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Seremos grandes

Así, mientras corrías por el campo, de niña imaginabas un futuro enorme para tus días. Sí, pese a tu corta edad tu pensamiento precoz te llevaba a imaginar infinitos momentos que sucederían luego de dejar la niñez.

Aunque por dentro deseabas nunca dejar de ser una simple niña con apenas miles de sueños. Paulo Freire el gran educador y escritor vivió su infancia así: "Creo que una de las mejores cosas que he hecho en mi vida, mejor que los libros que he escrito, fue no dejar que el niño que no pude ser y el niño que era, no dejarlo morir en mí". Mantener viva la niñez en nosotros, es no dejar morir al niño o la niña que fuimos.

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Por eso quiero que sepas que mientras tu corrías por el campo y soñabas con ser adulta, mientras te veía andar inquieta sobre el pasto verde, yo te soñaba siendo niña eternamente. Lo mismo que sin saberlo pensabas tú. ¿Pero si la niñez como la adolescencia es sólo una canción que nunca acaba?

Bob Dylan es un gran músico y un escritor prodigioso. Los premios son para los prodigios y los genios, es obvio, pero los prodigios son anteriores a los premios. No lo olvidemos. Los artistas están antes que los premios. Y ellos también fueron niños. Y soñaron ser grandes o cosas de grandes. Cosas grandes.

Estemos atentos al pronóstico y a las tormentas, pero sin analizar tanto la cosa, que tampoco hay tantas causas para hacerlo. Dejemos los análisis para otras enfermedades. No sigamos líderes obsoletos, vigilemos los semáforos, estemos atentos a quienes nos precisan, a las flores y las primaveras que nacieron pronto, al mismo tiempo que nosotros, demasiado tarde para todo lo que sucedió luego. Contra la tormenta, como cobijo, un loro habla en un idioma que no entendemos en un programa de entretenimiento. Y por la misma tv un tipo nos explica el porqué de las tormentas, muy fácilmente, para él. En un sencillo giro del destino y en apenas un puñado de años, a veces los días y los meses se me van con lo que escribo.

Al igual que la niñez, que se escurre rápidamente como la arena entre los dedos de las manos. Y muchas otras cosas más de este asunto que llamamos vida.

Ayer éramos niños llenos de sueños y hoy somos adultos repletos de temores. Si, somos adultos, pero los temores no nos hacen olvidar lo que fuimos antes. O vimos antes. Una niña corriendo por los prados, libre como el viento y feliz como ninguna otra. Nada ni nadie te hará olvidar ese momento. Ni a mí tampoco.

Cosas de niños. Una madrugada me despertó mi padre a escondidas y la vimos juntos, una pelea de boxeo, a las tantas que ya habíamos visto antes y susurrando casi en silencio en el living de mi casa familiar. Era 18 de marzo de 1977. Nosotros íbamos, hinchábamos por el uruguayo nacionalizado español, Alfredo Evangelista. Fue una gran pelea. No ganó el nuestro, pero aguantó los 15 asaltos, todos los rounds, que era como se peleaba entonces. Ganó el otro, el favorito, el campeón, el negro, nada menos que el gran Mohamed Alí. En realidad, ganamos todos. El uruguayo, el negro, mi padre y yo. Mi padre y yo por ver la pelea juntos y casi a escondidas de mi madre y mis hermanos. Qué bonito combate. Le preguntaron después del combate a Evangelista cómo hizo para aguantar los 15 rounds, una tremenda paliza sin desmoronarse. "Pues como me iba caer antes: me estaba pegando el más grande boxeador de la historia", respondió muy simplemente, sabiendo de antemano que por el solo hecho de no ser noqueado, tirado en la lona del ring, también iba a pasar a la historia. Algo que me quedó grabado para siempre en mi frágil conciencia de niño. Toda una enseñanza a los nueve años. Algo así como cuando una derrota te hace igual o más grande que una victoria.

Ser niño no es fácil. Transitar esa etapa de la vida sin saber casi absolutamente nada de la misma, no es cosa para tomarlo a la ligera.

Si, seremos grandes. Pero primero seremos niños. En la niñez. Y algunos eternamente. Manteniendo los mismos sueños y la torpeza de andar por la vida equivocándonos, tropezando como si fuéramos pibes cuando dan sus primeros pasos o al aprender a andar en bicicleta. Los mismos sueños y la misma libertad para volar. Para saber que todo es posible. Aún sin saber poco y nada. En definitiva, más allá de la edad que tengamos, todos los días aprendemos algo nuevo. Para eso vivimos. Sino la vida sería "al cohete" diría mi abuela. Repetir lo mismo una y otra vez sin saber o hacer nada nuevo. Un verdadero embole.

El País de la Infancia como lo denomino, es un lugar lleno de recuerdos afectuosos, caricias maternales, amor familiar y días repletos de juegos con los primeros amigos. Algunos permanecerán con nosotros para siempre. Amigos desde la infancia. Uno de los primeros sentimientos que nos nacen cuando apenas amanecemos a la vida es el de la amistad.  El compartir las primeras travesuras y secretos con "un par", con alguien igual pero distinto a nosotros. Otro niño, otra niña con los mismos sueños y apetencias.

Pero también es un tiempo lleno de incertidumbres por lo que va a venir y temor hacia lo desconocido. Estamos en esa edad atrapados en un mundo maravilloso, pero a la vez complicado por tener que aceptar las órdenes establecidas y las reglas de los mayores. Tamaña imprudencia de la sociedad (de los grandes) exigirle a un niño tal o cual cosa sabiendo que ellos saben aún poco y nada de la historia. Apenas están aprendiendo a vivir la vida. A su vez ser niños es ser depositarios de todas las frustraciones de los grandes, de lo que no pudimos ser, como lo dice El Nano Joan Manuel Serrat en su canción Los locos bajitos. Pasamos de la sobreprotección cuando son pequeños por temor a que algo les suceda, al miedo a que "sean grandes" prontamente. De niño a joven, de jóvenes a adultos. Independientes de nosotros y nuestros pareceres. Demasiado rápido.

"Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca…Nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen; que crezcan y que un día, nos digan adiós".

Adiós. Como esa niña que corre sin saludar y se aleja sobre los verdes campos, tal vez huyendo del Mundo de los Grandes y buscando vivir su vida en absoluta libertad, en su eterno, propio y definitivo País de la Infancia.

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