El hombre confuso
Decía la Constitución Gaudium et Spes (gozos y esperanzas) del Concilio Vaticano II en el año 1965, sin ser literal, que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo son los mismos de la Iglesia y que, por eso, ella en cada tiempo está llamada a preguntarse y a dar respuestas que iluminen el drama del hombre de todos los tiempos, justamente por ser la iglesia parte del tiempo.
Por esta razón, la Iglesia, como comunidad humana y espiritual, es partícipe y participante de los avatares de la historia y en ese sentido como la historia dentro de la historia, ella va surcando los mares tormentosos del tiempo y desplegando sus velas para que, en cada coyuntura de los acontecimientos terrenales, ella pueda llevar a creyentes y no, hacia las aguas calmas del discernimiento, la reflexión y la oración, de modo que puedan ser iluminados los conflictos y las crisis por las que inexorablemente debe atravesar la humanidad.
Así, la iglesia que es luz por su fundador eterno Jesucristo, y al mismo tiempo sombra, por su condición humana, dará una palabra tranquilizadora y segura que sirve tantas veces de contención a las circunstancias temporales desafiantes en las que se encuentra inmersa. En este presente tan confuso, más que nunca se hace necesaria la brújula que oriente el destino de la humanidad, en estas horas tan inciertas.
La mirada profunda del hombre que escudriña los misterios del ser con el auxilio interdisciplinar de las ciencias, sin descontar la mirada de la fe y de la palabra de Dios, podría llevarlo a desentrañar verdades más completas. Desde ese nivel de sabiduría que inquiere, unido al depósito del conocimiento y el saber de los milenios, podríamos, eventualmente, con memoria histórica reconciliada, encarar el futuro de manera inteligente, sobre el sustrato espiritual, que es el único que puede garantizar eficacia, hasta donde el hombre puede llegar a ser eficaz en su limitada condición.
Las viejas preguntas que aparecen en la Constitución del Concilio Vaticano II a la que aludo párrafos atrás, parecen, más que nunca, actuales, porque son las preguntas del hombre de ayer, del hombre de hoy y de aquel del mañana, en su viaje en el tiempo que lo adentra cada vez más en su verdad que, por su condición de creatura, es conocimiento e ignorancia, luz y oscuridad, comprensión y misterio, plenitud y fracaso. Por lo tanto, tales preguntas siguen vigentes y no podemos olvidarlas, so pena de errar nuestro destino.
De este modo, retumban en el corazón de la historia actual, con brío inusitado, las preguntas existenciales que, si contribuimos a responder entre todos, significara, seguramente, un paso decisivo en nuestro tiempo hacia el anhelado y tan complejo progreso humano y espiritual. ¿Hacia dónde va el mundo? ¿Qué puesto y que misión tiene el hombre en el universo? ¿Cuál es el sentido del esfuerzo tanto individual como colectivo? ¿Cuál es el destino último de la humanidad? Todos estos planteos siguen abiertos, y así será hasta el final de los tiempos, porque el hombre será siempre un proceso en construcción y en camino hacia la plenitud de su autoconciencia.
Es preciso sin embargo afirmar que las respuestas a tales interrogantes se han vuelto aún más complejas, porque el hombre se ha vuelto más complejo y cada época tiene el deber moral de responder a tales preguntas a la altura de esos desafíos y de esas circunstancias. Nuestro marco situacional de realidad, en todos los aspectos de la vida, afronta un escenario espinoso, pero es nuestro tiempo. Por eso debemos interpretarlo con todas las herramientas que tengamos a mano, porque en eso consiste el desafío de ser seres humanos, aprender a vivir, aprender a relacionarnos, aprender a perdonarnos y aprender a aprender. Nuestro contexto actual es de incertidumbres y de miedos, pero no podemos olvidar dónde nos encontrábamos cuando nos alcanzó la pandemia. Estábamos por así decir en el entusiasmo voluptuoso de los avances científicos y tecnológicos y ya en un escalón incluso indefinido de época, porque a este tiempo ya no podemos siquiera llamarlo post modernismo, porque es otra cosa. Estábamos, por eso, en una etapa de transición, de cambio de época y quizá de era. Aturdidos por la tecnología, el consumo, la autonomía de la materia sobre el espíritu y en el nivel ciertamente peligroso de un hombre que había dejado de preguntarse, de admirarse y de rezar.
El atolondramiento de “la cosa”, no nos dejaba preguntarnos acerca de “la cosa”, y así, “la cosa” nos invadió y tomo el control de todo, hasta de nuestras almas y nos transformó en marionetas del producir para consumir. Así, la civilización en modo “piloto automático”, producía para consumir, sin otro horizonte más que aquel de producir, vender, comprar, consumir. Y se forjó una conciencia humana donde el valor de los valores era producir, vender, comprar, consumir, y, de este modo, casi sin darnos cuenta edificamos una sociedad sin valores, o completamente controlada por el absolutismo de un solo valor posible: producir, comprar, vender, consumir.
