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¿Qué lloran estos tipos?

El Mundial terminó y nos dejó con el sabor agridulce de una derrota inapelable de la Argentina en el partido final. La Selección arribó a esa instancia tras ganar todos sus compromisos previos y permitiéndonos vivir alegrías inolvidables, como la épica remontada ante Egipto o la victoria ante Inglaterra, que pasará a ser una de las páginas más hermosas de la historia del fútbol nacional y de nuestras propias historias personales. Así como todos tenemos grabado en la memoria dónde estábamos y con quiénes aquella vez del gol prodigioso de Maradona a los ingleses, tendremos también archivada la escena eterna de Messi desbordando por derecha y poniendo una pelota perfecta en la cabeza de Lautaro Martínez, que la mandó a la red pese a estar rodeado de gigantes. Era, una vez más, dar vuelta una batalla que parecía perdida. Para quienes como nosotros, los argentinos, nos hemos pasado la vida perdiendo batallas o malogrando triunfos, esa sensación de doblarle el brazo al destino es inestimable.

05 - ilustracion columna MESSI

Ganarle a España hubiera vuelto todo perfecto, pero la perfección es insufriblemente inusual. Lo cual,  más allá de los lamentos que hay detrás de esa circunstancia, seguro nos evita un montón de incomodidades. La imperfección no es tan nociva, solo tiene mala prensa.

Quebrados

En ese cierre del trayecto mundialista, que siempre nos deja con una sensación de orfandad, de haber dejado de ser un país y volver a ser esta cosa indefinible que somos siempre, de quedarnos a solas con nosotros mismos, fue conmovedor ver los llantos de Messi y Scaloni. El Diez en la cancha, con la derrota todavía muy fresca, mientras se esperaba la ceremonia de premiación de los campeones. El DT un rato después, en la conferencia para los medios, que ni siquiera pudo concluir a raíz de la tormenta emocional. Antes de retirarse de la sala, había pedido disculpas a los hinchas por no haber obtenido la cuarta copa.

La semana pasada hablábamos aquí de los contrastes entre todo lo que nos hace sentir esta Selección y lo que vivimos el resto del tiempo, en la vida cotidiana, cuando desaparece toda la argentinidad que aflora en los Mundiales. Las divisiones, las miserias sectoriales, los personalismos, invaden las calles y el aire del país tan pronto se baja el telón del fútbol. Es como el fin de un viaje hermoso que da lugar al regreso amargo a un páramo gris.

Los llantos de Messi y Scaloni vuelven a marcar esa brecha abismal. Esta vez, por el lado de los gestos. Lloran dos artífices centrales de un tramo fantástico de la historia futbolística de la Argentina. Un puñado de años en los que el técnico y su equipo cosecharon dos Copas América, una final intercontinental (la Finalísima, nombre tan berreta que cuesta mencionarlo con esa etiqueta) y el Mundial de Qatar, más haber estado ahora en la final de un torneo con 48 selecciones.

¿Y los otros?

Al verlos así, quebrados por no poder alcanzar el máximo objetivo, la sensación de orgullo por ellos se hacía más potente aún. Los que nos llenaron de logros y alegrías en todo este tiempo se disculpaban como si nos hubieran estrellado una y otra vez contra el fracaso. El mundo del revés, porque a lo que estamos habituados es a que los conductores del país y sus equipos de gobierno se marchen sonrientes del poder cada vez que les toca retirarse, convencidos de que les debemos un homenaje por las frustraciones que le agregan a nuestra historia como Nación.

¿Cuándo hemos visto a un presidente llorar y pedir disculpas por los niveles de pobreza inexplicables en un territorio que debería estar disfrutando los beneficios de sus recursos abundantes? ¿Quién ha pedido perdón aquí por la corrupción, la intolerancia, la destrucción del sistema educativo, las violaciones flagrantes a la Constitución, la acentuación de la desigualdad, los bolsones de impunidad, el vaciamiento del sistema previsional y de la seguridad social, la sensación de inexistencia de futuro que empujó a miles al exilio? Entonces, que Messi y Scaloni lloren es algo que… da ganas de llorar.

Hay que rescatar, especialmente, la figura del DT. Scaloni se encontró con una Selección destruida, que no ganaba nada desde el Mundial del 86 y la Copa América de 1993. La cita mundialista de Rusia, en 2018, había sido absolutamente devastadora, y renovaba un absurdo que nadie lograba resolver: ¿cómo un equipo repleto de cracks, entre ellos el mejor jugador del planeta, no podía jugar bien y ganar algo?

Él mismo ha explicado, en varias ocasiones, que su trabajo consistió, centralmente, en ver cómo ensamblar lo mejor de cada jugador con una idea de juego que reivindicara la esencia del fútbol argentino. Messi, que siempre había sido un engranaje que no encontraba su lugar en la maquinaría colectiva, pudo al fin ser el músico más brillante de una orquesta en la que nadie desentonaba. Scaloni lo logró a pura humildad. Siempre lo hemos visto más interesado en ponerse a un costado del escenario que arriba de él.

Sin excusas

El desafío que se le presentó a Scaloni es el mismo que nuestra clase dirigente no logra superar desde el regreso de la democracia en 1983. ¿Cómo lograron que un país con la clase media más fuerte de América Latina, con una educación envidiada en todo el continente, con una riqueza inmensa de recursos, con una industria que marcó hitos internacionales, con una producción primaria de potencialidades ilimitadas, se derrumbara hasta tener a la mitad de su población debajo de la línea de pobreza y colapsara una y otra vez, al punto de que hubo que quitarle trece ceros al peso desde la primera versión de nuestra moneda nacional?

Cuando quienes ocasionalmente se encontraron en la función de gobernarnos tuvieron que explicar el por qué de todo aquello, confirmamos que esta tierra es también la más fértil para la producción de excusas. Guerras, pandemias, ciclos internacionales, que por lo visto solo derrumban a la Argentina, porque en el resto del planeta, e incluso junto a nuestras fronteras, otros afrontaron los mismos contextos globales sin que eso los arroje al fondo de un pozo.

Hay que dejar de buscar culpabilidades fuera de lo que nosotros mismos generamos cada día. Es tiempo de madurar. De tener dirigentes que discutan cuestiones de fondo. De definir de verdad a qué vamos a jugar en este mundo cada vez más complejo, en lugar de pasarnos la vida peleando por cómo hay que hacer el saque lateral.

Evitando caer, a la vez, en esta moda de odiar, odiar todo el tiempo, que tan expuesta quedó, también, en este Mundial pasado. No por casualidad, el Mundial más atravesado por las redes sociales, ese Hades algorítmico que va contaminando las interacciones humanas al punto de reconfigurar, incluso, a las democracias tal como las habíamos entendido hasta ahora.

La pelota, la Selección, nos permiten ver lo mejor que tenemos. Un amor contradictorio, pero amor al fin, por el celeste y el blanco. Una manera de entender la amistad que no existe en casi ninguna otra parte del mundo. La habilidad por escarbar todas las ollas posibles hasta encontrar siquiera una cucharada de alegría. El sentido de pertenencia a un país que nos duele y que, al mismo tiempo, lastimamos.

En el desprecio que muchos han manifestado en los últimos días por  nuestro país, y por lo que somos, hay quizás un estímulo más para entrar en la cancha de otra manera. Porque estamos repletos de disfunciones y fisuras, pero da la impresión de que nos han atacado más por nuestras virtudes que por nuestros defectos.

Que no lloren Scaloni ni Messi ni los demás muchachos. Lloremos todos, pero -sobre todo- que lloren los que nunca lloran. Lloremos lo que haga falta, pero que sirva para algo.

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