Leer para crecer
La lectura de libros durante la primera infancia cumple un papel decisivo en la formación integral de los niños, ya que ayuda a su desarrollo cognitivo, emocional, lingüístico y social. El contacto temprano con historias, canciones, rimas y juegos verbales es una experiencia valiosa que contribuye a la construcción de la identidad y a la comprensión del mundo. Desde los primeros meses de vida, e incluso antes del nacimiento, el lenguaje y la literatura comienzan a modelar la manera en que el niño se percibe a sí mismo y se relaciona con los demás.
Diversos especialistas coinciden en que el lenguaje es el primer espacio simbólico que habita el ser humano. Durante la gestación, los bebés ya reconocen el tono de voz, el ritmo del habla y las inflexiones afectivas de quienes los rodean. Tras el nacimiento, estas primeras experiencias se amplían y se enriquecen a través de relatos, canciones y libros, que permiten al niño ingresar progresivamente en un universo cultural compartido. La literatura, especialmente la ficción, funciona como un espejo que ayuda al niño a reconocerse, a diferenciarse de los otros y, al mismo tiempo, a desarrollar empatía y sentido de pertenencia a una comunidad.
Distintos estudios confirman que, durante los primeros años de vida del ser humano, el cerebro presenta una extraordinaria plasticidad y establece millones de conexiones neuronales por segundo. Se comprobó también que los entornos ricos en estímulos lingüísticos favorecen este desarrollo y potencian la adquisición del lenguaje. Los cuentos, poemas y relatos orales amplían el vocabulario, introducen nuevas estructuras gramaticales y estimulan la capacidad de narrar y comprender. La diferencia en el dominio del lenguaje entre niños expuestos tempranamente a la lectura y aquellos que no lo están puede ser notable, con consecuencias duraderas en su trayectoria escolar y social.
La literatura infantil fomenta el pensamiento crítico desde edades tempranas. A través de historias complejas y personajes diversos, los niños aprenden a organizar su percepción del mundo, a formular preguntas y a expresar sus propias ideas. Al leer, un niño aprende a decodificar palabras, pero también a interpretar, imaginar y reflexionar, que son habilidades esenciales para desenvolverse en una sociedad cada vez más atravesada por múltiples lenguajes y formatos.
Por otro lado, la lectura compartida con un adulto significativo constituye una experiencia valiosa de intersubjetividad, en la que el niño sincroniza emociones, pensamientos y gestos con otro. El regazo, la voz y la cercanía física convierten el acto de leer en un momento de seguridad y confianza. Según los especialistas, en contextos de dificultad o crisis, las historias pueden ofrecer a la persona un refugio simbólico que ayuda a elaborar emociones complejas y a encontrar sentido a lo vivido.
Hay que decir también que la música y la poesía ocupan un lugar privilegiado como puertas de entrada al lenguaje y a la literatura. Distintas investigaciones comprobaron que las canciones de cuna, los juegos rítmicos y las rimas infantiles introducen al niño en la musicalidad de su lengua materna, favoreciendo la sensibilidad estética y la imaginación. El canto materno o cuidador transmite palabras, pero también afecto, ritmo y pertenencia, que son elementos esenciales para el desarrollo emocional.
En el contexto actual, marcado por la presencia constante de pantallas y dispositivos digitales, inculcar el hábito de la lectura supone un desafío adicional. Sin embargo, esto no quiere decir que se plantee una oposición necesaria entre libros y tecnologías. Como señalan algunos investigadores, hoy existen múltiples modos de leer, y la cultura escrita convive con la oral y la audiovisual. Aun así, el libro físico conserva un valor insustituible en la primera infancia, ya que facilita una relación más pausada, corporal y afectiva con la palabra. La mediación adulta, el acceso a libros de calidad y la existencia de bibliotecas comunitarias como espacios seguros de aprendizaje resultan fundamentales para garantizar este encuentro temprano con la literatura.
La literatura en la primera infancia favorece el desarrollo del lenguaje y el pensamiento, y al mismo tiempo contribuye a formar sujetos sensibles, críticos y capaces de comprender y transformar su realidad. Apostar por la calidad literaria, la investigación académica y las políticas públicas que promuevan el acceso equitativo a los libros es, por cierto, una forma de invertir en el futuro de las nuevas generaciones.










