Los fariseos modernos y la mesa vacía
Enfrentamos un fenómeno social y digital donde un grupo colectivo retira masivamente su apoyo, bloquea o veta a una persona o institución, debido a comentarios, o conductas inaceptables. Es, en esencia, una herramienta de castigo y presión social que busca la muerte civil o profesional del señalado. Se conoce esta idea como "cancelación".
Sin embargo, Jesús hacía lo contrario a cancelar; se acercaba al señalado para transformarlo, no para aislarlo. Pero hoy solemos correr el riesgo de rodearnos solo de quienes piensan igual (los "justos") y juzgar desde afuera a los demás.
Bajar al territorio
Un verdadero líder baja al territorio y se ensucia las manos, en lugar de gobernar desde una torre de marfil intelectual o moral. Es fácil declararse seguidor de Jesús desde la comodidad de un banco de iglesia o detrás de una pantalla, rodeado de quienes piensan y actúan igual que nosotros.
Nos autoproclamamos ecuánimes, nos colocamos una armadura de superioridad moral y, casi sin darnos cuenta, convertimos nuestra fe en un club exclusivo de buenas costumbres. Sin embargo, con esa actitud de aislamiento y juicio, terminamos negando con nuestros hechos al Maestro que afirmamos seguir.
El Evangelio nos relata una escena incómoda para la religión de las apariencias. Jesús se sentó a comer con publicanos y pecadores, personas con conductas reprochables y señaladas por todo el pueblo. Ante la mirada indignada de los religiosos de la Ley de Moisés, quienes murmuraban y buscaban desacreditarlo por mezclarse con "lo peor" de la sociedad, Cristo dejó una sentencia fulminante: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores".
Necesidad de reflexionar
¿Cuándo fue la última vez que compartimos la mesa con alguien que vive al margen de la moral cristiana? Hoy, muchos creyentes actúan como aquellos fariseos. Miran de reojo, critican desde la vereda de enfrente y prefieren mantener sus manos limpias antes que ensuciarse en el barro de la necesidad humana.
Queremos que los pecadores cambien, pero nos negamos a acercarnos a ellos. Olvidamos que nadie puede recibir medicina si el médico se encierra en su consultorio por temor a contagiarse.
Nuestra misión no es el aislamiento defensivo, sino el rescate urgente. Sentarse a la mesa con el pecador no significa validar su conducta, sino imitar el método de Jesús: tender un puente de amor para acercar el mensaje de salvación eterna y confrontar al otro con la necesidad imperiosa del arrepentimiento.
El arrepentimiento no nace del látigo del juicio ajeno, sino del impacto de ver a Dios encarnado en alguien que, a pesar de conocer tu miseria, decide sentarse a tu lado.
Dejemos de mirar desde la ventana del templo con el dedo levantado. Si tu fe te aleja de los que sufren el peso de su propio pecado, estás siguiendo una religión, pero no a Jesús. Es hora de vaciar las torres de marfil; es decir, conectar las ideas abstractas con la realidad de la gente común, y llenar las mesas de los necesitados.
Es urgente y el tiempo se agota
Significa no hablar de la perdición eterna como un concepto abstracto, sino confrontar directamente el sistema de vida diario que la gente experimenta en la calle. La urgencia es eterna y el tiempo se agota.
No podemos seguir ignorando hacia dónde nos dirigimos. Vivimos bajo un sistema de vida que normaliza lo efímero y destruye lo sagrado, arrastrándonos día a día hacia la perdición eterna.
Es hora de abrir los ojos y llamar a las cosas por su nombre: el llamado al arrepentimiento no puede esperar. Debemos reaccionar antes de que sea demasiado tarde para nuestra alma y la de los demás.













