Pandemia, economía y polarización extrema
¿“Listos para la elección más sucia de la historia de EEUU?” (The Guardian, 13 de septiembre)

El periodista Thomas Friedman, columnista del New York Times y tres veces ganador del Pulitzer, le dijo hace unos días al diario La Nación que “Estamos en el momento más peligroso para la democracia estadounidense de toda la historia (…) Comencé mi carrera cubriendo la segunda guerra civil en el Líbano; nunca pensé que terminaría mi carrera cubriendo la segunda guerra civil en EEUU (…) Si Trump gana, se sentirá completamente libre de ataduras (…) El daño que causará a nuestras instituciones y a la política será demasiado grande. Tendremos alguna forma de guerra civil. No será una guerra civil caliente, pero se pondrá muy, muy feo en EEUU”.

Un reciente editorial del Washington Post, aun con el mismo sesgo pro demócrata de Friedman, observaba que ese partido “actúa como si tuviera la ilusión de que vendrá un árbitro imparcial y pondrá en orden las cosas”, en referencia a las medidas unilaterales de Trump en política interna y externa, como por ejemplo la decisión de nombrar, una semana antes de la elección, una jueza conservadora vitalicia en la Corte Suprema, y firmar acuerdos en favor de Israel con dictaduras y monarquías árabes. Estos dos registros acerca de los intereses y los métodos políticos que encarnan el actual presidente estadounidense y su rival demócrata, hacen pensar que una “segunda guerra civil” en EEUU podría tener lugar “si gana Trump”, como dice Friedman… pero también si no gana.
ENCUESTAS
Desde que la pandemia de coronavirus derribó el castillo de naipes de la “recuperación económica” tan celebrada por Trump, el presidente sabe que lleva las de perder en la carrera electoral. Pero como las reglas de juego que sigue y siempre siguió no se atienen al “fair play”, ni mucho menos, y además sabe que compite contra el peor candidato demócrata posible (por su figura y por su programa político) en los últimos treinta años, ni siquiera la unanimidad de encuestas negativas lo hacen vacilar.

Comenzó la carrera electoral advirtiendo que no reconocería una derrota que incluyera los votos anticipados por correo, tan tradicionales en EEUU, asegurando que son un elemento de fraude. A continuación desfinanció a la agencia postal oficial para impedir que pudiera manejar un volumen de votos que se anuncia más masivo que nunca por esa vía, debido a las restricciones que hay en algunos estados por el coronavirus.
Esta semana, el jefe del correo advirtió a los tribunales electorales de varios estados que su departamento “no está obligado” a conceder prioridad a los sufragios emitidos por vía postal, los que podrían llegar mucho más tarde que el límite establecido para el conteo. El presidente redobla sus previsiones a medida que las encuestas predicen su derrota.
La agencia Associated Press reportaba a mediados de octubre que “El promedio actual de RealClearPolitics de encuestas nacionales tiene a Biden por delante de Trump por 10,6%. En el estado clave de Florida, el presidente pierde ante Biden en un promedio de 3,7%. En el Medio Oeste, Trump va a la zaga en Wisconsin, Michigan y Ohio en un 5,5%, 6,7% y 0,6%, respectivamente. En Arizona, Trump bajó un 2,7%, mientras que en Pensilvania parece estar desapareciendo por completo mientras Biden saca ventaja de 7%”.
El reporte se enfocaba en los llamados “swing states”, los que de elección a elección suelen cambiar sus votos entre ambos partidos dominantes y definen con ese cambio el conjunto del escrutinio.
FLORIDA
El último presidente en ejercicio que tuvo números tan negativos, perdió. Fue George H. Bush, vencido por Bill Clinton en 1992, quien le había anticipado: “Es la economía, estúpido”. Trump respondió a estas noticias por Twitter, afirmando que “estoy ganando a lo grande” y que las encuestas nacionales no son ya fake news, sino fuck news (textual). Y se lanzó a un raid de visitas a distritos clave, sobre todo Florida, sin importarle lo más mínimo que está convaleciente de Covid-19 y que ya contagió a muchos colaboradores de su equipo.

“Si no gana Florida, Trump la tendrá complicada. Si Biden obtiene allí una ventaja clara, aunque sea pequeña, todos los planteos del actual presidente podrían olvidarse rápidamente”, dijo un asesor de la campaña demócrata. Aquí reverbera la caracterización del Washington Post: “Actúan como si tuvieran la ilusión de que vendrá un árbitro imparcial y pondrá en orden las cosas”.
Y centran esa ilusión en un estado donde el gobierno, el tribunal electoral, y el diseño de distritos electorales están completamente dominados por el Partido Republicano desde hace mucho tiempo, y donde “winner takes all” (“el ganador se lleva todo”; recuérdese el triunfo de George W. Bush en Florida al comienzo de este siglo por ¡348 votos!).

Un punto clarificador sobre las expectativas de Trump en Florida fue cuando en su primer debate con Biden se negó a afirmar que reconocería una derrota “si entendiera que hubo fraude”. En un acto en Miami, uno de sus candidatos locales llamó a los partidarios a votar dos veces –anticipadamente por correo y el martes 3 de noviembre en el sitio de votación- para de esa forma “controlar si el voto postal ha sido registrado”.

