Jalón de una época de crisis y guerras
Economía, geopolítica, militarismo e invasiones son nudos de un ovillo cuya punta se encuentra en aquel trágico hecho.
Una de las razones a las que se les atribuye el éxito del ataque a las Torres Gemelas es que los controles aduaneros en EEUU eran extremadamente débiles, dado que el país venía de al menos dos décadas de flexibilización laboral, durante las que se había reemplazado a todo el personal de origen norteamericano, calificado y sindicalizado “a la antigua”, por personal inmigrante, precarizado y menos capacitado, que cobraba muchísimo menos.
Es que en eso consistía la “reconversión capitalista” en general y la “reestructuración” aeroportuaria en particular, comenzada por Reagan en 1981, cuando echó a 11.000 controladores aéreos y militarizó el servicio para imponer la reforma laboral en el transporte estadounidense. Aquel éxito de las empresas fue conservado y aplicado a trabajadores de todas las áreas, incluidos los controles aduaneros por los que pasaron varios jihadistas con antecedentes para preparar el golpe del 11 de septiembre en Manhattan.




La conexión
Sucesivos informes oficiales y extraoficiales dejaron en el aire la sospecha de que la administración de George W. Bush conocía los planes de ataque. Nuevas investigaciones muestran la colaboración de funcionarios diplomáticos sauditas con la documentación y la logística inmediata de los atacantes, desde su ingreso en EEUU, hasta su preparación y alojamiento.
Pero todos los gobiernos estadounidenses, desde el mismo Bush, pasando por Barack Obama, hasta el actual Donald Trump, consideran que la monarquía saudita es un “aliado estratégico en la guerra contra el terror” (y contra las “primaveras árabes”, y contra Irán). Las teorías sobre la complicidad del Pentágono con los terroristas del 11-S no hacen más que recoger nuevas evidencias con el paso del tiempo.
La guerra interna
Los atentados dieron la señal de partida de una feroz ofensiva militar estadounidense sobre el Oriente Medio y África del Norte, con avances que hoy lo sitúan a las puertas de Rusia y en la boca del Golfo Pérsico. Más en general, bajo la excusa de la guerra contra el terrorismo, desde el 11-S los gobiernos de las grandes potencias avanzaron en legislaciones de excepción y liquidación de libertades democráticas.
En lo que se da llamar “occidente”, la ofensiva se replicó como espejo de país en país mediante la extensión del concepto y la práctica de la llamada “guerra contra el terrorismo”, acicate para la militarización de la vida cotidiana a niveles conocidos solo bajo gobiernos tildados de “autoritarios”. Pero desde hace ya varios años, son las principales y más orgullosas “democracias” las que implementan casi unánimemente las “leyes antiterroristas”.
Dentro de EEUU, la represión alcanzó niveles similares, con la Patriot Act como emblema del recorte de derechos ciudadanos. Los negros y los inmigrantes serían los que primero y más intensamente sentirían la escalada autoritaria. La aplicación de esas legislaciones especiales no ha servido para combatir “el terror”.
Desde los talibanes afganos al Estado Islámico de Siria e Irak, pasando por las principales capitales europeas llegando hasta Moscú, mediante ataques terroristas coordinados o con “lobos solitarios” que se inmolan matando a inocentes, los atentados han pasado de 2.000 en el año 2001, a 14.000 en 2015. En cambio, de 20 millones de refugiados que había en 2001, se ha pasado, 18 años más tarde, a 75 millones.
El desarme de la red terrorista que habría cometido el atentado del 11-S, y que estaría a cargo del millonario saudita Osama Bin Laden sirvió de excusa para intervenciones militares directas de EEUU en Afganistán (2001) y en Irak (2003), en este caso aderezado con “fake news” sobre la supuesta existencia de “armas de destrucción masiva” en ese país. Además de los cientos de miles o quizá millones de muertos en cada una de esas guerras, la herencia del tráfico masivo de noticias falsas se impuso a nivel mundial, sirviendo a fines que por cierto ni siquiera imaginaron sus propios impulsores.
Las guerras externas
En Kosovo, EEUU había bombardeado desde el aire, pero en Afganistán puso en el terreno decenas de miles de soldados propios, más otra fuerza proporcional aportada por sus aliados de la OTAN, un despliegue militar no visto desde Vietnam. El gasto militar saltó de u$s 300 mil a u$s 700 mil millones: el presupuesto de la fuerza armada estadounidense supera la suma de los nueve ejércitos que le siguen con más recursos en el planeta. Los ataques contra Afganistán e Irak demandaron u$s 1,3 billones hasta 2016, pero EEUU aún no consiguió su objetivo estratégico de rediseñar la geopolítica de Oriente Medio ni controlar la colonización de la exUnión Soviética y China.












