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¿Cómo explicar las recurrentes crisis argentinas?

Por Rubén M. Perina (Desde Washington) - Las actuales dificultades económicas y político/electorales del país no son nada nuevo.

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Una revisión rápida de la historia contemporánea argentina nos revela la cruda realidad de una república con una dirigencia política que periódicamente conduce el país a situaciones de crisis económica/financiera y política.  Desde la de 1952, ha habido ocho crisis (1958/9, 1967, 1975/6, 1985, 1989, 2001 y 2018). En todas colapsó la moneda argentina, con la pérdida cuantiosa de ahorros y del valor de inversiones, activos e ingresos.

Todas producidas por déficit fiscales imprudentes, balanza de pagos negativa, emisión monetaria y endeudamiento excesivo, inflación y devaluación exorbitantes, corralitos y estancamiento económico. Como causa y/o efecto de ello, el país ha padecido recurrentes crisis de gobernanza, violencia, golpes de estado, dramáticas renuncias presidenciales y rápidas sucesiones presidenciales, tanto bajo regímenes militares como democráticos, y últimamente una profunda polarización sociopolítica.   

¿Cómo explicar este fenómeno perverso, en un país con grandes recursos naturales y humanos, que hace 100 años poseía una de las 5 o 6 economías mas dinámicas del mundo?  Una explicación hipotética la encontramos en ciertos rasgos interdependientes de la cultura política (valores, actitudes y prácticas políticas), que parecen predominar en la ciudadanía y la dirigencia política argentina: 

La inclinación autoritaria, que se refleja en los golpes de estado y las dictaduras militares, tan frecuentes en la historia argentina, y hasta en gobiernos electos, con transgresiones a libertades fundamentales, persecución política, represión estatal y atroces violaciones a los derechos humanos.

Este rasgo está asociado también al abuso de poder, al excesivo intervencionismo estatal en la economía, al control de precios y de cambio, la manipulación de estadísticas, al proteccionismo, etcétera. 

La intransigencia y el extremismo político de derecha e izquierda, a pesar del retorno de la democracia en 1983. Esto incluye la incapacidad de negociar y construir consensos de gobernanza democrática, lo que frecuentemente produce inestabilidad política y crisis de gobernanza, y su consecuente inseguridad financiera y cambiaria, estancamiento y recesión económica.

De este rasgo probablemente surge la llamada grieta, reflejada en la división y enfrentamiento entre populistas autoritarios y republicanos democráticos, entre sectores de menos recursos y los más pudientes, entre el campo agro-ganadero y la metrópolis tecno-industrial y burocrática, entre Buenos Aires y el Interior, entre piqueteros y ciudadanos ocupados, etcétera.  

La tentación populista, demagógica y clientelista para ganar elecciones y permanecer en control del Estado.  Ello abarca el ofrecimiento, y una vez en el poder, la provisión de subsidios para electricidad, transporte, agua, educación, salud y otros, más transferencias monetarias a familias de menores recursos (35% de pobreza), puestos estatales para políticos y el empoderamiento de dirigentes sociales (punteros y piqueteros de sindicatos y cooperativas) para movilizar el apoyo callejero y electoral (planes sociales por votos) --generando dependencia económica y sumisión política.

La adicción de la dirigencia política al déficit fiscal excesivo, para cubrir los costos del populismo. La imprudencia fiscal conduce a crisis recurrentes de deuda, inflación, devaluación y default. Los más perjudicados son los sectores medios y de menores recursos que, irónicamente, se mantienen fieles política y electoralmente a la dirigencia populista, por los subsidios y los planes sociales. Los costos incluyen transferencias a partidos políticos y sus dirigentes para actividades partidarias y electorales, así como pautas publicitarias para medios afines al gobierno. Se estima que unos 9 millones de argentinos tributan para el Estado, y que 19 millones viven de sus egresos, incluyendo 3.6 millones que trabajan para el mismo.

La prevalencia de la corrupción, por obsesión con el poder o por el deseo de enriquecimiento. Involucra a funcionarios públicos, individuos o corporaciones del sector privado que se enriquecen vía soborno, prebendas, lavado de dinero, fraude, malversación de fondos públicos, todo cubierto con una dudosa legalidad y opacidad que garantiza la impunidad. Su omnipresencia la revelan diariamente los medios y las causas judiciales.

La corrupción y la impunidad socavan las instituciones republicanas, incluyendo el sistema de pesos y contrapesos, la administración de justicia, el sistema electoral y además sustraen del Estado recursos necesarios para reducir la pobreza. Con frecuencia la corrupción se asocia con la ineptitud y la improvisación de la dirigencia política. El peor de los mundos. Por ello, la gente desconfía de ella y hasta de la democracia misma. 

 ¿Cómo evitar estas recurrentes crisis?  NO hay medidas mágicas para producir de un día para otro un cambio transformador en la cultura política e instaurar una normalidad republicana y democrática. 

El cambio probablemente requerirá esfuerzos en diferentes tiempos y ámbitos: A corto plazo y mediano plazo, por ejemplo, una ley de dolarización de la economía podría atenuar la adicción al déficit y la tentación populista.  La instalación, vía legislación, de una Comisión internacional contra la corrupción y la impunidad, como en Guatemala, Honduras y El Salvador, con la colaboración de OEA y ONU, podría contener o reducir la corrupción.

El cambio también podría resultar de una reforma constitucional, para mejorar la representatividad de los legisladores, la transparencia y la rendición de cuentas de las instituciones y la dirigencia política. Las universidades, los partidos y el gobierno podrían desarrollar programas de capacitación y actualización de jóvenes líderes en valores y prácticas democráticas y en gerencia o gestión política (estrategias de comunicación, técnicas de negociación y construcción de consensos, uso de tecnología y data, elementos para el liderazgo y la administración publica, etc.).   

Pero el cambio fundamental, profundo y durable sólo se lograría a largo plazo vía un proceso de enseñanza y aprendizaje de valores y prácticas cívicas, republicanas y democráticas como la tolerancia, la solidaridad, la probidad, la transparencia, la rendición de cuenta, diálogo, la moderación y la prudencia, la confianza mutua y respeto por la libertad y la igualdad ante la ley, la diversidad y el pluralismo  --que teóricamente ya existen en la sociedad y en la dirigencia política, pero no predominan. Todos valores y prácticas que se socializan a través del hogar, el sistema educativo, los clubes, los partidos políticos y los líderes sociales y políticos –proceso que debió comenzar ayer. “Es la educación, estúpido,” diría Sarmiento.

(El autor es politólogo, exfuncionario de la OEA)

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