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Glaciares, agua del futuro

El trabajo de campo detrás de los 16.000 cuerpos de hielo mapeados en la Argentina

Un documental del CONICET muestra cómo científicos del IANIGLA y montañistas se adentran en la cordillera de los Andes para identificar y monitorear los glaciares.

   En un contexto de modificación de la Ley de Glaciares que habilita proyectos hidrocarburíferos en estas zonas protegidas, el director del IANIGLA advierte que el inventario nacional carece de presupuesto estable y cada año deben pelear por financiamiento.

   En algún lugar de la cordillera de los Andes, a más de cuatro mil metros de altura, un grupo de científicos camina sobre un mar de hielo milenario. No llevan cascos de montañistas por moda ni cuerdas por accidente. Cada paso es parte de un trabajo minucioso, silencioso y fundamental para el futuro del agua en la Argentina.

   Se trata de las campañas de campo del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (IANIGLA), dependiente del CONICET, que desde hace años recorre los glaciares del país para identificarlos, estudiarlos y monitorearlos. Ese trabajo, que combina ciencia de punta y esfuerzo físico extremo, quedó registrado en el documental Glaciares, Agua del futuro, publicado en 2017 por el equipo de CONICET Documentales y disponible en YouTube.

   El film acompaña a los especialistas en sus expediciones, mostrando una realidad que pocos conocen: los glaciares no son solo paisajes imponentes para postales. Son reservas estratégicas de agua dulce, reguladores del clima y fuentes de alimentación de ríos y cuencas hídricas.

   En un país como la Argentina, donde grandes extensiones dependen del deshielo andino para el consumo humano, la agricultura, la generación de energía y la industria, conocer el estado de estos cuerpos de hielo es una cuestión de soberanía. Por eso, desde el IANIGLA se lleva adelante el Inventario Nacional de Glaciares, un proyecto titánico que ya logró mapear más de 16.000 cuerpos de hielo en todo el territorio nacional.

   Pero el inventario no se hace solo con imágenes satelitales, aunque esas también son una herramienta clave. Los científicos insisten en que no hay reemplazo para el trabajo de campo. Hay que ir al glaciar, tomar muestras, medir su espesor, registrar su retroceso o avance, y determinar si una masa de hielo es realmente un glaciar o forma parte del ambiente periglacial, esa franja de terreno que rodea al hielo y que también cumple un papel hídrico fundamental.

   Es allí donde entran los montañistas que acompañan al equipo del IANIGLA, escalando paredes de hielo, cruzando grietas invisibles y soportando temperaturas extremas. El documental muestra esa faceta más humana y heroica de la ciencia: investigadores que, con escasos recursos y muchas veces sin el equipamiento adecuado, salen a campo para responder preguntas cruciales sobre el futuro del agua.

   El contexto actual, sin embargo, ha puesto al inventario y a quienes lo realizan en una situación delicada. En los últimos meses, el Congreso Nacional aprobó una modificación a la Ley de Glaciares, sancionada originalmente en 2010, que hasta ahora prohibía cualquier actividad minera o hidrocarburífera en glaciares y ambientes periglaciales. La reforma flexibiliza esa protección y habilita la posibilidad de desarrollar proyectos hidrocarburíferos en esas zonas, siempre que se realicen estudios de impacto ambiental y se garantice que no se causará daño significativo. Para muchos ambientalistas, científicos y organizaciones sociales, esto es un retroceso peligroso que abre la puerta a la exploración y explotación en áreas que hasta ahora estaban blindadas.

   El director del IANIGLA, Pablo Villagra, fue contundente al respecto. No solo se refirió al riesgo ambiental, sino a un problema más inmediato y burocrático: la falta de presupuesto para mantener el inventario. "El inventario no tiene presupuesto y todos los años nosotros tenemos que discutir el presupuesto con alguna fuente de financiamiento", dijo Villagra.

   Y agregó una frase que resuena como una crítica directa a los legisladores que votaron la reforma: "Hubiera estado lindo que en esta modificación se aprovechara para construir un presupuesto estable para la realización del inventario". La declaración revela una paradoja alarmante: se flexibiliza la protección de los glaciares para permitir actividades extractivas, pero al mismo tiempo no se garantizan los recursos para saber siquiera qué se está protegiendo o desprotegiendo.

   Porque el inventario no es un capricho académico. Es una herramienta de gestión territorial y planificación. Saber dónde hay glaciares, qué tipo de glaciares son, cómo evolucionan y qué aporte hídrico real tienen a las cuencas es información indispensable para cualquier decisión sobre minería, hidrocarburos, obras de infraestructura o políticas de adaptación al cambio climático.

   Sin ese conocimiento, cualquier proyecto extractivo en zonas de altura se mueve a ciegas. Y los científicos del IANIGLA saben que, aunque las imágenes satelitales permiten un primer mapeo, solo el trabajo de campo puede confirmar si una mancha blanca en la imagen es hielo activo o simplemente nieve estacional.

   Solo el trabajo de campo puede medir el espesor del hielo y calcular cuánta agua almacena. Solo el trabajo de campo puede tomar muestras para analizar contaminantes o cambios en la composición química.

   El documental Glaciares, Agua del futuro es, en ese sentido, un testimonio invaluable. Muestra la dedicación de un equipo que trabaja con recursos limitados, a veces con equipos prestados, a veces con financiamiento conseguido a último momento.

   Pero también muestra la pasión y la convicción de quienes entienden que los glaciares no son solo hielo: son agua, son vida, son memoria climática y son patrimonio de todos los argentinos. El video, que está disponible en el canal de CONICET Documentales de YouTube, invita a reflexionar sobre lo complejo y detallado que es el estudio de estos gigantes de hielo, y lo frágil que resulta su conservación frente a intereses económicos de corto plazo.

   Mientras tanto, el IANIGLA sigue adelante. Cada año, pese a las dificultades presupuestarias, sus investigadores negocian con universidades, organismos provinciales y nacionales, y fundaciones para conseguir los fondos necesarios para una nueva campaña de campo. Cada glaciar relevado, cada muestra analizada, cada dato volcado al inventario es una victoria pequeña pero significativa en la lucha por generar conocimiento público y gratuito.

Glaciares, Agua del futuro El documental muestra esas campañas con imágenes que conmueven: científicos trepando por lenguas de hielo, montañistas asegurando cuerdas, laboratorios portátiles armados en medio de la nada, y al fondo, siempre, la inmensidad blanca de los Andes.

   La pregunta que queda flotando es si la sociedad y el Estado están a la altura de ese esfuerzo. Mientras el Congreso modifica leyes para abrir puertas a la industria, el inventario nacional sigue sin presupuesto estable. Y cada glaciar que se pierde por falta de monitoreo, o cada decisión que se toma sin los datos adecuados, hipoteca el agua de las generaciones futuras.

   El documental se llama Glaciares, Agua del futurocon toda intención: porque el agua que hoy está congelada en esas montañas será, en un mundo más cálido, el recurso más disputado. Conocerla, protegerla y gestionarla con inteligencia no es una opción: es una necesidad. Y como muestra el trabajo del IANIGLA, la ciencia argentina está dispuesta a hacer su parte. Solo falta que el resto acompañe.

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