Vaca Muerta, joya de la corona con la que sueña Argentina
Los pronósticos más optimistas colocan a esta región al nivel del campo en capacidad de generar divisas.
Vaca Muerta es el nombre de dos palabras que últimamente parecen haberse puesto de moda. Se la nombra constantemente en los discursos oficiales y el país está convencido de que es la salvación petrolera debido a los cálculos de reservas y exitosos métodos no convencionales de extracción de hidrocarburos que los medios han divulgado a veces a la ligera.

El petróleo y gas shale o no convencional contribuyó a ponerle tope a los precios del crudo al competir directamente con las explotaciones tradicionales de Medio Oriente o Venezuela.
El primer error al hablar de Vaca Muerta es definirla como un yacimiento. Es una formación sedimentaria depositada en un mar prehistórico en toda la cuenca neuquina y, contrariamente a la imagen ideal, no son depósitos a los que se accede perforando y dejando salir el hidrocarburo por presión sino una gigantesca formación rocosa de condiciones muy particulares donde el petróleo se encuentra literalmente disuelto y al que –para extraerlo- hay que inyectarle agua caliente y otros químicos empujando el líquido hacia la superficie, una suerte de esponja geológica sin presión.
Por ahora en Vaca Muerta soplan vientos a favor. Se la ve como una oportunidad que puede generar el ingreso de un importante volumen de inversiones y cientos de miles de puestos de trabajo ya que la cuenca tuvo un meteórico despegue en el último lustro.
Desde 2013 que se comenzó a extraer petróleo de esta región pero la actual gestión decidió acelerar ese proceso otorgando concesiones gracias a una reforma laboral particular (ver aparte).
Desde 2017 hasta la actualidad hay un segundo pico de interés. Una baja importante en los costos de perforación y la adquisición del know how impulsaron intensamente las operaciones en el lugar. Se comenzó a trabajar con pozos horizontales, de mayor productividad, y hay una baja de costos de perforación, que vino aparejada con el recorrido por la curva de aprendizaje. Así, la construcción de un pozo horizontal, que podía costar cerca de u$s 14 millones en 2012, pasó a insumir menos de u$s 8 millones, en la actualidad.


Juego abierto
YPF continúa siendo la compañía preponderante en la cuenca, si bien su participación respecto al total disminuye levemente año a año, al pasar del dominio del 80% de las operaciones en 2014 al 46% para este año, según estimaciones de la consultora Abeceb.
“Cuando se observa la inversión en Vaca Muerta en los primeros años había un predominio de inversión de YPF. Ahora se está pasando a tener una inversión más atomizada. Obviamente YPF continúa siendo el principal jugador pero hay un gran número de empresas invirtiendo”, consideran especialistas.
También la apertura impulsada por la actual gestión permitió el ingreso de jugadores fuertes como Exxon, Shell (que evalúa pasar tres áreas de piloto a desarrollo masivo) y, como siempre, YPF.
Austral y Pluspetrol ya tienen sus inversiones, mientras que Vista Oil (la petrolera de Miguel Galuccio, exCEO de YPF) tiene un proyecto en Bajada del Palo que, también, podría pasar a desarrollo masivo.
La petrolera estatal argentina informó que ya invirtió u$s 9.000 millones desde su desembarco en Vaca Muerta. Sólo contabilizando no convencionales, YPF proyecta que, en 2019, invertirá u$s 2000 millones y que, para 2022, superará los u$s 3000 millones anuales. Además, apunta a cuadruplicar su producción de shale oil.

