Adam Smith y la centralidad del trabajo humano en la creación de valor
¿Cómo apreciaría el filósofo y economista escocés el mundo capitalista dos siglos y medio después de la publicación de su obra magna?

(Por Marcelo Ramal*) - Para contestar esta pregunta, hay que referirse a su legado. Smith caracterizó a la economía mercantil como la consagración de la libertad humana. El hombre económico, despojado de los lazos de sujeción personal, establecía con sus semejantes un vínculo sólo mediado por el intercambio de los productos de su trabajo.
A esta extensión del mercado, Smith la relacionó con la división del trabajo, y el salto fantástico en la productividad representado por la manufactura. Smith elaborará entonces el gran aporte de la economía política clásica: la centralidad del trabajo humano en la creación de valor.
Llegará muy lejos al presentar al beneficio como "una deducción del trabajo", pero luego retrocederá de esa conclusión crucial. Nos dirá, entonces, que el "valor trabajo" sólo rige plenamente en una economía de productores independientes.
Pero cuando existe acumulación de capital, el beneficio es la recompensa de quien supo ser "frugal" para reunir un acervo -o sea, el capitalista. A diferencia de lo que dicen algunos exégetas tardíos de Smith -hoy devenidos en "nacionales y populares"-, el economista escocés no corrió el telón del "mayor valor" o plusvalor. Ello sólo ocurrió un siglo después con la Crítica de la Economía Política de Karl Marx.
Smith exaltó, en cambio, al orden social capitalista como la consumación de la naturaleza humana. La riqueza de las naciones constituía el último movimiento en la larga Sinfonía de la historia. La humanidad productora había llegado a una cima de la que jamás descendería.
Pero si pudiéramos parar a Smith ante el mundo actual, desde esa "cima" sólo avizoraría vértigo e incertidumbre. La "libertad" del mercado ha parido una nueva sujeción, entre los compradores y vendedores de la fuerza de trabajo, el único bien que el trabajador despojado puede ofrecer en el mercado.
El salto extraordinario en la productividad podría, potencialmente, liberar a la humanidad del yugo del tiempo de trabajo. Pero bajo las relaciones sociales fundadas en el beneficio y la competencia, esa revolución de las fuerzas productivas engendra sobreproducción, por un lado, y desempleo masivo, del otro.
La "libre" venta de la fuerza de trabajo se ha trastocado en la sórdida incertidumbre del desempleo crónico. Una conquista fantástica, como la IA, amenaza con liquidar millones de empleos y la bancarrota de los capitales aplicados a ella, que no han encontrado la rentabilidad esperada. Las relaciones sociales capitalistas son una envoltura demasiado estrecha para la riqueza social que ellas mismas han engendrado.
La competencia -el "afán en el empeño propio" que Smith caracterizó como la fuerza motriz de la sociedad- ha devenido en su propia negación, es decir, en las corporaciones monopolistas. Pero lejos de haber cesado, la competencia se ha replanteado en un plano superior y encarnizado. Con corporaciones aliadas a sus respectivos estados nacionales, la disputa por los mercados se traslada al campo de la política y de la guerra. Dos guerras mundiales en el siglo XX marcan a fuego la decadencia de un orden social. Una nueva guerra internacional inaugura al segundo cuarto del siglo XXI.
Imaginariamente colocado ante este escenario, Smith debería revisar su premisa histórica fundamental: la perpetuidad del orden social capitalista. Smith se toparía también con las versiones degradadas de sus propias ideas: su teoría del valor basada en un principio objetivo y de carácter social-el trabajo humano ha sido trastocada por el valor subjetivo, fundado en el individuo aislado y en sus insondables "grados de satisfacción".
Del progreso fundado en la manufactura y el desarrollo del comercio mundial pasamos a la especulación con criptomonedas. La "libertad" que exaltan Javier Milei y sus referentes teóricos es el derecho del capital para liquidar a la clase obrera como sujeto colectivo. El espectro de Smith, invocado por ellos, es una impostura.
Las crisis capitalistas, las guerras, las revoluciones sociales y su marcha contradictoria, son los dolores de parto de una transición histórica que reclama un orden social superior. La "mano invisible" del mercado completó su cometido, dejando un patrimonio material e intelectual edificado, no por la "abstinencia" del empresario, sino por la clase trabajadora que aportó el sudor y el sacrificio de innumerables generaciones. La historia le exige paso a la "mano visible" de esa humanidad trabajadora: el socialismo, el control consciente de la producción social para terminar con la anarquía, el despilfarro y la opresión del hombre por el hombre.
*Economista, UBA, UNQ - Publicado en Clarín.
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