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Sobre la ejecución fallida en Tennessee

El calvario de Christa Pike y el rostro de la pena de muerte en EEUU

La mujer de 50 años sobrevivió a un intento de ejecución con inyección letal que se prolongó como una sesión de tortura. Su caso vuelve a exponer las fallas de un sistema en el que la clase social, la salud mental y el azar determinan quién vive y quién muere.

Christa Pike

  Christa Pike iba a convertirse en la primera mujer ejecutada en Tennessee desde 1819. Dos siglos después, el Estado intentó cumplir esa sentencia, pero el procedimiento fracasó de manera extremadamente brutal.

   La primera dosis de fenobarbital no la mató, la segunda tampoco. Pike quedó en estado crítico, consciente, llorando y gritando mientras le insertaban al menos siete agujas en el brazo izquierdo, algunas dobladas por la presión. Había rogado que la fusilaran, temiendo precisamente lo que ocurrió. No se lo concedieron. La mayoría de la Corte Suprema había declarado en 2019 que la Octava Enmienda "no garantiza a un preso una muerte sin dolor".

   Hoy, Pike está inconsciente, intubada y conectada a un respirador. Ambos brazos presentan hinchazón, quemaduras y ampollas. Joel Zivot, profesor de la Universidad de Emory y asesor de la defensa, advirtió que "es muy probable que, como consecuencia del retraso en la reanimación, sufra una lesión cerebral". Los testigos describieron una prolongada sesión de tortura. Mientras los verdugos intentaban volver a inocularla, Pike, consciente, gritaba que le estaba por estallar el brazo.

Perfil que el sistema ignoró

   A los 18 años, Pike y su novio asesinaron a una compañera de un campamento para jóvenes con problemas de conducta. La prensa la tildó de "satánica". El juicio estuvo plagado de irregularidades.

   Según el Dr. Jonathan Pincus, catedrático de Neurología de Georgetown, Christa sufrió un "pasado de abusos casi insoportables". Nació con daño cerebral por el consumo de alcohol de su madre durante el embarazo, sufrió convulsiones desde la infancia y le costaba controlar sus impulsos.

   Su familia la descuidó y maltrató. Sin embargo, sus primeros defensores no citaron a los testigos que ella pidió ni presentaron como atenuantes una infancia de abandono, violencia y reiteradas violaciones. Solo después de ser condenada le diagnosticaron trastorno bipolar y estrés postraumático. Nada de esto llegó al jurado.

   Cuando Tennessee la condenó a muerte el 30 de marzo de 1996, se convirtió en la mujer más joven en recibir esa sentencia en la era moderna. Pasó más de 30 años en el corredor de la muerte. Como era la única mujer, vivió más de un cuarto de siglo en aislamiento casi total, en una celda de 1,30 m². La barbarie de sus primeros años se reforzó con décadas de barbarie estatal.

Apuro por ejecutar

   El 29 de septiembre, todos los miembros de la Corte Suprema ratificaron la orden de ejecución. Al día siguiente, una Corte de Apelaciones la suspendió para evaluar el cambio de postura de Tennessee, que por primera vez dio crédito a las violaciones y a la patología mental.

   El fiscal general acudió rápidamente a la Corte Suprema, denunciando "tácticas abusivas de demora", y el tribunal anuló la suspensión para que no venciera la orden esa medianoche. La premura no estaba focalizada en Pike, sino en ratificar el derecho incuestionable del Estado a asesinar a sus ciudadanos.

Un sistema en crisis

   En EEUU hay más de 2 millones de presos. Pike es una de las más de 2.000 condenadas a muerte. En general, son personas de la clase trabajadora, pauperizadas, muchas con enfermedades mentales o discapacidad intelectual. En 2025 hubo 47 ejecuciones, el 40% en Florida, el número más alto desde 2009.

   Varias fueron "fallidas": reclusos que se incendiaron durante la electrocución, sufrieron estrangulamiento al ser ahorcados o recibieron dosis incorrectas de los fármacos. En muchos Estados, al fenobarbital se le agregan otras drogas para ahorrar sufrimiento; Tennessee optó por la opción más barata.

   Mientras tanto, el apoyo de los estadounidenses a la pena de muerte está en su nivel más bajo en medio siglo: una encuesta de Gallup reveló que el 52% la apoyaba en 2025, mientras que el 44% se oponía, el nivel de oposición más alto desde 1966. Ya 23 estados abolieron la pena capital, mientras que 27 la mantienen. El caso de Christa Pike no es una anomalía: es el rostro de un sistema que falla, tortura y mata, incluso cuando intenta matar.

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