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A cuarenta años de la muerte del arquitecto de la ficción argentina

La espada y la biblioteca

El sábado 14 de junio de 1986 Jorge Luis Borges cerró definitivamente los ojos en una ciudad lejana, dejando atrás una obra que el mundo lee, estudia y reverencia como un evangelio laico . - Por Rubén Tonzar*

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   Más allá de los tópicos de tigres, laberintos y espejos en los que se fija nuestra memoria, la maquinaria oculta de esa literatura no es un mero juego despegado de la tierra, sino una construcción deliberada, casi geológica, de una identidad que interpreta la cultura y la sociedad con precisión de escultor. A través de un relato fracturado, el escritor edificó su propia historia sobre un doble linaje, el de la sangre ―con sus antepasados de uniforme y fundadores de naciones― y el de los libros ―con sus precursores y la tradición extranjera―, reproduciendo al interior de su propia casa la vieja dicotomía sarmientina de civilización y barbarie.

   Su escritura surge como respuesta a un mandato paterno, organizándose en dos vertientes que, irreconciliables, se necesitan mutuamente: una basada en el relato oral, el coraje y el duelo; otra cimentada en la lectura, la biblioteca y el uso de lo apócrifo, como si la clase social y la cultura fueran intrínsecas al nacimiento, convirtiendo la leyenda familiar en la historia de una nación de una sola persona.

El linaje materno, representado por Leonor Acevedo, encarnaba la espada y la patria; el linaje paterno, Jorge Guillermo Borges, representaba los libros y la cultura inglesa.

   El linaje materno encarna la vieja ascendencia, la rama de los conquistadores y los héroes, un mundo simbolizado por las armas y el culto al coraje, otorgando una jerarquía que vincula la historia de la casa con la historia de la nación. Pero existía ahí una paradoja fundamental, pues a pesar de ese estatus heroico, Borges describía a esa rama como "poseedora de una ignorancia inconcebible", mientras que el linaje paterno, en contraste, encarnaba la tradición intelectual, compuesta por pastores y doctores, simbolizando las letras y el saber enciclopédico. Y aunque carecía de la tradición épica local, sostenía el prestigio del saber y definía el destino literario del hijo como una herencia o una deuda que debía ser saldada.

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   Esa ficción familiar era, en verdad, su interpretación ideológica, trasladando la contradicción histórica al interior de la propia sangre, haciendo convivir lo criollo y lo europeo, las armas y las letras. Para él, la cultura se heredaba por nacimiento, y esa heráldica le otorgaba derechos sobre el pasado, manteniendo un núcleo ideológico permanente basado en la estirpe y el culto a los mayores, a pesar de las opiniones políticas cambiantes.

   La relación con el padre es fundamental para entender el origen de aquella escritura, que no era simple aprendizaje, sino un pacto: el escritor sentía que su destino estaba trazado por el deseo incumplido del progenitor de ser un hombre de letras, escribiendo por él y en su lugar, convirtiendo la biblioteca paterna en el espacio simbólico de iniciación que sustituyó a la escuela, con el idioma extranjero como una lengua ligada a la autoridad y a una consanguinidad espiritual con autores lejanos.

La genialidad de Borges no fue un accidente, sino el resultado de una construcción deliberada de su propia identidad.

    Esta división se tradujo directamente en dos sistemas de relato. Por un lado, el sistema del duelo, heredado de la sangre, basado en la voz y el relato oral, enfatizando una ética del habla y el encuentro físico, el desafío y la relación entre el hombre y la muerte, como en los cuentos donde el orillero se enfrenta en un ritual para determinar el prestigio.

   Por otro lado, el sistema de lo apócrifo, heredado del linaje de los libros, basado en la lectura y la traducción, utilizando la parodia y el saber enciclopédico, cuya estructura fundamental es la duda sobre la autoría y la relación entre el nombre y la propiedad intelectual.

   La genialidad de Borges reside en no suprimir esas contradicciones, sino en crear una forma literaria donde ambas puedan desenvolverse, con la obra como punto de encuentro donde conviven el enciclopédico y el montonero. La ficción surge en el proceso de transformar esa ideología básica y esos antagonismos familiares en estructuras complejas como el oxímoron y la identidad de contrarios, pues no buscaba una verdad personal, sino construir una genealogía literaria en la que pudiera reconocerse.

   Borges no fue un fenómeno aislado, sino un profesional de las letras que operó profundamente inserto en el contexto de su ciudad, construyendo su vasta cultura universal basado en librerías y bibliotecas locales, incluyendo la mítica Biblioteca Nacional. Este trabajador incansable escribió crítica, trabajó como bibliotecario, realizó traducciones y dictó conferencias en decenas de pequeños pueblos para conseguir dinero, demostrando que se podía ser contemporáneo y universal desde la periferia. Su estilo de comunicación pública partía de la premisa de que todos sus interlocutores estaban tan interesados en la literatura como él, evitando el paternalismo y promoviendo el diálogo entre pares.

