Pantallas y adicciones
Esta era de conectividad digital plantea desafíos significativos para la salud física y mental de nuestros jóvenes.
El ser humano ha evolucionado a través de miles de años, desarrollando su capacidad de adaptación e inteligencia. Está llegando a la cima de su crecimiento físico, mental y social positivo. Sin embargo, parecería que esta era moderna de la tecnología, está iniciando en el siglo XXI, un proceso progresivo de degradación de todas las capacidades adquiridas. Me refiero en especial, al uso inadecuado de las pantallas en niños y jóvenes.
Esta era de conectividad digital ha planteado desafíos significativos para la salud física y mental de nuestros jóvenes. Hoy debemos reconocer que la omnipresencia de todo tipo de pantallas en manos de individuos en pleno desarrollo, va mucho más allá de la adicción o el consumo de redes sociales; las mismas tienen la capacidad de alterar los órganos y sistemas más nobles del organismo, obstaculizando el desarrollo de las funciones cognitivas superiores y alterar las funciones químicas del cerebro.
Desde el punto de vista físico, el uso excesivo de pantallas produce una fatiga visual digital, con síntomas como dolor de cabeza, visión borrosa y sequedad ocular producida por la exposición prolongada a la luz azul emitida por las pantallas. En efecto, el cuadro más preocupante es el aumento progresivo de la miopía entre niños y adolescentes.
También se ha observado, que por pasar mucho tiempo utilizando los dispositivos de pantalla y adoptando posiciones inadecuadas, la aparición de problemas cervicales tales como tensión muscular y alteraciones vertebrales, con contractura y dolor de cuello y espalda.

La luz emitida por las pantallas, de los distintos dispositivos como teléfonos, tablets y computadoras, interfieren también con el sistema endocrino (hormonas) de los jóvenes, al suprimir la producción de "melatonina" cuando son utilizados de noche, creando dificultad para conciliar el sueño.
Al no cumplir con el descanso necesario de 8 horas, los jóvenes presentan problemas de irritabilidad, falta de concentración y rendimiento escolar. También se alteran otras hormonales que afectan el metabolismo, siendo probable la aparición de diabetes tipo 2 y aumento de peso corporal, por dificultad en la utilización del azúcar en la sangre.
Cuando nuestros hijos pasan muchas horas sentados frente a una pantalla, su cuerpo experimenta menos actividad física que la necesaria, alterando el sistema respiratorio y circulatorio, aumentado el riesgo de hipertensión arterial, obesidad y escaso desarrollo muscular.
La exposición prolongada a radiaciones electromagnéticas emitidas por los dispositivos electrónicos, puede interferir con el normal desarrollo y funcionamiento del cerebro, con alteraciones en las estructuras y funciones de las redes neuronales a largo plazo.
El estímulo de flujo continuo que producen las pantallas en determinadas zonas del cerebro, libera gran cantidad de dopamina. Esta es la hormona responsable de impulsar y reforzar los hábitos que garantizan el instinto de conservación de la especie; normalmente se libera, cuando realizamos actividades gratificantes: cuando comemos, o realizamos una buena acción, o compartimos los juguetes con amigos o recibimos elogios de nuestros padres, etc.
Las pantallas pueden activar el sistema de recompensa dopaminérgico creando un circuito de retroalimentación, similar al que se encuentra en el cerebro de los consumidores de nicotina o cocaína (adictos).
Cada vez que se utilizan estos elementos electrónicos, se inunda el cerebro con una dosis fuerte, aunque fugaz, de dopamina, produciendo pequeños shots de placer en determinadas zonas del cerebro. Casi de inmediato, anhela otra nueva dosis de esta "droga", lo que provoca una disminución del control de los impulsos y un deseo constante de recibir otra recompensa (deseo de gratificación instantánea) ingresando al círculo de la dependencia en el uso de las pantallas.
Las empresas tecnológicas aprovechan los circuitos de dopamina de los usuarios para hacer que sus productos sean más adictivos, maximizando así la interacción y, lo que es aún más importante para ellas, sus ingresos económicos, sin importarles las consecuencias en la salud mental de los consumidores.

Si bien el cerebro adulto está más desarrollado y es capaz de controlar sus impulsos, el cerebro infantil es susceptible a cambios significativos en su estructura y conectividad, lo que puede frenar el desarrollo cerebral normal, provocar adicción a las pantallas y contribuir a un sinfín de otras consecuencias.
El uso de las redes sociales y videojuegos está relacionado con un aumento de la ansiedad, depresión, y consumo de sustancias. También hay evidencia de que la multitarea, como usar las redes sociales, enviar mensajes de texto y ver la televisión mientras se hacen los deberes, perjudica la función cognitiva y compromete el aprendizaje , apareciendo sentimientos de culpa y soledad.
Las investigaciones han demostrado que el cerebro de los niños adictos a las pantallas se encoge o pierde tejido en las áreas que los ayudan a gobernar la planificación y la organización, la supresión de impulsos socialmente inaceptables y su capacidad para desarrollar y practicar la empatía.
El uso indebido de pantallas reduce los mecanismos de comunicación, y las habilidades lingüísticas y sociales. Desarrollan comportamientos impulsivos con escasa tolerancia y empatía.
Es responsabilidad de padres y educadores controlar el uso adecuado de esta tecnología, supervisando su contenido y tiempo de uso.