Con tal fórmula se asegura incidentes el día de la votación, que darían lugar a la intervención de bandas derechistas y a la descalificación del resultado, si conviniera. En última instancia, como sucedió en la elección de Bush, debería resolver la Corte Suprema, desde esta semana integrada por una amplia mayoría ultraconservadora (6 a 3).
TEXAS
Este es uno de los estados que históricamente tiene menor participación electoral. Pero al día 26 de octubre, el diario The Guardian informaba que siete millones de texanos ya habían emitido su voto para las elecciones generales. Su gobernador, alineado con Trump, agravó los requisitos para votar por correo. Y, a su pesar, el voto anticipado sigue siendo masivo.

Sucede que este bastión republicano es uno de los estados más castigados por la Covid-19, con más de 18 mil muertos. Los analistas advierten que “La reelección de Trump es casi imposible sin los 38 votos electorales de Texas”. Y el partido republicano del estado está dividido: “El senador John Cornyn comienza a distanciarse del presidente. Otros, como los exrepresentantes Steve Bartlett y Alan Steelman, hasta el exasesor hispano de Trump, Jacob Monty, defienden a Biden”, reporta otra vez The Guardian.
VOTOS, SALUD Y NEGOCIOS
El sábado 17 de octubre el mismo diario anotaba que “La campaña de Trump se ha visto obligada a retirar la publicidad en los estados más disputados después de quedarse sin efectivo. Biden, en cambio, rompe récords de recaudación de fondos”. La noticia adquiría un significado más profundo si se la cotejaba con el editorial del Financial Times unos días antes: “La tormenta nos afecta a todos, pero no estamos todos en el mismo bote”.

Es que los dueños del dinero en EEUU registran las catástrofes vigentes en materia de desempleo y salud pública, que no pueden atenuarse siquiera con las peregrinas promesas de una vacuna antes de fin de año. A principios de octubre, Amazon anunció en su blog empresarial que casi 20.000 de sus trabajadores estadounidenses dieron positivo a tests de coronavirus.
La empresa reveló los datos a pesar de que podía ampararse en el secreto de sus informes sanitarios, aparentemente presionada por los trabajadores y las organizaciones gremiales. Por otro lado, varios fiscales generales estatales habían exigido que revelara el número de infectados, en consideración a que son trabajadores esenciales que toman contacto con gran número de clientes.
La empresa anunció que aumentará el número de testeos a los empleados, con lo que se prevé que subirá el número de positivos. Más preocupante fue la afirmación de la oficina de personal de Amazon en Los Ángeles: argumentó que “El porcentaje de contagios entre nuestro personal es inferior al promedio nacional”. Es que Amazon extendió su dominio sobre mercados de logística a nivel mundial y su capitalización de mercado aumentó de u$s 920 mil millones en 2019 a u$s 1,6 billones en agosto de este año, y el número de contagiados revela que una parte significativa de esa ganancia fue pagada con la salud de su personal.
La pandemia ha sido el centro ineludible de esta campaña, se filtró en cada acto, en cada promesa de los candidatos. Es inocultable que la crisis sanitaria mundial ha golpeado a EEUU más que a ningún otro país y puso la gestión presidencial en el centro de las críticas. Trump es también consciente de este asunto, y lo mejor que se le ha ocurrido es lanzar furiosos ataques contra el principal asesor sanitario de EEUU, el epidemiólogo Victor Fauci, tratando así de minimizar la nueva curva ascendente de contagios y muertes.
El capital tiene sus propias encuestas. La bolsa de Wall Street celebró durante un par de meses con índices crecientes los casi u$s 20 billones que el gobierno volcó a la asistencia de empresas durante la pandemia mediante créditos baratos y subsidios. Pero en esta última semana, en algunos casos por “toma de ganancias” y en otros por “datos pesimistas”, internos o externos, fue de baja en baja, justo antes de las elecciones. Parece que los grandes brokers giran en favor de un recambio presidencial.
ELECCIÓN “TURBIA”, RESOLUCIÓN INIMAGINABLE
Pero ni la declinante situación económica, ni la telaraña electoral, ni el audaz matoneo de Trump, ni el “hacer la plancha” del modestísimo (por decir lo menos) candidato demócrata constituyen el centro de la situación política estadounidense. El núcleo del asunto se cuece en la violenta polarización que han desatado la rebelión antirracista y las crecientes luchas sociales acicateadas por la pandemia. Un dato muy significativo revelado hace meses es que la cúpula de las fuerzas armadas, columna central del estado, se negó a emplear tropas militares en la represión interna.
La “guerra civil” agitada por el periodista Friedman, citado al comienzo de este artículo, augura que el 3 de noviembre no se resolverán las cosas, o al menos no se resolverán sin violentas disputas, que estallarán más temprano que tarde. La pandemia global y el derrumbe económico y social en la primera potencia mundial se abrazan en una crisis que aún no ha mostrado todas sus cartas. Los dos candidatos que hoy se enfrentan no parecen tener recursos ni para ver la primera apuesta.
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