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Ver para creer

"Ver para creer" fue durante siglos una expresión que resumía una confianza en los sentidos. Frente a lo extraordinario, la vista funcionaba como juez final. Si algo podía observarse directamente, adquiría un grado de verdad difícil de cuestionar. La frase condensaba una actitud escéptica y a la vez práctica, basada en la experiencia directa como base del conocimiento cotidiano. Mirar era comprobar, y comprobar era aceptar. Pero ese acuerdo cultural empezó a resquebrajarse con la llegada de tecnologías capaces de producir imágenes y videos que no remiten a ningún hecho ocurrido.

La inteligencia artificial, aplicada a la generación de contenido visual y sonoro, pone en crisis una regla que hasta ahora parecía estable. Hoy, ver ya no garantiza creer, porque lo visto puede haber sido fabricado con un nivel de detalle que imita la realidad de forma inquietante.

Las imágenes y audios que son generados utilizando herramientas sofisticadas, y que pueden mostrar personas reales o inexistentes, son cada vez más frecuentes en estos días. Se trata de piezas audiovisuales creadas mediante modelos de inteligencia artificial que replican el rostro, la voz y los gestos de personas reales. Al principio eran toscos y fácilmente detectables. Con el avance técnico, alcanzaron una precisión tal que incluso observadores atentos pueden ser engañados. El problema, en el fondo, es cultural, porque estas imágenes circulan en entornos donde históricamente se asumía que una fotografía o un video eran pruebas fiables.

Un caso conocido involucró a Lionel Messi, una de las figuras más reconocidas del deporte mundial. Circuló un video falso en el que supuestamente recomendaba una aplicación de inversión con promesas exageradas de ganancias. El material se difundió a través de redes sociales y utilizaba fragmentos de una entrevista real como base para construir un mensaje inexistente. Muchas personas confiaron en el video por la familiaridad con el rostro y la voz del futbolista, lo que muestra hasta qué punto la percepción visual sigue teniendo peso, incluso cuando ya no es un indicador seguro.

La proliferación de este tipo de contenido afecta la capacidad de percibir la realidad porque erosiona los mecanismos de confianza acumulados durante generaciones. La idea de "lo vi con mis propios ojos" pierde fuerza cuando cualquier escena puede ser generada desde cero. El resultado es una sospecha permanente que no distingue entre lo verdadero y lo falso, y que termina debilitando la noción misma de evidencia.

A esta dificultad se suma la escala del fenómeno. La producción de imágenes y videos sintéticos se realiza de manera masiva y a bajo costo. Las plataformas digitales se llenan de piezas diseñadas para captar atención, provocar reacciones rápidas o inducir a errores. No buscan informar ni generar comprensión, buscan retención y circulación. O, en el peor de los casos, buscar esconder una estafa.

Los especialistas advierten que la posibilidad de generar videos con el rostro de otra persona haciendo o diciendo cualquier cosa introduce una forma nueva de vulnerabilidad. La imagen deja de ser un atributo bajo control de la persona y se convierte en un recurso reutilizable por terceros. Por otra parte, observan que en situaciones de emergencia como incendios forestales, por ejemplo, la difusión de contenido falso puede desviar recursos, confundir a la población y generar riesgos reales. El problema, además, es que a nivel cognitivo -según los expertos- la exposición constante a materiales diseñados algorítmicamente para resultar adictivos contribuye a una disminución de la atención sostenida y de la memoria. La mente se adapta a un entorno fragmentado, donde todo parece equivalente y efímero.

En este mundo en el que vivimos, la percepción de la realidad se puede volver una copia de otra copia, cada vez menos nítida y más alejada de cualquier referencia original. Internet corre el riesgo de transformarse en un espacio donde los algoritmos producen contenido para otros algoritmos, mientras los usuarios humanos adoptan un rol pasivo. Frente a esta deriva, la defensa no pasa solo por herramientas técnicas de detección, pasa por una decisión cultural. Recuperar el valor del tiempo, del vínculo directo y de la búsqueda de sentido es una forma de hacer frente a este problema. Es de esperar que, aunque la tecnología imite gestos y voces, la voluntad humana de comprender siga siendo irreemplazable.

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