Un necesario
Conocí a Boris Baluk hace unos 30 años, en un viaje a Villa Angela para un informe sobre ya no recuerdo qué. Mi soporte local para el trabajo era otro grande: Pedro Capkauskas, quien me lo presentó. Los dos iban a convertirse en amigos entrañables
Boris era un necesario. Con el tiempo, uno aprende a valorar más a los necesarios que a los imprescindibles. Los necesarios no presumen, y se entregan generosamente. A la familia, al trabajo en equipo, a la amistad.
Con su humor repentista (podía armar una respuesta desopilante en una fracción de segundo), su tendencia natural a pensar las cosas por sí mismo (algo tan extraño en estos tiempos) y su inteligencia filosa, siempre era refrescante escuchar a Boris en medio de las digresiones de un asado o de las discusiones por el tema de la semana. Pero, sobre todo, Boris sabía ser buena gente, y sabía ser amigo. No de un modo testimonial, sino concreto y contundente como sus abrazos.
Si lo necesitabas, Boris iba a estar. Como fuera y donde fuera. Con el tiempo -y sin saberlo ni haberlo buscado-, los necesarios se vuelven imprescindibles. Lo ves más claramente cuando alguno de ellos, como Boris, pega la vuelta en la esquina.













