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giCHARLA CON RAÚL BARBOZA

“Cada acorde tiene un significado”

Esta noche en la 16º Festival Nacional del Taninero y 9º Fiesta Provincial del Chamamé de Puerto Tirol estará Raúl Barboza, junto con Cacho Bernal y Nardo González.

Creador de temas como A mi amor distante, A ti misionera, Bailemos mi amor, Cadencias, Tren Expreso, Vivencias, La tierra sin mal, Mi Curuzú, llega esta noche a Puerto Tirol Raúl Barboza. Se presentará con la Orquesta Comunitaria Cruce Viejo y después solo, acompañado de sus amigos, el guitarrista Nardo González y el percusionista Cacho Bernal.

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“Cuando estoy haciendo música me emociono, siento una cosa en el pecho que me embarga”, dice Barboza. Foto Cintia Rodríguez

“Hay muchos motivos para que Raúl esté presente en la 16º Festival Nacional del Taninero y 9º Fiesta Provincial del Chamamé de Puerto Tirol. Quizás el motivo principal es que él es nuestro arandú”, explica el productor musical Walter Bordón. “Él fue uno de los inspiradores para la creación de la Escuela de Música de Puerto Tirol. Grabó en el disco de la Orquesta Comunitaria de Cruce Viejo y siempre que es posible está entre nosotros”, destacó.

Durante los últimos meses había llegado a la región la noticia de que Raúl Barboza tuvo un accidente cerebrovascular. Sin embargo se recuperó, realizó una gira por Brasil, volvió a Francia y ahora está de vuelta en Argentina, donde realizó conciertos en Buenos Aires. De estas y otras flores, hicimos una charla.

—¿Cómo se encuentra de salud?

—Estoy bien. Me cuido. Tomo mi medicación todos los días. Tuve un ACV en mi departamento en Paris en 2019. Justo estaba al lado de mi señora, Olga. Fue un segundo. Ella estaba por llamar a una ambulancia y yo le dije que ya me sentía bien. Ese día salimos a hacer las compras y me sentía bien. Unos días después recién me di cuenta de que tenía una dificultad en un pie, tenía dificultad para mover. Entonces ahí fui al médico. Me hicieron unos exámenes e inmediatamente me internaron. Estuve 20 días en el hospital. Me dieron el alta y me fui a mi casa. Poco a poco me fui recuperando. Tuve que posponer dos giras al Brasil. Después tuve que practicar lentamente las escalas en el acordeón. Yo practico todos los días, hago ejercicios como un principiante. Tenía la mano derecha que no funcionaba bien y tuve que trabajar psicológicamente, espiritualmente, para que mi mano derecha vuelva a funcionar.

Ahora estoy bien. Me cuido Uso el acordeón como siempre, me pesa un poco más pero eso es natural. Me cuido mucho por mí mismo, por mi familia, por mi trabajo. Dios dirá cuándo partiré. No falta mucho. Pero espero que no sea mañana ni dentro de un rato.

—En ocasiones Usted nombra a los dioses guaraníes. Cuenta que hace oraciones y hay una relación de simbiosis con la tierra, el agua, el espacio, el aire, ¿busca una integración con el universo?

—Pienso que he logrado comprender muchas cosas de la vida en estos años que me orientan en ese sentido. Desde chico era más o menos así. Siempre intenté tener un buen léxico, una buena conversación con la gente y sobre todo con las damas, con los niños. Intento ser correcto. Me gusta hacer bromas. Voy dirigiendo todo con un respeto a la persona, a la vida, desde el más chiquito al más grande. Tengo algo de mis ancestros en ese respeto por la vida.

Además hablo guaraní a través de mi música, entonces la música habla de los pájaros, de la vida cotidiana, del galope de un caballo, del ruido de una locomotora, de la bocina de un auto, del viento, del río, de los pájaros, del espacio, de agua, de la tierra. Mi manera de vivir es estar bien con la gente.

—Dado este estado de salud, pospuso una gira por Brasil que finalmente se realizó en los últimos meses de 2019. ¿Cuál es su relación con este país?

—La primera vez que estuve allá fue en 1968 con Luis Carlos Borges. Él tenía 14 años y yo tenía 30. Desde entonces he viajado muchas veces y tenía muchos amigos, algunos ya fallecieron. Cuando pospuse la gira, ellos comprendieron mi estado, mi situación y sin ningún recargo de ninguna especie volvimos a acomodar la gira. Cuando el médico me dio el alta sacamos los pasajes y emprendimos la gira con Nardo Gonzáles. Hicimos 24 conciertos por Río Grande Do Sul.

