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Jóvenes y democracia

A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la relación de los jóvenes argentinos con la democracia aparece atravesada por una mezcla de adhesión y distancia que invita a reflexionar. En ese sentido, un reciente informe elaborado por Pulsar UBA, el observatorio de la Universidad de Buenos Aires especializado en el estudio de la opinión pública, junto con la Asociación Conciencia ofrece una radiografía sobre cómo las nuevas generaciones perciben el sistema democrático. Lejos de una mirada homogénea, los resultados muestran una tensión entre el valor simbólico de la democracia y la experiencia concreta de su funcionamiento en el país.

En primer lugar, el estudio confirma que la mayoría de los jóvenes sostiene valores democráticos firmes. Prefieren vivir en democracia frente a cualquier otra alternativa y además apoyan herramientas centrales como el sufragio. Esta preferencia no es menor si se la vincula con la memoria histórica argentina. El aniversario del golpe de 1976 no solo recuerda una ruptura institucional violenta, sino también las consecuencias sociales y humanas de un régimen autoritario. Por eso, el hecho de que las nuevas generaciones mantengan una adhesión clara a la democracia puede interpretarse como un logro de la construcción colectiva de memoria y educación cívica.

Sin embargo, esta adhesión convive con una evaluación crítica del presente, los jóvenes no rechazan la democracia, pero tampoco se sienten plenamente representados por su funcionamiento actual. En efecto, el informe señala que existe un escepticismo extendido respecto de la capacidad del voto para transformar la realidad. Aunque la mayoría considera importante votar, solo una minoría cree que esa acción define realmente el rumbo del país. De este modo, se configura una relación de baja intensidad con la política, caracterizada por la cautela y, en algunos casos, por la indiferencia.

Por otra parte, el estudio destaca un aspecto clave para entender estas diferencias. El entorno familiar y el capital cultural influyen de manera decisiva en la formación de las actitudes democráticas. Aquellos jóvenes que crecen en hogares con mayor nivel educativo y acceso a bienes culturales tienden a valorar más la democracia, a confiar en el voto y a mostrar mayor disposición a participar. En cambio, en contextos con menor capital cultural, no se observa necesariamente una inclinación hacia posturas autoritarias, pero sí una mayor distancia respecto de la política. En consecuencia, la democracia no se rechaza, pero tampoco se vive como un espacio propio.

Este punto resulta especialmente relevante si se lo vincula con el golpe de Estado. La transmisión de valores democráticos no ocurre de manera automática, sino que depende de procesos sociales y educativos concretos. La memoria sobre lo ocurrido en 1976, con sus enseñanzas sobre la importancia de las instituciones y los derechos se construye en gran medida en el ámbito familiar y escolar. Por lo tanto, cuando ese entorno es más rico en términos culturales, la democracia adquiere mayor densidad y significado para los jóvenes.

A su vez, el informe revela una brecha entre la intención y la acción. Muchos jóvenes expresan interés en participar y en votar, pero esa disposición no siempre se traduce en prácticas políticas sostenidas. Esta distancia puede explicarse, en parte, por la percepción de que la política no ofrece respuestas efectivas a los problemas cotidianos. Así, el compromiso cívico se vuelve selectivo y esporádico, y no constante. En lugar de una apatía absoluta, lo que emerge es una forma de involucramiento más prudente y condicionado.

En este sentido, el aniversario del golpe invita a pensar no solo en el pasado, sino también en los desafíos del presente. La democracia argentina ha logrado consolidarse institucionalmente, pero enfrenta el reto de fortalecer el vínculo con las nuevas generaciones. Si los jóvenes valoran la democracia, pero desconfían de su eficacia, entonces el problema no es de legitimidad, sino de funcionamiento y de representación. Por eso, resulta fundamental generar espacios de participación más accesibles.

El informe de Pulsar UBA y la Asociación Conciencia muestra que la juventud argentina no es indiferente a la democracia, pero tampoco la vive con entusiasmo pleno. La recuerda como un valor irrenunciable, en parte gracias a la memoria histórica del golpe de 1976, pero al mismo tiempo la evalúa con una mirada crítica. Esta combinación de apoyo y escepticismo plantea un desafío central. Fortalecer la democracia requiere medidas para preservarla, pero también para hacerla más cercana, más efectiva y más creíble para las nuevas generaciones.

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