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Donald Trump y la espina de Irán clavada en el zapato

Las guerras que le criticaba al expresidente Obama están ahora en su cabeza, incluida Afganistán, el conflicto más largo que enfrenta el país más poderoso del planeta.

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Las decisiones de Trump en Oriente Medio están ahora moderadas por las complicaciones que afrontan sus dos principales aliados: Netanyahu a punto de salir del gobierno, y el príncipe Salman represaliado por sus bombardeos en Yemen.

   Buenos Aires, 22 (Télam) - Otra vez Donald Trump está parado delante de una caldera: una guerra con Irán podría llevarlo a la gloria de lograr su reelección en 2020, o convertirlo en uno de los peores presidentes de EEUU. La decisión de desplegar tropas estadounidenses en Arabia Saudita, luego de un ataque con drones y misiles que redujeron la producción de petróleo de ese país al 50% el pasado 14 de septiembre, lo pone de nuevo frente a la disyuntiva.

   Si bien volvió a repetir que la opción militar “es siempre una posibilidad”, el jefe de la Casa Blanca también sancionó al Banco Central iraní con la intención de afectar las exportaciones de petróleo de ese país. Curiosamente, los atentados en Arabia Saudita ocurrieron días después de que Trump echara a uno de sus halcones más osados, John Bolton, quien en varias oportunidades le sugirió al magnate que fuera más duro con el gobierno del moderado Hasan Rohani.

   Coincidentemente, Irán negó en forma reiterada cualquier vinculación con el ataque y advirtió que tomará represalias si es atacado por este hecho, reivindicado por los rebeldes hutíes en Yemen, que luchan contra una coalición internacional encabezada por el reino saudita desde 2015. “El ataque no vino de Yemen; se lanzó desde el norte y, sin lugar a dudas, Irán está detrás”, aseguró por su parte el coronel Turki al Malki, portavoz del Ministerio de Defensa saudita y jefe de la coalición que bombardea Yemen desde hace cuatro años.

No hay duda de que el bombardeo de la petrolera Aramco provocó una nueva crisis en una región volcánica donde Arabia Saudita, EEUU e Israel enfrentan a Irán y Siria, secundados por el gobierno ruso de Vladimir Putin.

   Nadie quiere una nueva guerra en Medio Oriente. Sería una nueva catástrofe para esta empobrecida región. Y, aparentemente, es el propio Trump el que está tratando de ser el más mesurado en política exterior, con la designación de Robert O’Brien como asesor de Seguridad Nacional, vinculado con la negociación por la toma de rehenes en el extranjero.

   Con respecto a Irán, Bolton consideraba que cualquier negociación con Teherán o con Corea del Norte estaba destinada al fracaso. “Los ataques contra dos refinerías sauditas pueden llevar a un enfrentamiento directo con Irán, que Trump hasta ahora ha intentado evitar”, dijo Mario Sznajder, doctor en Ciencias Políticas y profesor emérito de la Universidad hebrea de Jerusalén.

“Arabia Saudita no se moverá directamente contra Irán sin el apoyo de EEUU. Trump incrementa sanciones contra Teherán, pero también está claro que intenta evitar una guerra con ese país”, dijo el politólogo Mario Sznajder.

   Muchos analistas consideran que el ataque del 14 de septiembre fue el más grande desde la serie de ataques contra instalaciones petroleras en la Guerra del Golfo Pérsico en 1991, en términos de daños y pérdidas económicas.

   Por ese motivo, el incidente va más allá de la guerra de Yemen. Pero Teherán no es un enemigo fácil para la Casa Blanca, como lo fue en su momento el Irak de Saddam Hussein. El ejército de la República Islámica es de los más poderosos del mundo. Si finalmente invade Irán, con apoyo de otros países, Trump podría convertirse en un mandatario impopular como le ocurrió durante las invasiones de Afganistán e Irak al expresidente George W. Bush (2001-2008).

   En esta pulseada regional, donde los hechos se imponen a las posiciones diplomáticas, Israel es otro protagonista principal. El primer ministro Benjamín Netanyahu, aliado estratégico y mimado de Trump, acaba de ser derrotado en las elecciones legislativas del martes pasado por el líder de la coalición Azul y Blanca, Benny Gantz, carismático exjefe del Ejército del que surgieron dos hombres renombrados: Isaac Rabin y Ehud Barak.

   “Hay chances de que la democracia liberal Israelí pueda sobrevivir sin el populismo asfixiante de Netanyau”, dijo desde Jerusalén el analista internacional Arie Kacowicz. “Gantz tiene pasta de líder. Ya dijo que está dispuesto a formar un gobierno de unidad nacional, sin la presencia de Netanyahu”.

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