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Longevidad y transformación social

El avance de la medicina y de la ciencia permite que más personas lleguen a edades avanzadas y que superar los 80 años sea frecuente, con la posibilidad cada vez más tangible de alcanzar el siglo de vida. En todo el mundo, estos cambios modifican la estructura de las sociedades y desafía hábitos y modelos que se construyeron en épocas donde la longevidad era menor. Las consecuencias de estas transformaciones afectan a las familias y a los sistemas de cuidado, impactan en la organización del trabajo y en las políticas públicas, que deberán adaptarse a realidades nuevas.

Estos cambios llevan a una pregunta central sobre cómo acompañar a un número cada vez mayor de adultos en un contexto donde se reduce la proporción de personas en edad laboral. La longevidad abre oportunidades, pero también genera tensiones porque los años adicionales pueden llegar con limitaciones físicas o emocionales y exigen apoyo constante. Al mismo tiempo, quienes llegan a edades avanzadas desean sostener autonomía, propósito y un rol activo en la comunidad. La búsqueda de ese equilibrio atraviesa a individuos y gobiernos que enfrentan un fenómeno de escala global.

Las cifras presentadas por organismos internacionales muestran la magnitud de esta transformación. En 2018, por primera vez en la historia, la población mundial de 65 años o más superó a la de niños menores de cinco. Se proyecta que hacia 2050 cerca del 22 por ciento de la humanidad tendrá más de 60 años, lo que obliga a replantear sistemas de salud, cuidados y previsión social. Se equivocan quienes creen que este escenario depende del nivel de ingresos. Se extiende en países desarrollados y en regiones con recursos más limitados. Alemania, Finlandia, Italia, Portugal y Japón encabezan las listas de naciones con mayor proporción de personas mayores de 65 años. En América Latina destacan Uruguay, Argentina, Cuba y Chile. Pero el fenómeno está presente en la mayoría de los países.

En Argentina, por ejemplo, la expectativa de vida pasó de 58 a 60 años en la década de 1940 a más de 77 en la actualidad. Las generaciones nacidas entre 1920 y 1940 crecieron en un país donde la vejez era más breve y hoy transitan dos o tres décadas adicionales luego del retiro laboral. En 2020, el 15,7 por ciento de la población argentina tenía 60 años o más, lo que representa unos 7,1 millones de personas. Y para 2050 se estima que esa proporción alcanzará el 22 por ciento, cerca de 12,5 millones de ciudadanos. Esto genera una demanda creciente de cuidados de largo plazo, en especial para quienes requieren ayuda en actividades cotidianas.

La dinámica familiar también cambia. Muchos adultos de mediana edad atienden al mismo tiempo a sus hijos y a sus padres, lo que incrementa la presión sobre los hogares y exige nuevas formas de apoyo. La participación laboral femenina, cada vez más extendida, modifica modelos tradicionales en los que las tareas de cuidado recaían casi en su totalidad sobre las mujeres. De este modo se hace urgente la creación de sistemas nacionales de cuidado que reconozcan el valor de esta tarea y distribuyan responsabilidades entre Estado, mercado y familia.

En el plano emocional y social aparecen preguntas sobre la soledad, la identidad luego de la jubilación y el sentido de pertenencia. A medida que se amplían los horizontes temporales, mantener vínculos y desarrollar proyectos se vuelve tan importante como atender las necesidades físicas. Las comunidades pueden cumplir un papel clave si crean espacios que favorezcan la participación de los adultos mayores en actividades laborales, educativas, culturales y de voluntariado. La integración digital es otro desafío esencial porque las tecnologías se transforman en herramientas de comunicación y acceso a servicios en un mundo cada vez más conectado.

Diversos informes de organismos regionales advierten que el envejecimiento requiere respuestas que no se deben demorar. La salud necesita equipos especializados y una infraestructura adaptada. Los programas de cuidado deben ampliarse para llegar a quienes enfrentan procesos de dependencia. Además, es imprescindible que las personas mayores accedan a servicios básicos y a entornos seguros que les permitan vivir con bienestar.

El desafío consiste en construir sociedades inclusivas que reconozcan el valor de todas las edades. El envejecimiento poblacional marca un cambio en la historia humana y convoca a imaginar políticas, vínculos y proyectos capaces de acompañar esta nueva etapa de la vida con respeto, apoyo y oportunidades.

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