Memorias testimoniales de los cincuenta años
Las formas de narración del pasado resultan modos de acercarse al testimonio. Muchas de las manifestaciones estéticas recompusieron y volvieron a articular testimonios, experiencias y voces a través de una reconstrucción que partió de las marcas que dejó la dictadura.
Tal como señala el sociólogo Javier Alejandro Lifschitz en su libro La memoria política en la época de su desaparición, durante los siglos XIX y XX las clases dominantes de nuestro país se encontraron con la tarea de garantizar la legitimidad de los gobiernos a través de la construcción de una memoria nacional imperiosa. Para garantizar el consenso era necesario conformar una identidad nacional basada en un panteón de próceres, figuras relevantes y relatos fundacionales. Las simbologías y los rituales conmemorativos, unidos a un imaginario de la educación cívica y a mausoleos señores se establecieron como tiempo mitológico y memoria de la nación. Es el tiempo previo cuando los Estados nación definían un conjunto de concepciones, interpretaciones, valoraciones y expectativas cívicas hacia un proyecto unificado.
El asunto de la memoria siempre estuvo presente en la Argentina. Ya en el Facundo de Sarmiento, libro fundador de nuestra identidad y nuestra literatura, comienza con una invocación a la memoria: "Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte". El intelectual argentino Nicolás Casullo repone perfectamente esta cuestión al indicar que hay un personaje, el caudillo Facundo Quiroga, muerto hace diez años pero que sobrevive en el alma del pueblo, en contraposición al olvido del territorio argentino. Hay algo que desapareció, pero que permanece latente, es la memoria de la barbarie. En una de las interpretaciones sobre la identidad argentina más vigorosas aparece la idea de un recuerdo operando desde las sombras. Una identidad nacional constituida por memorias y olvidos.
En los tiempos que nos acucian actualmente, la tendencia parecería revertirse. Lifschitz resalta que las clases dominantes ya no buscan ni requieren construir una memoria nacional, sino excluirla, desterrarla del universo simbólico de los ciudadanos. Se busca borrar tanto las marcas de las luchas colectivas conquistadas como aquellas vinculadas con el terror vivenciado durante la última dictadura cívico-militar.
Atrás quedaron los discursos que reclamaban que el gobierno de Milei no era negacionista ni apoyaba la dictadura. El correr de estos años los ha desmentido. Basta ver las medidas autoritarias de su gestión, la continua y persistente demonización de la disidencia política, la desarticulación de la institucionalidad democrática y la embestida contra los sectores más débiles de la sociedad. Son los herederos de la política de la última dictadura, como bien los definió el comité Revolución Imaginaria en un preciso artículo que reeditó la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, por la que fue desaparecido en 25 de marzo de 1977.
La no repetición del pasado
La memoria argentina posterior a la dictadura recayó sobre el imperativo de la no repetición del pasado reciente fatídico, el Nunca más. Las acciones del movimiento de derechos humanos y las políticas de memoria atendieron el objetivo no sólo de reconstruir y difundir lo sucedido, sino también intervenir en las condiciones culturales para impedir esta repetición. Pues bien, la memoria no tiene que ver con la información sobre lo acontecido, sino con los significados profundos que se desprenden de ella. Intervenir en las condiciones culturales, entonces, o al menos abogar por una conciencia de alarma de peligro ante el regreso del horror bajo nuevas modalidades.
El cercenamiento de la memoria puede leerse en una genealogía de décadas de discursos difamantes, relativización de lo ocurrido, "dos demonios" y abiertas reivindicaciones de los actos atroces de la dictadura. Época devenida trágica por discursividades que buscaron en todo momento trivializar la impugnación de una violencia ejercida desde el Estado o poner un punto de sutura a una memoria que relampaguea en los instantes de peligro. Se trató de expulsar las memorias que activan reclamos inconclusos de justicia fuera de la circulación de discursos, proscribirlas o impedirlas.
Si en algo se diferencian las memorias de la dictadura con las memorias nacionales antes descritas es que no son incuestionables, míticas, sino testimoniales y, por lo tanto, son más fácilmente objeto de avasallamientos y de intentos de borramientos. Las primeras son casi inamovibles salvo por pequeñas variaciones y desplazamientos que se producen de acuerdo a las correlaciones de fuerza imperantes en un determinado momento. Las segundas, en cambio, no pertenecen a una memoria consabida por todos, sino que requieren de un trabajo constante y persistente para volverlas narraciones. Éstas encuentran su máxima expresión en los testimonios de quienes padecieron las experiencias límites. Son otro modo de volver al pasado, ya no a través del mito de origen, sino a través de los relatos y las imágenes que reelaboran en cada acto lo ocurrido en el pasado infausto.