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   Su excelencia como escritor se deriva de dos pilares fundamentales: el primero, la perfección por descarte. Cada texto suyo se basa en un riguroso proceso de eliminación de lo que no le interesaba, lo que convirtió su obra de aquellos años en un milagro de precisión técnica; el segundo, la ingeniería de las formas, pues creó procedimientos literarios que sentaron las bases de una ficción especulativa o conceptual, centrada en la idea del texto más que en su ejecución extensa, practicando un arte de la microscopía que evitaba piezas largas, considerando la extensión como un rasgo de vulgaridad ("lo borgiano").

   Para él, la ficción no es verdadera ni falsa, sino un espacio de verificación imposible que permite experimentar la incertidumbre, algo que el sujeto rechaza en la vida cotidiana, pues el planteamiento central no es cómo la realidad se refleja en la ficción, sino cómo la ficción actúa sobre la realidad. Borges veía la ficción como una fuerza poderosa y necesaria para construir consenso y utopía, donde hasta una enciclopedia apócrifa inventada por un grupo de intelectuales termina por invadir y reemplazar la realidad física, prefigurando conceptos que se harían carne en las artes mucho después de que él los ideara.

   La relevancia de su nombre se mide por los procedimientos que muchos otros autores pudieron después adoptar. La invasión del texto por la nota marginal, el juego de realidades paralelas, la novela construida a través de notas académicas, la creación de espacios ficcionales autónomos, disolviendo las fronteras entre la cita, el plagio, la traducción y la creación original. Borges cultivaba el arte de citar, incluso sin comillas, y mejorando muchas veces el original.

   Ricardo Piglia sostiene que un punto de análisis crítico ineludible es el año en que la ceguera lo atrapó (mediados de la década de 1950), evento que marcó una ruptura estética profunda, pues la destrucción de su capacidad de corrección, al no poder leer sus propios manuscritos, afectó severamente su estilo.

   Borges adoptó una actitud estoica, declarando "la maestría de dios y su magnífica ironía", pero hay una distinción cualitativa innegable entre los textos de los años ´40 y ´50, escritos y corregidos minuciosamente, y los posteriores, que fueron dictados. Aunque estos últimos mantienen su genialidad, hay que tomar distancia de la mitificación comercial que intenta igualar ambas etapas, ignorando la pérdida de aquella orfebrería microscópica que caracterizó su época de mayor esplendor formal.

   Paralelamente, Borges se construyó, y se dejó construir, como un icono de la cultura de masas: la imagen del sabio ciego, con su bastón, su mirada perdida, sus manos grandes, convirtiéndose en un símbolo de puro cerebro o pura escritura, provocando una fascinación paradójica. Su oralidad se caracterizaba por el balbuceo y la vacilación, matiz que se oponía al énfasis asertivo del intelectual hispano, siendo esta duda sistemática en el habla una herramienta tanto literaria como política que lo alejaba del narrador despótico para presentar una voz que no sabe, en perenne duda ("perdone mi ignorancia").

   Por eso, aunque en el ámbito de la política y la ética fue caracterizado como el último intelectual de derecha, destacaba su gran capacidad para enunciar posiciones impopulares con una austeridad y sobriedad características. Su posición rara vez se limitaba a opiniones electorales, sino que constituía una estrategia y una ética de su propia palabra, manteniendo autonomía frente a las demandas del entorno y defendiendo la modestia como una forma de dignidad. El peronismo fue para él un punto de inflexión, pues tras ser destituido de su cargo y nombrado irónicamente "inspector de mercados de aves", se vio obligado a superar su timidez, ayudado por el psicoanálisis, para convertirse en el conferencista de prestigio mundial que conoceríamos luego.

   Su conferencia sobre El escritor y la tradición (1951) representa el núcleo de su influencia teórica: sostuvo que la marginalidad nos habilitaba para un manejo irreverente y libre de la cultura occidental, que lo nacional se definía por el modo de leer y usar lo extranjero, no por el contenido folklórico, y que eso nos permitía una mirada oblicua capaz de ver lo que los centros tradicionales ignoran, utilizando libremente toda la cultura sin sentirnos atados a una herencia única (al estilo de los irlandeses y de los judíos).

Borges creía que cada generación debía retraducir los clásicos para fijar la historia en el estilo de su propia época.

   La memoria, en ese imaginario, funciona como un espacio ágrafo que puede volverse destructivo, pues mientras la memoria absoluta representa el peso insoportable de recordarlo todo y la incapacidad de pensar, convirtiendo la mente en un vaciadero de basura, el olvido es la verdadera aspiración y el único alivio posible ante el caos.

   En sus relatos demostraría que la memoria es una invasión incontrolable, y que frente a ese caos bárbaro, la civilización se presenta como la aspiración a la totalidad y al sentido, defendiendo la búsqueda del orden a través de mapas, catálogos y enciclopedias, aun cuando ese orden fuera un laberinto construido por un dios delirante.

