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A 50 años de La Noche de los Lápices, estudiantes se movilizan en todo el país

La Noche de los Lápices recuerda el secuestro y asesinato de diez estudiantes secundarios de La Plata durante la última dictadura militar.

En este aniversario, los centros de estudiantes secundarios adoptaron una postura decidida: mantener viva la memoria de los estudiantes secuestrados y asesinados, y convertir ese recuerdo en organización y movilización. Por eso realizaron asambleas en los colegios para organizar la marcha nacional de hoy. Los reclamos principales expresados fueron la defensa de la educación pública, el rechazo a las reformas educativas "antieducativas", la oposición al arancelamiento y la privatización, y el rechazo a la judicialización de estudiantes, familias y docentes que protestan.

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Los centros estudiantiles criticaron el rumbo político y económico del gobierno nacional, su alineamiento internacional y el fortalecimiento del aparato represivo.

   También cuestionaron las modificaciones al Estatuto Docente en la Ciudad de Buenos Aires y las causas contra familias de colegios como el Lengüitas, la Niní Marshall y el Lola Mora. En un plano más amplio, los centros estudiantiles y las organizaciones convocantes criticaron el rumbo político y económico del gobierno nacional, su alineamiento internacional y lo que describen como un fortalecimiento del aparato represivo. Mencionan, entre otros puntos, el protocolo antipiquete, las restricciones al derecho a huelga, la ampliación de facultades de la SIDE y la designación de un jefe del Ejército como ministro de Defensa.

   También señalan la represión de protestas de jubilados, trabajadores del subte y estudiantes. El documento sostiene que el mejor homenaje a los desaparecidos y asesinados por la dictadura es retomar las banderas de una generación que luchó contra el capitalismo y sus guerras. Más allá de esas definiciones políticas, el eje de la convocatoria estudiantil es claro: recordar La Noche de los Lápices como un hecho histórico y, al mismo tiempo, actuar contra las políticas que consideran un retroceso en materia educativa y de derechos. La postura de los centros de estudiantes secundarios es, así, decididamente activa: no se limita al homenaje, sino que busca organizar asambleas, movilizar a los colegios y sostener las reivindicaciones de estudiantes y docentes.

Búsqueda incansable 

   Marta Ungaro vive en la casa de Gonnet donde nacieron ella y sus hermanos. Allí conserva objetos que mantienen viva la memoria de Horacio, secuestrado el 16 de septiembre de 1976 cuando cursaba en el Colegio Normal de La Plata. A horas de un nuevo aniversario, repasó medio siglo de búsqueda. "Tengo la tranquilidad de haber hecho todo lo que pude por mi hermano, y de seguir haciéndolo", dijo.

   Recordó la madrugada del secuestro: su madre llegó a avisar, corrieron al departamento y vio que la persiana estaba levantada. Desde el quinto piso miró hacia abajo y vio los libros que Horacio leía. Él se estaba haciendo un licuado y le dijo: "A mí los libros nunca me los van a agarrar. Yo los voy a cuidar". Tenía 17 años. Se había estado pintando el guardapolvo la noche anterior; no terminó de pintar la lágrima. Quería estudiar Medicina. Era muy lector y a los trece años rechazó afiliarse al Partido Comunista. Sus padres eran dirigentes comunistas.

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Ungaro: "Tiene que haber castigo, aunque los represores estén grandes, para que no vuelva a ocurrir".

   Las familias se organizaron enseguida. Al otro día, Nelva Falcone fue a su casa y Marta fue a ver a la familia López Muntaner. A los quince días secuestraron a su hermana Nora. La primera noticia de Horacio llegó por ella: en el Pozo de Quilmes vio a Emilce Moler, quien le contó que había estado con Horacio en Arana. Los represores hablaban de "los chicos del boleto". Su madre se sumó a las Madres y murió en 1984, atropellada cuando iba a la ronda.

   Marta también se dedicó a buscar a los responsables del secuestro de su hermano. En 1994, en una clase de Formación Ética, un compañero de su hijo dijo que estaba bien que se los hubiesen llevado. Le preguntó cómo se llamaba el padre: Néstor Beroch, mencionado en la carpeta que ella tenía con documentación. Lo llamó por teléfono y le dijo: "Vos figurás haciendo el secuestro de los chicos". A Juan Miguel Wolk, responsable del Pozo de Banfield, lo encontró casi sin querer mientras trabajaba en la Junta Electoral y luego en los Juicios por la Verdad. Wolk supuestamente estaba muerto, pero seguía cobrando. Tras consultas a la Caja de la Policía y una intervención del juez Arnaldo Corazza, le dieron arresto domiciliario. Se fugó y estuvo dos años prófugo. "Encontré a Wolk y a Beroch casi sin querer: eso da la pauta de todo lo que hicimos los familiares", relata.

   A 50 años, Marta dice que el tiempo es muchísimo, pero no lo siente así. Pudo tener una familia. Su primer hijo se llama Horacio y él le puso Horacio a su primer hijo. No conocieron al tío, pero lo llevan como bandera. Cuando eran chiquitos, le decían: "Mamá, no lo buscaste bien". Esa es la figura del desaparecido. "Necesitamos memoria, verdad y justicia. Tiene que haber castigo, aunque los represores estén grandes, para que no vuelva a ocurrir. La desaparición forzada es un crimen que se sigue cometiendo. Nosotros seguimos buscando a Horacio y a los 30.000, y seguimos reclamando que digan dónde están", concluye.

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