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Matilda y “Pipi”

La historia de la niña chaqueña que volvió a vivir gracias a un trasplante renal

Matilda tiene siete años, le gustan los moños grandes, bailar frente a las cámaras y comer pizza —sin sal—. Habla mucho, sonríe todo el tiempo y se mueve con esa naturalidad que tienen los chicos cuando todavía no saben del todo lo fuerte que fueron. Aunque su historia empezó lejos de esa liviandad

Antes de nacer, cuando apenas tenía unos meses en la panza de su mamá, los médicos detectaron algo extraño en una ecografía. Primero pensaron que tenía un solo riñón. Después descubrieron que sí tenía dos, pero eran demasiado pequeños. El diagnóstico fue una hipoplasia renal bilateral, una condición que derivó en una insuficiencia renal crónica.

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Lorena todavía recuerda esos días como un golpe seco.

"Era nuestro primer embarazo, nuestra primera hija. Y de repente todo cambió", cuenta. El embarazo pasó entre estudios, viajes y derivaciones. A las 34 semanas tuvieron que irse a Buenos Aires de urgencia para realizar una resonancia fetal. Ahí empezaron a entender que la vida que habían imaginado para su hija no iba a ser sencilla.

A los pocos días de nacer, llegó una frase que todavía hoy les resuena adentro: Matilda iba a necesitar un trasplante.

Vivir esperando

Hay familias que organizan su vida alrededor de cumpleaños, vacaciones o proyectos. La de Matilda aprendió a vivir alrededor de estudios médicos, controles y llamados telefónicos.

Durante años, Lorena y Ever escucharon pronósticos difíciles. "No llega a fin de año", les repetían una y otra vez. Pero Matilda siguió. Siguió creciendo como pudo. Siguió jugando. Siguió sonriendo. Siguió resistiendo.

"Ella siempre superó todo. Siempre fue más fuerte de lo que decían", cuenta su mamá.

Uno de los datos que más sorprende a los médicos es que Matilda nunca necesitó diálisis. A pesar del deterioro de sus riñones, logró sostenerse durante años hasta entrar en lista de espera para un trasplante.

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La inscripción llegó en 2021. Y con ella empezó otra etapa: la de vivir pendientes de un teléfono que podía sonar en cualquier momento.

"Ese llamado no te lo olvidás nunca más", dice Lorena. La primera vez ocurrió de madrugada, eran las 3.40 cuando sonó el celular. "Cuando escuché ‘¿Familiares de Matilda?’, sentí que me moría." Pero el operativo fue fallido. Había pocas posibilidades de compatibilidad y el órgano finalmente fue para otro paciente.

La segunda llamada fue distinta. Les dijeron que tenían que viajar inmediatamente a Buenos Aires y esperar allá la respuesta final. Y ahí apareció otro miedo, porque no era solamente ir, era entender que, si el trasplante se concretaba, la vida volvía a cambiar por completo.

El día que llegó "Pipi"

El trasplante renal finalmente llegó cuando Matilda tenía cinco años.

La cirugía fue compleja. El riñón provenía de un joven adulto y, por el tamaño del órgano, tuvo complicaciones posteriores. Pasó 11 días en terapia intensiva y 21 internada. Durante ese tiempo no pudo abrazar a su hermana Amelia. Apenas se miraban a través de una ventana. "Fue durísimo", recuerda Lorena.

En terapia, mientras Matilda permanecía sedada y con pequeños despertares, las enfermeras intentaban tranquilizarla hablándole a su nuevo riñón. "Le decían ‘tranquila, Pipi’." Y así quedó porque hoy el riñón trasplantado tiene nombre propio.

Matilda habla de "Pipi" como si fuera un compañero más. Tal vez porque, de alguna manera, lo es.

Una segunda oportunidad

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Antes del trasplante, Matilda pesaba apenas 13 kilos. La enfermedad renal había frenado su crecimiento y le quitaba el apetito. Comer era una pelea diaria.

Ahora todo es distinto porque tiene controles mensuales en Buenos Aires, toma nueve medicamentos por día y debe seguir una dieta estricta sin sal. Los inmunosupresores serán para toda la vida, porque son los que evitan que su cuerpo rechace el órgano.

Pero entre remedios, análisis y cuidados, apareció algo enorme: la normalidad. Hoy va a la escuela, juega, baila y sueña como cualquier chica de siete años y eso, para su familia, ya es un milagro.

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"Gracias a que alguien dijo sí a la donación, ella hoy tiene una vida normal", dice Lorena. Habla de algo que aprendió atravesando todo este proceso: nadie entiende verdaderamente la importancia de donar órganos hasta que le toca de cerca.

"Uno nunca piensa que va a necesitar un trasplante. Pero cuando te pasa, entendés que detrás de cada donación hay familias enteras que vuelven a vivir."

Hablar para generar conciencia

Cada 30 de mayo se conmemora en Argentina el Día Nacional de la Donación de Órganos. Y para Lorena, contar la historia de Matilda es también una forma de agradecer.

Porque mientras ella habla, hay cientos de chicos esperando.

Esperando una llamada.
Esperando compatibilidad.
Esperando tiempo.

En Argentina, miles de personas necesitan un trasplante para seguir viviendo. Muchas son niños.

Por eso insiste en algo simple: hablar del tema. "Hay muchos miedos, muchos tabúes, mucha desinformación. Pero la donación es un acto de amor enorme", dice.

Pero la realidad de Matilda hoy es otra, sabe lo que le paso. Nunca le oculturon la verdad, y es consiente que es un testimonio importante, un testimonio de esperanza para aquellos que hoy estan en lista de espera.

Matilda hoy tiene siete años, dos cumpleaños y un riñón llamado "Pipi" que le devolvió la posibilidad de crecer. Pero por sobre todo esta viva, abraza y es abrazada con mucho amor.

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