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La línea de tiempo que conecta a Fangio con Colapinto

Para visualizar la Fórmula 1 de los años 50, hay que hacer un esfuerzo mental para eliminar la tecnología actual, y es que a veces olvidamos que no existía ninguno de los avances tecnológicos de la actualidad: no había fibra de carbono, no había jaulas de seguridad y mucho menos había electrónica que salvara al piloto en caso de accidentes. Los coches eran máquinas de metal y gasolina sin ninguna garantía de supervivencia.

Lamentablemente, hemos sido testigos de cómo, en ese mundo en que la muerte acechaba en cada curva, Juan Manuel Fangio forjó una leyenda que va más allá de los números. El "Chueco" de Balcarce no solo ganaba carreras. Él domesticaba bestias mecánicas con una intuición que ninguna computadora actual podría igualar.

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Esa era una era dorada y salvaje en la que todo estaba en manos del conductor. Hoy los aficionados analizan la telemetría y las estrategias de neumáticos antes de mirar las apuestas deportivas del fin de semana para intentar pronosticar un resultado con base en datos. Pero si nos remontamos a la época de Fangio, allí lo único seguro era el hombre enfrentado al riesgo e intentando domar a la máquina. 

El argentino corría con casco de cuero y mangas de camisa, algo que hoy parece temerario, pero que entonces era lo normal. Su grandeza consiste en haber sobrevivido y vencido en la época más mortal del automovilismo mundial y haber creado un estándar de excelencia que se mantiene 70 años después.

LA HAZAÑA IMPOSIBLE DE LAS CUATRO MARCAS

Hay un récord en la biografía de Fangio que resume mejor que ningún otro su maestría técnica. Con cuatro equipos diferentes se llevó cinco títulos mundiales: Alfa Romeo, Maserati, Mercedes, Ferrari; sin duda este dato es devastador. En la F1 actual, un piloto suele ganar porque su equipo tiene el coche más veloz, pero Fangio demostró que no siempre se cumple esta regla, pues él era la diferencia. Podía montarse en máquinas con mecánicas completamente diferentes y exprimirlas al máximo desde la primera vuelta.

Su capacidad de adaptación era casi sobrenatural. Conocía el coche como si fuera una parte de sí mismo, lo escuchaba para no reventarlo y administraba los neumáticos de forma magistral. Su último título lo logró a los 46 años, edad en la que la mayoría de los atletas de alto nivel ya se han retirado hace tiempo. Esa longevidad en la élite prueba que su habilidad no se basaba solo en reflejos juveniles. Era una inteligencia superior que sabía leer las carreras y gestionar los recursos.

LA OBRA MAESTRA DE NÜRBURGRING

Si existe una carrera que defina el mito, es el GP de Alemania de 1957. En el circuito más peligroso del mundo, el "Infierno Verde", Fangio realizó la mejor carrera de la historia de la categoría. Después de una parada en boxes desastrosa que lo dejó a casi un minuto de los Ferrari, el argentino entró en un trance de velocidad.

Rompió el récord de vuelta una y otra vez, arriesgándose a maniobras que desafiaban la física. Atrapó a los líderes en la última vuelta y los rebasó para llevarse la carrera y el campeonato. Aquel día sus rivales Mike Hawthorn y Peter Collins declararon que les dio miedo verlo llegar por los espejos retrovisores. Fangio admitió años más tarde que nunca volvió a manejar así porque sabía que había ido demasiado lejos. 

FRANCO COLAPINTO Y LA ESPERANZA RENOVADA

Durante décadas, Argentina buscó sin encontrar un sucesor que pudiera volver a coronarse. Pasaron nombres como Carlos Reutemann, que estuvieron cerca, pero el vacío se hizo extenso en los últimos años. El arribo de Franco Colapinto a la máxima categoría reavivó una llama que parecía extinguida, pero el chico ha llegado a la escena mundial con una frescura y un talento que invitan a soñar.

Colapinto no tiene la mochila de ser Fangio, eso sería imposible; sin embargo, su objetivo es forjar su propia historia en una Fórmula 1 muy diferente. Aunque, sin lugar a dudas, hay cosas en su forma de manejar que huelen a la vieja escuela. Tiene agresividad para adelantar y cabeza para negociar los momentos críticos. Su llegada a equipos históricos como Williams abre la puerta a un camino que busca poner nuevamente a Argentina en el mapa del automovilismo.

La afición espera que Franco se establezca en la parrilla y siga progresando. Cada adelantamiento suyo se vive en el país sudamericano como un gol de la selección de fútbol. Es la prueba de que el ADN de velocidad está vivo. 

Lo de Fangio es inigualable, seamos sinceros, pero es cierto que ver a un argentino peleando de igual a igual con los mejores del mundo es probablemente la mayor y más honorable forma de recordar a Fangio; es claro que aun la historia continúa escribiéndose a 300 km/h.

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