—¿Cómo fueron esos conciertos?

—No podría hablar de un gran suceso. Pero sí puedo decir que hubo una enorme muestra de cariño que recibí de todos los hijos de los amigos que conocí hace 30, 40 o 50 años atrás. Se llenaron todos los conciertos. Antes de cada presentación pensaba que algunos amigos podían tocar un par de temas para cerrar los conciertos. Resultó que teníamos como 20, 30 o 35 colegas, varones y mujeres. Algunos eran muy jóvenes, que venían con sus instrumentos. Tocamos mucho Kilómetro 11 y cantamos Merceditas.

El cierre se hizo en el Teatro San Pedro de Porto Alegre. Durante toda la gira me acompañó Alejandro Brítez. Le pedí que me acompañe y con él me sentí tranquilo porque es un muy buen instrumentista.

—En esa comunión con otros músicos hay un costado que siempre está presente, la espontaneidad. ¿Por qué?

—Sucede que converso con mis amigos. Hablamos. Les digo vamos a tocar así, ¿qué les parece? Escucho sus sugerencias o su parecer sobre lo que hacemos. A veces tocan algo lindo y le digo pongan eso en un tema. No hay necesidad de ensayar y ensayar. Hay cosas sencillas y bonitas que uno las puede hacer sin sudar la gota gorda. Eso es lo que hacemos nosotros. Improvisamos. Nos miramos. Estamos pendientes el uno del otro. Nos miramos y vemos qué está haciendo el percusionista, el guitarrista, el acordeonista. Hay arreglos que están fijados pero en general todo se hace con ajustes espontáneos durante el concierto. Para hacer esto necesitamos escucharnos.

—¿Qué cosas pasan para que broten esos destellos de improvisación?

—No podría precisar un momento o una cuestión, porque siempre toqué así. Vengo tocando ahora únicamente con Nardo González. Hicimos un dúo. También tocamos en Europa así, y a él le decían: ‘Ustedes tocan y parecen cuatro músicos. Mientras la guitarra hace un arreglo el acordeón compone, contesta, hace síncopas, hace dúo o uno hace una variación y el otro te abaraja y continúa’. Esas cosas la hacemos natural. La música debe ser tan natural como conversar, como una conversación. Improvisar también significa tocar en cualquier tonalidad.

—Ha tocado con muchos artistas, ¿recuerda alguna improvisación o un cambio de tono que haya sido sui generis?

—Sí, recuerdo cuando Mercedes Sosa volvió de su exilio tras la dictadura militar. Ella quería cantar un rasguido doble de Ramón Ayala, El Cosechero. Le pregunté en qué tono lo iba a cantar y no ensayamos. Ya habíamos estado juntos antes, en otra ocasión.

Cuando subí al escenario viene Mercedes y me abraza. Me pone la cabeza en el pecho y me dice en susurros: ‘Raulito, no ando bien de la garganta. Podés bajar medio tono, un semi tono, para acompañarme’. No recuerdo en qué tono íbamos a tocar, supongamos que era en mi menor, así que tenía que pasar a mi bemol. La acompañé directamente en el escenario, estaban grabando y haciendo un disco en vivo. Se viven cosas especiales en esa relación que nace ahí, espontáneamente.

—Escuchando su música en ocasiones parece un poema. ¿Cuál es su relación con otras artes como la poesía o la pintura?

—El ser humano tiene la habilidad con su cuerpo, con sus manos, con su voz, con su palabra, con su inteligencia puede hacer diferentes tipos de arte. Por ejemplo, Leonardo da Vinci era un enorme matemático, gran pintor, gran escultor, inventó armas. Fue un adelantado, imaginó un helicóptero, imaginó el submarino y pareciera que solo pintó La Gioconda.

Cuando estoy haciendo música me emociono, siento una cosa en el pecho que me embarga y me quiere sacar lágrimas. Trato de que mi música, que cada nota que haga, tenga un significado. Un acorde tiene que tener un significado. Muchas personas me dicen que las hago llorar durante el concierto. Eso pasa porque tengo contacto con muchas formas del arte.

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