Optimismo
Por su parte, Shell señaló que, a partir de sus nuevos desembolsos en la cuenta, encara una importante reducción de costos en sus operaciones, que le permitirán aumentar su producción de 12.000 barriles de petróleo equivalentes diarios (bped) de capacidad a más de 70.000 para 2025 siempre y cuando el gobierno no cambie las reglas de juego que -se dice- fueron impuestas por las mismas empresas.
El optimismo del sector es contagioso se habla de inversiones futuras anuales de entre u$s 15.000 millones y u$s 20.000 millones para alcanzar su nivel óptimo de producción. No obstante, los expertos no quieren comparar a esta explotación con el potencial de generar divisias del campo argentino, aunque en muchos discursos eufóricos se deslizó esa teoría. Por ahora las empresas tienen pozos llamados pilotos que cuando pasen a etapa de producción demostrarán el real potencial de Vaca Muerta para transformarse o no en un nuevo campo, y eso se sabrá en varios años si no se reduce el flujo de inversiones por baja rentabilidad. La última presentación de la Secretaría de Energía mostraba un potencial de casi el doble de las proyecciones privadas con un punto de vista productivo casi sin límites, algo demasiado optimista tal vez pero bastante cercano a un pronóstico ideal.
Los riesgos
David Sandalow, hasta 2014 subsecretario del Departamento de Energía de Estados Unidos, sostiene que hay una máxima de la producción de energía nuclear que debería también aplicarse a la industria del shale “un accidente en cualquier parte es un accidente en todas partes”.
Sandalow precisa que la fracturación hidráulica (conocida como fracking) provoca la contaminación de los acuíferos subterráneos y es un hecho que en muchos estados de EE.UU este tipo de explotaciones están prohibidas o muy limitadas por lo que hay un exceso de equipos que se van colocando alrededor del mundo a bajos precios, Vaca Muerta es uno de esos ejemplos.
La producción de shale reúne una colección relativamente joven de tecnologías y la contaminación de aguas subterráneas se produce fuera de la vista de la gente indican los estudios. Y a medida que la extracción de petróleo y gas no convencionales se introduce en nuevos lugares como Argentina China y Rusia, donde rigen regulaciones menos exigentes que en Estados Unidos, los riesgos son mayores. La pregunta es si otros países pueden replicar los éxitos norteamericanos en la perforación para extraer shale que Donald Trump reimpulsó en base a una política negacionista de los aspectos que hacen al riesgo ambiental.
Producción: Ricardo Ambrosig

El lado oscuro
En febrero de 2017 el presidente Mauricio Macri festejó el ‘acuerdo’ firmado con los representantes políticos, sindicales y empresariales por Vaca Muerta. Por el sindicato el firmante fue el senador del Movimiento Popular Neuquino de buena sintonía con la Casa Rosada, Guillermo Pereyra.
El convenio laboral modificó lo que pretendía ser un caso testigo para futuras negociaciones de otros sindicatos y básicamente consiste en que las empresas petroleras podrán recortar el costo laboral un 30% a un 40%.
Se incluyeron metas de productividad que serían fijadas por las empresas que dejaron de tener en cuenta la seguridad generando varias situaciones como el no reconocimiento del traslado al lugar de trabajo sin cobertura de accidente laboral, se amplió el margen de seguridad con viento, en superficie y en torres y se limitó la cantidad de obreros por pozo.
Las consecuencias no fueron las esperadas en los últimos 15 meses; ocho trabajadores del sector petrolero murieron en Vaca Muerta algunos de ellos en tareas para las que estaban poco o nada capacitados.
Hubo varios episodios ambientales graves y según datos de la Subsecretaría de Ambiente de la provincia de Neuquén, de 2015 a 2018 se produjeron 3.368 accidentes en el sector de los hidrocarburos, de los cuales el 48% (1.637 casos) sucedieron en 2017 y en 2018.
De enero a octubre de 2018 se registraron 934 incidentes en el yacimiento mimado de la Alianza Cambiemos. El último ocurrió en Bandurría del Sur (YPF), pero todo se arregla con dinero que termina en las arcas provinciales.
La situación se complica por la atomización de tareas, con tercerizaciones que llevaron a muchos trabajadores a desempeñarse en un limbo donde desconocen sus derechos y se los somete a exigencias por fuera del convenio al no ser firmantes del acuerdo.
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