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Yo vengo a ofrecer mis electrodos

La historia del ingeniero colombiano que desafió lo imposible

Corría diciembre de 1958. En la Clínica Shaio de Bogotá, un sacerdote ecuatoriano de avanzada edad había llegado con una esperanza casi desvanecida.

Marcapasos

   El cura sufría un bloqueo auriculoventricular completo que le provocaba paros cardíacos continuos. Esa misma mañana, según cuentan los registros, ya se había "muerto" cuatro veces. Los médicos de Ecuador no tenían tratamiento que ofrecerle. Su única opción era un artefacto experimental que ningún ser humano había probado antes: un marcapasos de 45 kilogramos alimentado por la batería de un automóvil.

   El hombre detrás de aquel dispositivo tenía solo 22 años. Se llamaba Jorge Reynolds Pombo, un ingeniero eléctrico bogotano nacido el 22 de junio de 1936, y aquel diciembre de 1958 estaba a punto de cambiar la historia de la medicina para siempre.

Tan pesado como una persona

   El primer marcapasos artificial externo con electrodos internos construido por Reynolds y el médico Alberto Vejarano Laverde—cofundador de la Clínica Shaio—era un monumento a la improvisación y la audacia. Pesaba entre 45 y 50 kilogramos, tanto como una persona adulta. Su fuente de energía era una batería de automóvil de 12 voltios que debía recargarse cada 24 a 72 horas. Para transportarlo, el paciente necesitaba una carretilla diseñada originalmente para llevar balas de gas. Del artefacto salía un cable de cinco metros que conectaba la batería al tórax del paciente, y los electrodos, fabricados en platino y envueltos en silicona, se suturaban cerca del ventrículo derecho.

   Reynolds había construido el dispositivo después de experimentar con perros, pero nunca antes en un ser humano. Por eso, cuando el doctor Vejarano lo llamó y le dijo que debían experimentar ese mismo día con un paciente real, el joven ingeniero se opuso rotundamente. La idea de pasar de un proceso experimental a un paciente le parecía temeraria.

El paciente que se jugó la vida

   El sacerdote ecuatoriano—cuyo nombre era Gerardo Flores, aunque algunas fuentes lo mencionan como padre Flórez—había viajado desde Guayaquil hasta Bogotá con la esperanza de que en la Clínica Shaio pudieran hacer algo por él. Los médicos ecuatorianos ya habían agotado todas las opciones. Su bloqueo auriculoventricular completo no tenía tratamiento conocido.

   Ante la negativa de Reynolds, fue el propio sacerdote quien tomó la decisión. Lo exoneró de cualquier responsabilidad y le dio el visto bueno para proceder. Según relató el propio Reynolds años después, el padre Flores le dijo que si le salvaba la vida, lo eximiría del infierno. Ocho médicos participaron en la operación, que duró casi ocho horas.

jorge reynolds pombo
Jorge Reynolds Pombo

Un éxito que trascendió todo

   El procedimiento fue un suceso rotundo. El sacerdote no solo sobrevivió a la intervención, sino que vivió 18 años más con el marcapasos, hasta 1976. Falleció a los 102 años, aunque otras fuentes mencionan 104. Durante los primeros meses, necesitó un auxiliar—un monaguillo—que empujara la carretilla del marcapasos a todas partes.

   Lo que había comenzado como un experimento desesperado se convirtió en la primera prueba exitosa de un dispositivo que revolucionaría la cardiología. Reynolds, que hoy tiene 88 años, continúa trabajando en la Clínica Shaio y es considerado el miembro más antiguo de la institución.

Reconocimiento mundial y controversias

   La importancia de este invento es largamente reconocida a nivel global. La revista Pacing and Clinical Electrophysiology de EEUU lo considera uno de los inventos más importantes de la historia de la humanidad. Se estima que su creación ya salvó más de 78 millones de vidas en el mundo. El dispositivo de Reynolds figura entre los 100 inventos mundiales más importantes.

   Sin embargo, la historia también registra controversias. En los últimos años, investigaciones periodísticas señalaron que el mérito de la invención del marcapasos no es exclusivo de Reynolds, pues existieron desarrollos previos en EEUU y otros países. El propio Reynolds dijo en entrevistas: "No me interesa atribuirme nada", aunque defendió su trabajo y su contribución al desarrollo del dispositivo.

   Más allá de las disputas sobre la autoría, lo que resulta indiscutible es que Reynolds construyó e implantó con éxito, en 1958, el primer marcapasos artificial externo con electrodos internos en un paciente humano. Y lo hizo con recursos limitados, en un país que no era un centro de vanguardia tecnológica, y a los 22 años.

Del artefacto al nanomarcapasos

   La evolución del marcapasos desde aquel diciembre de 1958 es una de las historias más asombrosas de la tecnología médica. Lo que comenzó como un artefacto de 45 kilogramos que requería una carretilla para moverse, hoy es un dispositivo que pesa menos de 30 gramos y cabe en la palma de la mano.

   Reynolds no se detuvo en 1958. A lo largo de su vida, ha dedicado sus esfuerzos a mejorar el dispositivo. En la actualidad, trabaja en el desarrollo de un "nanomarcapasos" del tamaño de un tercio de un grano de arroz, que no necesitará batería. Este nuevo diseño, apoyado en nanotecnología, podría reducir el costo del equipo de 12.000 a 1.500 dólares y convertir la intervención quirúrgica para su implantación en un procedimiento ambulatorio. También se enlazaría con el teléfono celular del paciente, permitiendo un monitoreo constante.

Un legado que late en millones de vidas

   Este año se cumplen 68 años de aquel diciembre de 1958 en que un joven ingeniero bogotano, un médico audaz y un sacerdote ecuatoriano dispuesto a jugarse la vida, escribieron una de las páginas más importantes de la historia de la medicina. Lo hicieron con una batería de automóvil, una carretilla y una fe inquebrantable en que la tecnología podía vencer a la muerte.

   Jorge Reynolds Pombo, que ayer cumplió 90 años, sigue activo, sigue investigando y sigue demostrando que la curiosidad científica no entiende de edades. Su invento, aquel artefacto de 45 kilos que parecía más un experimento de feria que un dispositivo médico, salvó millones de vidas y permitió que personas con problemas cardíacos vivan décadas más de lo que la naturaleza les habría concedido.

   Hoy, cuando un marcapasos del tamaño de una moneda regula el latido de un corazón, vale la pena recordar que todo empezó con un ingeniero de 22 años, una batería de auto y un sacerdote que se negaba a morir. Esa es la esencia de la ciencia: la audacia de intentar lo imposible, incluso cuando el único equipo disponible es una carretilla y cinco metros de cable.

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