El consumo empieza mucho antes del consumo
Prevenir implica enseñar a gestionar emociones, no solo a evitar sustancias.
Quiero compartir una reflexión que nace de lo más profundo de mi experiencia personal y profesional. Llevo dieciséis años trabajando como policía de la Provincia del Chaco y, además, me formé como Técnico Superior en Prevención de Consumos Problemáticos, Violencias e Intervención en Crisis. Pero antes de todo creo en Dios, soy esposo, padre, amigo y vecino.
Soy parte de esta sociedad que camino todos los días, en las calles, las escuelas, los clubes y los barrios.
En todos estos años aprendí algo que cambió mi manera de ver la realidad: detrás de cada consumo hay una persona, hay una historia que no fue escuchada y un dolor que busca alivio. Por eso, afirmo que la clave para enfrentar este flagelo no está en castigar ni señalar, sino en educar, prevenir y acompañar desde edades tempranas.
Hoy escribo porque creo que como comunidad necesitamos mirarnos a los ojos y entender que los consumos problemáticos no distinguen clases sociales, religión ni color político. Nos atraviesan a todos, y nadie debería enfrentar esta situación en soledad.
Mi mensaje para cualquier persona que esté atravesando esta situación -sea quien consume o un familiar que acompaña- es claro y simple:
No estás solo. Acá estoy para lo que necesites. Y acá estamos muchos que no vamos a juzgarte.

¿Por qué hablo de un "nuevo paradigma"?
Porque la mirada tradicional, basada en la culpa, en la vergüenza y en la idea de "falta de voluntad", fracasó. Hoy sabemos que los consumos problemáticos no aparecen de un día para otro: son la punta de un iceberg lleno de dolor emocional, falta de oportunidades, vínculos debilitados y experiencias traumáticas que muchas personas no pueden poner en palabras.
En mi trabajo en el territorio veo algo que se repite: la mayoría de las personas no consume para sentir más, sino para dejar de sentir. Para apagar la angustia, la violencia vivida, la soledad, los miedos o el vacío.
Ahí aparece un concepto clave: la disociación. No es locura ni debilidad. Es un mecanismo de defensa natural. Ocurre cuando la mente se separa del dolor para poder sobrevivir. Es ese "me desconecto", "no quiero pensar", "quiero olvidarme de todo". Esa desconexión emocional, cuando se vuelve frecuente, abre el camino al consumo repetido.
La prevención es el camino.
La educación es la base.
Y los vínculos son la herramienta más poderosa que tenemos.
Alienación, anomia y desfragmentación: tres realidades que veo todos los días
No hablo desde los libros, lo hago desde la calle.
1) Alienación: cuando dejo de sentirme parte
La alienación ocurre cuando una persona comienza a sentirse afuera de su familia, de su barrio, de la sociedad.
Lo escucho en frases como:
"Si desaparezco, nadie se da cuenta".
"Ya no pertenezco a ningún lado".
Ese sentimiento de vacío es terreno fértil para que una sustancia entre como "compañera". Cuando pierdo pertenencia, pierdo el rumbo.
2) Anomia: cuando las reglas se borran
La anomia aparece cuando la estructura social se debilita:
-Familias agobiadas.
-Escuelas saturadas.
-Clubes sin recursos.
-Barrios sin oportunidades
-Violencia naturalizada.
-Jóvenes sin proyectos.
Sin orientación, la persona queda "a la deriva", y la sustancia aparece como un camino rápido para calmar la ansiedad o la confusión.
3) Desfragmentación: cuando la vida queda en pedazos
La desfragmentación es cuando la persona se divide internamente: siente una cosa pero piensa otra y termina haciendo otra. Es la consecuencia del trauma, de la falta de contención y de la sobrecarga emocional. Ahí, el consumo aparece como un intento desesperado de "ordenar" algo que adentro está roto.
Ansiedad y abstinencia no son lo mismo
Es fundamental aclararlo, porque en la sociedad se mezclan.
La ansiedad es ese nudo en el pecho, ese pensamiento acelerado, esa sensación de inquietud interna que muchas personas llevan encima desde antes de probar una sustancia.
La abstinencia, en cambio, es el malestar físico y emocional que aparece cuando el cuerpo pide lo que ya se acostumbró a recibir.
No es que la sustancia crea el problema desde cero: muchas veces el consumo empieza porque la ansiedad ya estaba ahí.
Por eso, prevenir implica enseñar a gestionar emociones, no solo a evitar sustancias.
La clave es la educación y la prevención
Si algo aprendí en estos años, es que la prevención no empieza en la adolescencia: empieza en la infancia.
Empieza cuando enseñamos a un niño a hablar de lo que siente, a pedir ayuda, a construir vínculos sanos, a resolver conflictos sin violencia.
Prevenir no se trata solo de dar charlas: es acompañar, escuchar, poner límites, generar espacios, abrir oportunidades y, sobre todo, construir presencia adulta.
Es tarea de todos: familia, escuela, clubes, iglesias, instituciones, fuerzas de seguridad, y cada vecino que se preocupa por la otra persona.
Conclusión: acompañar sin juzgar
La sociedad necesita un cambio profundo: dejar los prejuicios, los tabúes y la vergüenza de lado.
El consumo no hace mala a una persona: la lastima. Y la herida se cura con contención, no con castigo. Repito mi mensaje y lo digo desde el corazón: No estás solo. Y no tenés que atravesar esto en silencio.
Estoy acá para acompañarte. Y como sociedad, si nos unimos, podemos cambiar muchas historias.
*
(El autor es técnico superior en Prevención de Consumos Problemáticos, Violencias e Intervención en Crisis)
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