Sin darnos cuenta, el alma y nuestra dimensión más alta del espíritu se nos volvió solo materia y desde esa desorientación, fuimos desarticulando todos los mecanismos de humanismo, de sana interacción social, de sentido de la historia, de la política, de la economía, de la religión y de nuestra organización como nación. Y la bomba iba a explotar desde el corazón mismo de esas estructuras que dieron y dan vida a tan perverso sistema y ciertamente, esa estructura, colapsó. Queramos aceptarlo o no lo que tenemos adelante es un inconmensurable desafío de reconstrucción, para volver a articular lo que dejara esta catástrofe.
En efecto, el mundo en este momento es un avión que ha aterrizado de emergencia con sobrevivientes, aun en medio de la selva intentando sobrevivir, y lo que viene no será agradable. Ha bastado un minúsculo cuerpo inorgánico para que toda la estructura entre en emergencia y de este modo los pilotos de mando del aparato, llámense ciencia, tecnología, política, economía y orden internacional, acusan el impacto y están en shock, con el estupor y la impotencia de no poder controlar lo que ellos suponían tenían bajo control.
Un enemigo invisible sin armas ni bombas nos ha hecho mucho daño porque ha puesto en crisis y de rodillas nuestro sistema de vida de manera increíble y a escala global. Ha desencadenado el mayor descalabro económico, político, y social del que se tenga memoria en estos últimos siglos y que nos exige una reacción inmediata para reorganizarnos de nuevo.
Y es aquí donde las preguntas que nos hagamos y las respuestas que demos como seres humanos garantizaran el salto cualitativo para el proceso de construcción de una nueva civilización. Si tuviéramos que hacer preguntas e intentar respuestas a los desafíos que vivimos en el presente, diríamos que del tipo de comprensión de hombre y de humanidad que concebimos, surge la humanidad y la civilización.
Y esto será siempre así, por eso es fundamental que los lideres el mundo de la academia y de la ciencia, así como los filósofos, humanistas y los hombres de fe, piensen al hombre y sus procesos históricos, a la luz del presente, porque de la luz que extraigamos de la experiencia será la humanidad que nos sobrevendrá. Acaso debamos revisar seriamente y responder de nuevo ¿Qué es el hombre? En términos de la conciencia que ya tenemos hoy sobre el, pero también, quizá desde un sentido más trascendente y espiritual.
La constitución gozos y esperanzas define al hombre desde la palabra revelada como “imagen y semejanza de Dios”, como señor de la creación y como un ser social, además de un ser persona con una altísima dignidad consecuencia de su conciencia moral. Repensar la historia y su proceso supone entonces repensar al hombre, ya que no se podrá transformar la historia ni conducirla con un protagonista confuso. Esta coyuntura histórico –cultural es confusa, porque tenemos al héroe de la construcción de esa historia en un estado de alta confusión. Los signos de esta confusión en contravía de su esencia son manifiestos.
Veamos: niega la trascendencia como camino de acceso a la verdad y siendo el, el único ser viviente que trasciende la creación, niega su trascendencia y consecuentemente la trascendencia de Dios; desconoce su fragilidad y exalta su autonomía por sobre la creación potenciándose en el auto convencimiento de que él es un fin en sí mismo, cayendo en el enigma de la auto referencialidad; construye un pensamiento que endiosa al hombre para suplantar lo que más odia, Dios.
Busca autodefinirse y auto sustentarse desde la fragilidad mostrándose omnipotente, pero desde una orfandad de sentido espiritual y trascendente que le quita vuelo, y de este modo, no supera el vuelo rastrero o en todo caso el vuelo perverso del carancho y del buitre sobrevolando siempre la carroña. Se afirma en el respeto sagrado a la libertad, pero es un esclavo de las ideas, de las pasiones y esclavo absoluto del mundo material; se piensa a si mismo objetivo sobre la base de un extremismo ideológico que justamente por combatir las verdades objetivas construye un humanismo material, subjetivo y sin alma.
Su legitima lucha por la justicia desconoce a la fuente de toda justicia, suplantando al fuerte por el débil, para librar al hombre en el ejercicio del poder al arbitrio de su subjetividad. Endiosa la ciencia y desprecia el misterio y le quita a la realidad todo sentido teleológico y trascendente, como camino legítimo de accesos a la verdad. Exacerba la afirmación de su libertad por la libertad misma, negando el fundamento de la libertad para hacer esclavos y hacerse esclavo de la realidad material sin luz, ni forma, ni significación como una suerte de suicido existencial.
Así de insatisfecho, buscara saciar su sed de infinito en el placer del disfrute por el disfrute mismo, todo “eros” sin “ágape” y entonces sin horizonte de perfección ni plenitud. Este concepto de hombre ha producido este concepto de humanidad que está en crisis y que los que tenemos responsabilidades de dirigencia y de educación estamos compelidos a repensar, so pena de hundirnos cada vez más en la confusión de una época que reclama respuestas claras para salir del cono de tinieblas en el que ha entrado la humanidad.
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