José y sus donas en la digna batalla por el pan de cada día
A José se le pregunta por su historia y uno se da cuenta enseguida de que ama conversar. Es difícil saber si siempre fue un rasgo suyo o si lo adquirió durante las décadas en que trabajó como mozo en bares y cantinas legendarios de Resistencia.
Un buen mozo siempre le agrega al plato un poco de charla. En el diálogo recuerda su infancia en Empedrado, los grandes autos en los que llegaban los viajeros brasileños, que le dejaban buenas propinas por el lavado de vidrios y faros.

Su padre era ferroviario, y en cada estación dejaba algo más que un recuerdo. Por eso su patrimonio de hermanos es asombroso: son 28 en total.
Desde hace tiempo José, hoy de 58 años, se gana la vida vendiendo donas en la avenida Lavalle, de mañana y de tarde, a metros de avenida Ávalos. Las cocina su exesposa.
Con ella se terminó la relación de pareja pero perdura un buen vínculo que los tiene como socios para la subsistencia. Los productos están muy bien elaborados.
Las donas son riquísimas (los fanáticos de los churros las van a adorar), y ahora José también ofrece berlinesas y -de tanto, en tanto- empanadas.
¿Los precios?
De amigos. José la pasó mal en los meses de cuarentena a rajatabla, pero las necesidades aprietan y ahora está contento de volver al ring. Vale la pena detenerse en el camino para comprarle algo, o desviar el recorrido habitual para darle la única mano que pide: poder vivir de su trabajo.
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