   Borges también exploró la idea de que un hombre puede fraguar un sueño para elegir su muerte, optando por morir en un duelo en la pampa, una muerte romántica, en lugar de sucumbir en un hospital. En su poesía describe cómo su abuelo, en el lecho de muerte, congregó sus recuerdos para imaginar que moría en batalla, haciendo que la ficción del nombre y el honor prevaleciera sobre la decadencia física, pues el nombre propio está ligado a la virilidad y la leyenda (el protagonista solo sale a pelear cuando es interpelado, asumiendo su destino a través de esa identidad impuesta).

   La recepción crítica no fue inmediata ni unánime, pues en aquellos años el jurado del Premio Nacional rechazó su obra por considerarla "deshumanizada" y un "oscuro juego cerebral", y fue atacado por grupos intelectuales que tildaron su estilo de "geométrico". Algunos afirmaron que no recibió el máximo galardón por no ser un novelista tradicional de grandes obras, sino un escritor microscópico, un miniaturista centrado en el fragmento y la cita. A diferencia de aquel otro grande, Arlt, el proletario rabioso que accedía a la cultura mediante la transgresión, Borges se posicionó como un observador aristocrático que se documentaba para rescatar una épica que consideraba en extinción, otorgando voz narrativa a personajes populares ("orilleros") sin la mediación del narrador culto.

   A cuarenta años de su muerte, la vigencia de su nombre no radica en la nostalgia, sino en la potencia de sus procedimientos, que hoy son métodos establecidos, reproducidos e imitados en todo el mundo. Su obra es un campo de batalla donde la memoria y la biblioteca, el cuchillo y la pluma, la civilización y la barbarie, se enfrentan sin que ninguno logre la victoria definitiva, pues esa tensión irresuelta es el motor de su narrativa.

   Borges sostuvo que la realidad es, en última instancia, literatura, y que la ficción tiene el poder no solo de describir el mundo, sino de postular un orden causal propio, superior al caos de la vida cotidiana. No fue sin embargo un posmoderno, puesto que tenía sólidas convicciones materiales ancladas en tiempo y lugar.

   Fue un escritor fantástico, en todos los sentidos de la palabra. Por eso hoy no recordamos al sabio aislado en su torre, sino a un trabajador de la cultura que, desde una periferia del mundo, inventó una nueva forma de leer, hizo de la marginalidad un centro de producción, de la traducción una forma de creación, y supo extraer de la forma verdades profundas, aun inventando citas apócrifas. Su maquinaria literaria sigue funcionando, desafiando a la certidumbre y a los laberintos con su hilo de palabras.

*Basado en las cuatro conferencias de Ricardo Piglia en la Biblioteca Nacional ("Borges, por Piglia").

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Ginebra, última estación

El 14 de junio de 1986, Borges murió en Ginebra. Diagnosticado con cáncer de hígado en Buenos Aires, decidió abandonar la Argentina para siempre. Temía que su muerte se convirtiera en un circo político y quiso morir lejos, "como los elefantes".

Viajó con María Kodama, su compañera. En Venecia le propuso matrimonio por primera vez; ella rechazó, por temor a las reacciones. En noviembre se instalaron en Ginebra. Allí, Borges dijo: "Me he convertido en un mito. Mi entierro aquí hará recordar ‘Los conjurados’".

Ginebra era su ciudad fundacional: allí aprendió idiomas, vivió su primer amor y sufrió su primera despedida. En enero de 1986, una hemorragia lo llevó al hospital. Al salir, volvió a pedirle matrimonio a Kodama, y ella aceptó. Se casaron el 26 de abril. Borges interrumpió un poema sobre paraísos perdidos para afirmar que junto a ella había encontrado el paraíso.

Sus últimos días fueron serenos. Solo hablaba de literatura y recitaba poemas. Entró en coma "por una felicidad excesiva" y dejó de respirar esa mañana. Está enterrado en el cementerio de los Reyes (Plainpalais). Su lápida lleva una inscripción en nórdico antiguo: "And ne forhtedon na" ("y que no temieran"), un fragmento sobre el coraje ante la batalla.

Ginebra fue para Borges el lugar donde el mundo podía ser razonable. En "Los conjurados", propuso a Suiza como modelo de armonía cívica: un sitio donde hombres de distintas lenguas "olvidan sus diferencias y acentúan sus afinidades". Allí eligió volverse invisible, aliviarse del cuerpo y del dolor, y encontrar, finalmente, la eternidad.

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Lápida de la tumba de Borges en el cementerio de Plainpalais en Ginebra.

Los conjurados

En el centro de Europa están conspirando.

El hecho data de 1291.

Se trata de hombres de diversas estirpes,

que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.

Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.

Fueron soldados de la Confederación y después mercenarios,

porque eran pobres y tenían el hábito de la guerra y no ignoraban

que todas las empresas del hombre son igualmente vanas.

Fueron Winkelried, que se clava en el pecho las lanzas enemigas

para que sus camaradas avancen.

Son un cirujano, un pastor o un procurador,

pero también son Paracelso y Amiel y Jung y Paul Klee.

En el centro de Europa, en las tierras altas de Europa,

crece una torre de razón y de firme fe.

Los cantones ahora son veintidós. El de Ginebra,

el último, es una de mis patrias.

Mañana serán todo el planeta.

Acaso lo que digo no es verdadero, ojalá sea profético.

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