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Una justicia aún incompleta

A 19 años del asesinato de Carlos Fuentealba

El 4 de abril de 2007 quedó grabado como una de las páginas más oscuras de la historia reciente de la docencia argentina.

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   Ese día, en el paraje Arroyito, Neuquén, el maestro Carlos Fuentealba fue asesinado durante una brutal represión policial contra una protesta docente. A 19 años, su nombre no solo se recuerda: sigue presente en cada escuela, en cada marcha y en cada reclamo por una educación digna.

   Fuentealba no era solamente un docente. Quienes compartieron su vida lo describen como un militante comprometido, un compañero solidario y una persona profundamente humana. Su historia atraviesa la militancia obrera, la docencia y la organización sindical, siempre desde un lugar de coherencia entre lo que pensaba y lo que hacía.

   Había comenzado su militancia en los años 80, siendo trabajador de la construcción. Más tarde, se formó como profesor de Química y encontró en la escuela no solo un espacio laboral, sino un lugar desde donde construir conciencia, organización y futuro. Sus compañeros lo recuerdan como alguien cercano, respetuoso, que no hacía diferencias entre docentes, auxiliares o estudiantes. En el aula, era querido; en la lucha, firme.

   El conflicto docente en Neuquén en 2007 no era un hecho aislado. Formaba parte de una oleada de reclamos en todo el país por salarios dignos, en un contexto donde los sueldos estaban muy por debajo de la canasta familiar. En la provincia, la huelga había comenzado el 5 de marzo y se sostenía con movilizaciones masivas y debates en asambleas.

   Fue en ese marco que se resolvió realizar un corte de ruta en Arroyito. La medida buscaba presionar al gobierno provincial para abrir una negociación. La respuesta fue la represión.

   Durante el operativo, la policía avanzó con gases lacrimógenos, balas de goma y persecución a quienes se retiraban del lugar. Fuentealba se encontraba en el asiento trasero de un automóvil cuando una granada de gas fue disparada directamente contra el vehículo. El proyectil atravesó la luneta e impactó en su cabeza. Tenía 41 años. Falleció días después, el 9 de abril.

   El crimen generó una conmoción inmediata. Miles de personas se movilizaron en Neuquén y en todo el país. La huelga docente se profundizó y adoptó una consigna clara: el reclamo de justicia y el fin de la impunidad política.

   En el plano judicial, la lucha logró la condena del autor material del disparo, quien recibió prisión perpetua. Años más tarde, también se avanzó en la causa conocida como "Fuentealba II", donde fueron condenados miembros de la cúpula policial por su responsabilidad en el operativo represivo.

   Sin embargo, la deuda sigue abierta. Los responsables políticos de la represión nunca fueron juzgados. La impunidad en ese nivel continúa siendo una herida vigente.

   A lo largo de estos 19 años, la memoria de Fuentealba se sostuvo gracias a la organización y la persistencia de la docencia. No solo en los tribunales, sino también en las calles, en las escuelas y en la transmisión de su historia a nuevas generaciones.

   Porque recordar a Fuentealba no es un acto nostálgico. Es una toma de posición. Su figura representa la defensa de la educación pública, el derecho a la protesta y la dignidad de quienes enseñan.

   Hoy, en un contexto donde persisten los conflictos salariales y las tensiones en torno al derecho a huelga, su historia vuelve a interpelar. Las condiciones contra las que luchaba siguen presentes, y su ejemplo continúa marcando un camino.

   A 19 años de su asesinato, la exigencia sigue siendo la misma: justicia completa y castigo a todos los responsables, materiales y políticos, comenzando por el exgobernador Jorge Sobisch.

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