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Perfiles del Gran Libertador

Hay en San Martín una gloria mayor que la de haberse medido con la Montaña y con el Mar, o que la de haber vencido, con soldados que él sacó de la nada, a las armas españolas que habían vencido a Napoleón,
destrozando así el imperio secular de los Reyes en el Nuevo Mundo.

Esa otra gloria más grande es la virtud, excepcional en un guerrero, de haber sabido vencerse a sí mismo y haber renunciado a los ascensos, los honores y los premios del triunfo en todos los lugares en que venció; haber domado de tal modo su carne que no tuvo la fruición del mando, ni del dinero, ni de la lujuria como la tuvieron tantos otros vencedores militares; haber sabido sobreponerse a la adversidad cuando se eclipsó su estrella, coronando su vida en el destierro, en la soledad y la pobreza, con el caritativo silencio de los más puros maestros espirituales.

Para llegar a esto último, necesitó perdonar injurias, y supo perdonarlas, acaso más que por amor a los hombres por amor a su América, la tierra entre cuyas pasiones primitivas, él fue un luminoso hijo del sol. Siete días después de Maipú, San Martín tuvo otro de esos gestos magnánimos, frecuentes en su vida. Osorio, al fugar, había dejado la valija de su correspondencia secreta, que cayó en poder de 0’Brien, y éste la entregó cerrada a su jefe.

Esa valija guardaba cartas de espías y traidores qué avisaban, desde Santiago, a los realistas, los movimientos de los patriotas. San Martín pudo utilizarlas como cabeza de procesos y motivos de venganza; pero optó por quemar esos documentos.

El 12 de abril se dirigió con el fiel O’Brien a un rancho de El Salto, en las afueras de la capital, y allá, sin testigos imprudentes, mandó encender una fogata en la que fue arrojando, con su propia mano, aquellos papeles de infamia. San Martín, sentado en una tosca silla, a la sombra de un árbol y con el paisaje de los Andes en torno, veía la llama roja retorcerse en el aire, mientras las cartas quedaban convertidas en cenizas y sepultadas en ellas los nombres de los que traicionaron.

En aquel mismo sitio, O’Brien construyó, años después, una cabaña de recreo, en la que conservó la silla de San Martín con un letrero en que rememoraba aquel gesto de bondad. Sobrellevó enfermedades, trabajos, pobrezas, ingratitudes y calumnias, con impresionante resignación. De entre esos fuegos salió purificado, como los metales más nobles, y en ello Consistió su santidad.

Renunció a sueldos, ascensos, mandos, premios y honores. Le regaló Chile diez mil pesos, y él los donó para una biblioteca pública; le regaló una chacra, y destinó sus frutos a costear un vacunador y un hospital de mujeres. A su capataz de Los Barriales ordenábale desde Europa, siendo él pobre, dar de comer a los pobres del lugar con las cosechas de la finca.

En el campo de Maipú, abrazó al vencido general Osorio; en la cárcel de San Luís, quitó él mismo las cadenas a un prisionero realista; en la conferencia de Punchauca, brindó por la ‘reconciliación con España. Tal es la virtud de este santo laico. (De su obra El Santo de la Espada. Ed. Anaconda. Buenos Aires, 1933).

Ricardo Rojas nació el 16 de septiembre de 1882 en el seno de una de las familias más tradicionales de Tucumán. Su padre, Absalón Rojas, había sido diputado en el Colegio Nacional, Senador y Gobernador de la Provincia de Santiago del Estero.

Cuando su padre falleció, en 1893, la familia se trasladó a Buenos Aires.Allí residiría Rojas el resto de su vida, excepto por algunos viajes circunstanciales Desde muy joven Rojas comenzó a demostrar una excepcional vocación por la literatura: a la edad de 15 años empezó a publicar artículos y poemas en los periódicos locales de Santiago, y recién llegado a Buenos Aires se expresó a través de la revista Ideas, fundada en 1903 por Manuel Gálvez, y se inició como periodista en el staff de El País, periódico que respondía a Carlos Pellegrini.

Más tarde, fue también un asiduo colaborador de Caras y Caretas, desde 1900, y de La Nación desde 1904. Sus artículos y poemas fueron recogidos, posteriormente, en los más importantes diarios y antologías de España y Sudamérica. Su educación fue el resultado de sus propios esfuerzos: fue un verdadero autodidacta, disciplinado y constante con sus estudios particulares.

Fue un gran lector, además. Así, con sólo 37 años de edad ya era el autor de 20 obras y un referente en el panorama literario nacional. Junto a Manuel Gálvez y otros importantes pensadores, Rojas integró la “generación del Centenario”, un grupo de jóvenes intelectuales nacidos entre 1876 y 1886, que admiraban la obra de la generación que los había antecedido, pero eran críticos de las consecuencias que esa labor había traído al país. Atacaban el materialismo dominante y la falta de ideales, el cosmopolitismo del ´900 y la pérdida de la identidad.

Por eso, sus escritos se orientaron principalmente al estudio de los orígenes y la formación de la nacionalidad argentina. Rojas creó el Instituto de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que con el tiempo se convertiría en el centro de investigaciones folklóricas y de musicología indígena más importante del país.

También sería el fundador del Instituto de Filología, del Gabinete de Historia de la Civilización, y de la Escuela de Archivistas, Bibliotecarios y Técnicos para el servicio de Museos. Por unanimidad de votos, fue elegido Rector de la Universidad de Buenos Aires en marzo de 1926, y permaneció al frente de esa casa de estudios hasta 1930. Pasó los últimos años de su vida rodeado por el reconocimiento más generalizado.

Rojas falleció en Buenos Aires el 29 de Julio de 1957. En 1982, un decreto presidencial consagró ese día como el “Día de la Cultura Nacional”.