entender por qué en la actualidad cuesta tanto establecer qué es bello y a quién llamamos exitoso.

Un elemento válido para ejemplificar es nada más y nada menos que los medios de comunicación, los cuales posicionan figuras “exitosamente aceptables” y por la comodidad del usuario, es absorbida con la sola acción de abrir una página de internet o prender la televisión y mirar al menos los programas que tienen un importante lugar en el rating. Lo comodidad, como rápido y sencillo accionar para ser espectador. Hecho contrario al de esfuerzo: pensar; acto que puede realizarse leyendo un libro o buscando alternativas más educativas en la tv.

Sabiendo entonces que el concepto de belleza puede educarse con tan solo la voluntad propia, veremos que el espectro de nuevas figuras reaparecen. Ahora la tarea es vernos a nosotros mismos bellos y exitosos. ¿Cómo? Entendiendo de dónde viene el parámetro de ambos términos y qué herramientas utilizar para alcanzarlo. Más que una receta, es un desafío, una consigna.

Cuando yo soy el otro

Para comprender la verdadera esencia del concepto de belleza es preciso atribuir el primer paso a la autoestima. La autoestima es la base para comprender cualquier otro concepto en la medida justa, con una mirada equilibrada y una escala de valores correctamente distribuida.

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Si nosotros no tenemos una imagen certera de nuestro yo, no veremos bien la escala de valores a nuestro alrededor, y el concepto de belleza puede distorsionarse.

Aunque este proceso es inconsciente, cada persona se reconoce íntegra cuando logra desarrollar y expresar en sus más altas dimensiones sus propias capacidades, aptitudes y talentos. Reconocerse no significa mirarse, sino entenderse como ser, capaz de desarrollar diferentes aptitudes o dones. Por lo contrario, si vivo pendiente de mí, menos tiempo tengo para desarrollarme y menos tiempo para contemplar en el otro una fuente de riqueza humana.

Con la misma medida debe entenderse la mirada hacia los demás, reconocer que el otro es tan capaz como uno y estimular su crecimiento intelectual, artístico, físico y afectivo. Por esta razón, cuanto más realzo las capacidades en el “otro”, más “soy”, generando en mí mismo una inusual belleza.

Siempre el otro tiene un don para desarrollar y es nuestra responsabilidad que lo haga. Entonces si uno es capaz de ver en el otro su grandeza, su belleza, ve también su llegada al éxito.

El éxito no es otra cosa que alcanzar la felicidad, porque sólo la felicidad logra que una persona actúe en libertad.

Por lo tanto, la belleza depende únicamente de nuestra voluntad para desarrollar cada una de nuestras capacidades, de silenciar el ego y ver en los demás un ser tan íntegro como uno. La belleza vendrá como consecuencia de esa relación

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