Así fue desde un principio cuando las Madres de Plaza de Mayo comenzaron a realizar sus rondas portando primero sus pañuelos y luego las fotografías de sus hijos e hijas. Los relatos orales, documentales, ficcionales, artísticos o callejeros son sólo algunos de los géneros con que los distintos actores han extendido las narraciones de la memoria de lo ocurrido por toda la sociedad.
Las formas de narración del pasado resultan modos de acercarse al testimonio, o de concebir su movimiento, más allá de las instancias judiciales o instrumentales, y de abrirlos al desciframiento de otros sectores de la comunidad. Y si vamos más lejos, podemos decir que muchas de las manifestaciones estéticas, ya fueran artísticas o no, recompusieron y volvieron a articular testimonios, experiencias y voces a través de una reconstrucción que partió de los restos y marcas que dejó la dictadura.
Si el terrorismo de Estado buscó la destrucción de una serie de relatos, de ideas y de proyectos mediante metodologías sistemáticas del horror, la elaboración artesanal de la memoria profesó un trabajo para restituirlos. Hizo hablar de nuevo a los escombros inaudibles. De las fotografías recompuso historias de vida y de las siluetas modos de protesta en común. Obras como las de Gustavo Germano permitieron mostrar la insondable ausencia dejada por la desaparición. Otras, como las siluetas de Margarita Belén, permitieron inscribir la memoria de hechos de terror locales en el espacio público desde el retorno de la democracia hasta nuestro presente a través de la adopción y reproducción popular.
Existieron incluso, y principalmente a partir de los 90, narraciones que cuestionaron y reflexionaron sobre las propias formas en que se cuenta la historia. Allí encontramos justamente una profusa producción artística y testimonial de hijos e hijas de desaparecidos y presos políticos, desde Nicolás Prividera a Albertina Carri.

Relatos de la experiencia
A cincuenta años del golpe asistimos, diría yo, a un acontecimiento inédito en cuanto a la proliferación y circulación de testimonios y relatos de la experiencia. Lugares de memoria, clubes, universidades y escuelas, para nombrar solo algunas instituciones, comparten videos y publicaciones, arman ciclos de cine, espacios para realizar pañuelos, carteles y pinturas alusivas. Se comparten listas de películas sobre la dictadura y la democracia, biografías sobre las Madres de Plaza de Mayo, de los desaparecidos y de quienes estuvieron detenidos. Se generan encuentros en las calles, en los barrios, en los clubes. Una imaginación política, ratificada en movilizaciones masivas en todo el país el pasado martes, que desborda cualquier discurso negacionista o relativizador que pueda haber.
Se trata de narrar la memoria, la experiencia de la época escabrosa, la felicidad al recobrar la libertad, la furia por décadas sin justicia y de reclamos de refutación de las violencias hacia la sociedad. Incluso en las redes sociales donde las imágenes y textos circulan en una vorágine desanclada de los discursos históricos y movidas por los algoritmos, cruzarnos con un sólo testimonio nos lleva a una experiencia de otro tipo. Encontrarnos con palabras que nos cuentan sobre épocas de resistencia, de sufrimiento, de esperanza nos hace detenernos, cortar el flujo de la información (¿qué otro término más característico de la producción de riqueza capitalista?), para dejar hablar al testimonio, aunque no tengamos los marcos referenciales suficientes para traducirlos del todo. Casos ejemplares son los artículos de la Revista Litigio y los videos de la Facultad de Humanidades de la UNNE que recuperan dichos relatos.
Aceptar la "memoria completa" y la "reconciliación" significaría cortar esta profusa producción de significados, de valores, que restituyen sentido a la pregunta de Primo Levi de "si esto es un hombre", por lo humano en lo humano y por la vida en común. "Dejar el pasado atrás" sería desarticular cualquier conciencia del peligro que impugnara la vuelta de la barbarie genocida.
(El autor es docente-investigador de la UNNE y Conicet)
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