Tecnología y prosperidad
Muchos dan por sentado que cada gran avance tecnológico que se produce en el mundo conduce de manera casi automática a una mejora del bienestar económico general. Existe la creencia, muy arraigada, que el progreso es una fuerza lineal e imparable. Sin embargo, la experiencia histórica muestra un panorama más complejo. La pregunta de si la tecnología siempre ha mejorado la vida de la mayoría obliga a mirar no solo las máquinas, también las decisiones humanas que las rodean. Esta es la idea central del libro "Poder y Progreso: Nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad", de Daron Acemoglu y Simon Johnson, que viene bien para reflexionar sobre los tiempos actuales.
Los autores, galardonados con el Premio Nobel de Economía en 2024, sostienen que el progreso tecnológico no garantiza por sí mismo una prosperidad compartida. La tecnología, plantean, puede aumentar la producción y la eficiencia, aunque sus beneficios pueden quedar concentrados en pocas manos. Según Acemoglu y Johnson, todo depende de quién controla la innovación, con qué fines se utiliza y qué reglas organizan su impacto sobre el trabajo, los salarios y el poder económico. Ambos autores recuerdan que la historia ofrece numerosos ejemplos que cuestionan el optimismo tecnológico automático.
Por ejemplo, durante la primera Revolución Industrial, nuevas máquinas textiles y la expansión de las minas de carbón transformaron la economía europea. La producción creció y las ciudades industriales se expandieron, aunque la vida de muchos trabajadores empeoró. Jornadas extensas, salarios bajos y condiciones peligrosas marcaron casi un siglo de industrialización temprana. El ingreso de la mayoría no aumentó al ritmo de la productividad. Solo tras largas luchas sociales, la creación de sindicatos y reformas laborales, una parte de las ganancias comenzó a repartirse de manera más amplia. Las máquinas no cambiaron su efecto por sí solas; lo hicieron cuando cambió el equilibrio de poder.
Otro ejemplo que cita el libro es el de la desgranadora de algodón en el siglo XIX. Este invento aumentó la productividad del algodón en Estados Unidos y convirtió al sur en una región próspera desde el punto de vista comercial. Sin embargo, reforzó y expandió la esclavitud. La tecnología benefició a los grandes plantadores y profundizó un sistema basado en la coerción. Aquí, el avance técnico impulsó crecimiento económico, aunque a costa de mayor desigualdad y violencia. El bienestar general no mejoró para quienes sostenían la producción.
Observan también que la introducción de la electricidad, símbolo del progreso moderno, no elevó de inmediato los salarios ni la calidad de vida de la mayoría. Fue necesario reorganizar las fábricas, invertir en nuevas formas de trabajo y establecer contrapesos políticos. En el Reino Unido, a mediados del siglo XIX, los salarios reales crecieron con fuerza solo cuando esas condiciones estuvieron presentes. De nuevo, la tecnología abrió posibilidades que dependieron de decisiones para hacerse realidad.
Acemoglu y Johnson explican que mientras algunas tecnologías amplifican las capacidades humanas, crean nuevas tareas y hacen a los trabajadores más productivos y autónomos; otras se orientan principalmente a reemplazar mano de obra y concentrar el control en pocas organizaciones. Las segundas pueden aumentar las ganancias de empresas grandes y reducir costos laborales, aunque tienden a debilitar el poder de negociación de los trabajadores y a agravar las brechas económicas.
La dirección que toma la innovación responde a incentivos económicos, intereses políticos y visiones dominantes. Los grupos mejor posicionados suelen tener una influencia desproporcionada sobre estas decisiones. Si su prioridad es la automatización y la vigilancia, la tecnología se desarrollará en esa dirección. Si existen poderes compensatorios capaces de exigir responsabilidades, como regulaciones, organizaciones laborales o una ciudadanía activa, la innovación puede orientarse hacia objetivos más amplios.
Por ejemplo, en sus inicios, la informática fue vista como una herramienta descentralizadora que empoderaba a los usuarios. Hoy, muchas aplicaciones de la inteligencia artificial se enfocan en el control, la sustitución de empleos y la acumulación de datos. Nada de esto es inevitable. Los autores sostienen que la sociedad puede elegir otro camino, priorizando usos que aumenten la productividad del trabajo humano sin eliminarlo ni debilitar la democracia.
La historia, vista en conjunto, ofrece una respuesta matizada a la pregunta inicial. Los avances tecnológicos no han mejorado siempre el bienestar económico general. Lo han hecho cuando estuvieron acompañados por instituciones inclusivas y reglas que limitaron la concentración de poder. La tecnología abre oportunidades, aunque su resultado depende de decisiones humanas. Entender esto resulta clave para enfrentar los desafíos del presente y del futuro.










