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Reflexiones desde Davos sobre el sistema internacional

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de Davos se convirtió en una de las intervenciones con más repercusiones del encuentro, al poner bajo la lupa los fundamentos mismos del actual sistema internacional. Ante líderes políticos, empresarios y académicos, Carney afirmó que el orden mundial basado en normas se rompió y que el mundo atraviesa una ruptura profunda, no una transición gradual hacia un nuevo equilibrio. Sus palabras confirman que existe una preocupación compartida por muchos países medianos frente al avance de una geopolítica dominada por la coerción de las grandes potencias.

En el inicio de su intervención, Carney citó el ensayo "El poder de los sin poder" de Václav Havel, evocando la idea de que incluso en escenarios dominados por fuerzas abrumadoras existe la posibilidad -y la responsabilidad- de resistir y construir alternativas. Según el primer ministro canadiense, la narrativa del orden internacional basado en normas ya mostraba grietas desde hace tiempo, pero hoy esas grietas se convirtieron en una fractura abierta. El derecho internacional, sostuvo, nunca se aplicó con el mismo rigor para todos, y esa desigualdad fue tolerada mientras el sistema ofrecía beneficios generales. Ese acuerdo tácito, afirmó, ya no funciona.

Carney señaló que la integración económica, que durante décadas fue presentada como un camino hacia el beneficio mutuo, se ha transformado en un arma. Los aranceles, la infraestructura financiera y las cadenas de suministro son ahora utilizados como instrumentos de presión y coerción, afirmó. Y agregó que, con ese escenario de fondo, la promesa de prosperidad compartida se vacía de contenido cuando la integración se convierte en una fuente de subordinación para los países más vulnerables.

El mensaje central del discurso estuvo dirigido a los países pequeños y medianos. Carney advirtió que, cuando las normas dejan de proteger, cada país debe asumir la responsabilidad de protegerse a sí mismo, pero no de manera aislada. Insistió en que las potencias medianas deben actuar de forma conjunta, porque si no están sentadas a la mesa de negociaciones, corren el riesgo de convertirse en el objeto de las decisiones de otros. Canadá, Australia, Brasil, Corea del Sur o Argentina, entre otros, comparten el desafío de mantener su autonomía y su capacidad de influencia en un sistema internacional cada vez más fragmentado.

Aunque evitó mencionar nombres propios, varias de las declaraciones de Carney parecieron dirigidas a EEUU y, en particular, al presidente Donald Trump. Recordó que Canadá fue uno de los primeros países en comprender que la geografía y las alianzas históricas ya no garantizan ni la seguridad ni la prosperidad. Las amenazas de aranceles, las referencias a Canadá como un hipotético "estado número 51" y la presión económica ejercida en los últimos años evidencian, según Carney, hasta qué punto incluso los aliados tradicionales pueden convertirse en fuentes de incertidumbre.

El primer ministro, por otra parte, reafirmó el compromiso de Canadá con la OTAN y su apoyo a Dinamarca y Groenlandia frente a las crecientes tensiones en el Ártico. Subrayó que el derecho de Groenlandia a decidir su propio futuro es incuestionable y que el compromiso canadiense con el Artículo V de la alianza atlántica "es inquebrantable". Estas afirmaciones buscaron tranquilizar a los socios europeos y reforzar la idea de que, pese a la crisis del orden basado en normas, las alianzas y los valores compartidos siguen siendo relevantes.

Hacia el final de su discurso, Carney delineó la estrategia que Canadá pretende seguir en este nuevo escenario. En lugar de confiar en un sistema universal que ya no funciona, su país apuesta por construir coaliciones flexibles, adaptadas a distintos problemas, y basadas en intereses y valores comunes. Esto sería una aproximación pragmática que reconoce la fragmentación del sistema internacional, pero no renuncia a la cooperación ni a la defensa de principios fundamentales.

El mensaje del primer ministro de Canadá fue, más bien, un llamado a la lucidez y a la acción cooperativa. Al afirmar que el viejo orden no volverá, invitó a los países medianos a asumir un papel más activo en la configuración del futuro, conscientes de que la pasividad en un mundo sin normas claras puede resultar más peligrosa que el conflicto abierto.

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