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La peor pobreza

La pobreza que más daña no siempre se mide en dinero, sino en la carencia de sentido crítico. Es esa miseria que se instala cuando se aceptan verdades cómodas sin cuestionarlas, cuando las certezas se vuelven muros rígidos y las dudas, sombras que se evitan a toda costa.

Sin pensamiento crítico, la gente se convierte en receptora pasiva de ideas ajenas. Absorbe consignas como si fueran comida chatarra, sin masticarlas y sin comprobar si realmente aporta algún nutriente que sirva para alimentar su vida. En ese estado, la información deja de ser una herramienta para entender el mundo y se transforma en un arma para etiquetar, dividir y vencer al otro. Debemos preguntarnos qué hacemos para que la verdad tenga mayores posibilidades de convertirse en una construcción de consensos y no, como suele ocurrir en estos tiempos de redes sociales y algoritmos, en una búsqueda individual de evidencias, pruebas y argumentos que solo sirve para alimentar prejuicios.

Un reciente sondeo realizado por la consultora Zuban Córdoba, especializada en investigación de opinión pública y comunicación política, reveló que se están gestando nuevas reglas que estructuran la conversación pública y -algo que no es menor- el comportamiento electoral. Según el informe elaborado por la consultora, 64,8% de los argentinos prefiere informarse a través de los portales web, las redes sociales y las plataformas de streaming, frente a 34,3% que todavía opta por los medios tradicionales. "El desplazamiento no es solo un cambio de hábitos, sino una reconfiguración completa del terreno donde se libra la disputa política y se moldea la conversación nacional", advierte el informe "Medios de Comunicación y Noticias en Argentina – Noviembre 2025" de Zuban & Córdoba y Good Publics.

Cabe preguntarse en qué medida estas transformaciones contribuyen al pensamiento crítico de la ciudadanía o si, por el contrario, empobrecen el nivel de los debates públicos. Si la respuesta se inclina por la segunda opción entonces hay suficientes motivos para preocuparse, porque la pobreza de pensamiento tiene, mal que nos pese, efectos concretos, como lo son la indiferencia ante la injusticia, la repetición de clichés que justifican la desigualdad, y la creencia de que lo complejo tiene respuestas simples. Cuando la gente no pregunta, se desarma la posibilidad de avanzar hacia un cambio real. Las decisiones públicas, la convivencia cívica y las relaciones humanas se vuelven rutinas automatizadas, entonces lo importante es ganar la discusión en lugar de entenderla.

La ciudadanía debe dudar cuando es necesario, buscar fuentes, confrontar puntos de vista contrarios, y estar dispuesta a cambiar de idea ante evidencia sólida. Es, en esencia, una forma de libertad. La libertad de elegir con conciencia, de corregirse, de aprender de los errores y de construir junto con otros una realidad más humana.

La verdadera riqueza está en la capacidad de cuestionar lo dado, de sostener una postura flexible sin perder principios, y de reconocer los límites de la propia experiencia. Cuando ese músculo se fortalece, la pobreza se disipa poco a poco, no porque se alcance una verdad única, sino porque se abre un espacio para el pensamiento y para comprender los matices, las ventajas (y desventajas) de la deliberación.

La pregunta deja de ser si uno está de acuerdo o en desacuerdo, y pasa a ser: ¿qué pruebas hay para apoyar mis creencias? ¿Qué voces no estoy escuchando? ¿Qué consecuencias tiene mi postura para quienes viven en la misma ciudad, en la misma provincia o en resto de la extensa geografía nacional? La educación de calidad, el diálogo sincero y la genuina curiosidad son las herramientas que nos protegen de la pobreza del pensamiento, y cada persona que las cultiva puede sembrar un cambio tangible en un mundo que, a veces, parece anestesiado ante la evidencia.

Si la memoria de la ciudadanía se nutre de preguntas, la sociedad deja de ser un monocultivo de ideas y se convierte en un terreno diverso de amplias posibilidades. En ese espacio, la libertad de pensar no debe ser entendida como un privilegio, sino como un compromiso con la verdad y la dignidad de cada ser humano.

En la arena pública, la pregunta ya no es si se está de acuerdo o en desacuerdo, sino: ¿qué pruebas respaldan mis creencias? ¿Qué voces quedan fuera de la conversación? La educación mediática, el periodismo de verificación, el escrutinio y la curiosidad son herramientas para erradicar esa pobreza, y cada ciudadano chaqueño puede aportar su granito de arena para construir un mundo mejor informado.

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