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El último dominguero del papel

La increíble vida de don González, el canillita de 86 años que aún reparte NORTE en bicicleta y carga consigo una historia más grande que las páginas que entrega cada mañana.

Si hay algo que los chaqueños saben de memoria es que el domingo tiene sus rituales propios: el mate temprano, el perfume del pan casero, la radio que despierta bajito, y la espera silenciosa del diario. Ese momento —esa ceremonia casi litúrgica que sobrevive a la era del clic— tiene en Las Breñas un protagonista absoluto: don González, el hombre que, a sus 86 años, sigue pedaleando como si el tiempo sólo le hubiera rozado los hombros.

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Mientras NORTE llega a los hogares para ordenar la mañana, para informar, para acompañar, también llega la presencia discreta de este hombre que nunca faltó. Cada domingo, desde hace décadas, su bicicleta es parte del paisaje tanto como los lapachos en flor o el viento sudestada que barre la siesta. Pero pocos conocen la historia que late detrás de esa figura flaca, curtida por el sol y la rutina, siempre dispuesta a entregar el diario con una sonrisa y un "buen día" que parece de otra época.

Un hombre hecho de tierra adentro

Don González nació en la zona rural cercana a Santa Elena, en un campo donde los cuervos anunciaban las tragedias antes que los humanos. "Cuando volaban bajito, ya sabíamos que algo había muerto", recuerda. Su infancia transcurrió entre animales, trabajo y silencio. Aprendió a mirar la vida en los ojos del monte y a distinguir lo urgente de lo importante. Quizá por eso, a los 86 años, conserva una claridad que sorprende.

No tuvo hijos, no tuvo esposa. "La mujer me dispara a mí", bromea, aunque detrás del chiste asoma una vida de soledades aceptadas, de decisiones tomadas sin dramatismo. Tuvo, sí, una novia en su juventud, hermosa, "muy tierna", a la que conoció mientras hacía la colimba (el exservicio militar). De ella habla con una nostalgia apenas perceptible, como quien guarda en un cajón una foto que nunca deja de mirar.

La colimba: castigos, lealtades y una huida imposible

La vida de Oscar González podría ser una novela. Estuvo en Mercedes, Corrientes, haciendo el servicio militar obligatorio. Allí fue "cabo de rancho", encargado de la cocina, rol que le dio respeto entre los soldados y cercanía con los superiores. Para muchos, era un muchacho noble, fuerte y confiable. Tanto, que en una ocasión le ofrecieron quedarse en el Ejército con beneficios y ascensos. Todos querían retenerlo. Lo apreciaban.

Pero en el fondo, lo llamaba otra obligación más profunda: su madre. "Ella era inválida. Yo la pasaba de la cama a la silla. No tenía quién la cuide." Una noche soñó que se caía cargando agua. Y ese sueño —más fuerte que cualquier orden militar— fue suficiente para que tomara la decisión más arriesgada de su vida: escaparse para volver a su casa.

Caminó desde Mercedes hasta Las Breñas, esquivando rutas, evitando ser detenido, soportando el hambre y la hinchazón del cuerpo castigado por las marchas. "No podía quedarme cerca de las estaciones. Me iban a ver", cuenta. Viajó en silencio, casi como un fantasma, con el apuro de quien teme llegar tarde.

Cuando finalmente llegó, su madre lo escondió debajo de la cama, cubierto por un cubrecama. La policía ya lo buscaba. Después vinieron los traslados, la entrega voluntaria, el tren a Mercedes, el castigo de seis meses y, más tarde, lo peor: la frontera con Brasil, donde un subteniente cruel castigaba sin límite a los soldados.

Allí, don González vivió humillaciones, golpes, persecuciones y escenas que aún lo conmueven. Una vez, harto de que lo sometieran, reaccionó: enfrentó al subteniente y hasta disparó al suelo para frenar un abuso. Pero incluso en ese momento extremo, su sentido del deber lo detuvo. "Si lo mato, me matan. Y yo quería volver", dice hoy, con una serenidad que asombra. A pesar de todo, jamás sintió rencor. "Sigo llorando de no haber quedado en el Ejército", admite. Una frase que revela una lealtad sin grietas y una forma de entender la vida que muy pocos conservan.

El domingo como patria íntima

Tras esa experiencia, González eligió lo simple: trabajar, vivir en paz, no molestar a nadie. Y encontró en la tarea de repartir el diario un oficio discreto que le calza como un guante. Para él, entregar NORTE no es sólo un trabajo: es una manera de seguir siendo útil, de permanecer en movimiento, de estar.

Los vecinos lo esperan con cariño y con un respeto que ninguna medalla podría igualar. Le ofrecen pan casero, tortas, un panetón, un vaso de agua fresca, una silla a la sombra. Él agradece, pero casi nunca se detiene. Tiene que seguir. "Mientras pueda pedalear, voy a seguir", repite, como si su vida dependiera de eso. Y tal vez dependa. Porque hay personas que sólo viven en plenitud cuando cumplen; cuando sirven; cuando sienten que todavía tienen algo para dar.

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Una despedida que es una promesa

Antes de subirse a la bicicleta y seguir su ronda, siempre dice lo mismo: "Si Dios quiere, nos vemos el domingo. Como todos los domingos". Y en esa frase cabe todo lo que es don González: constancia, humildad, sacrificio y una lealtad que ya casi no se encuentra. Un hombre que carga sobre sí una historia tan dura como luminosa, pero que elige —cada semana— ser simplemente el canillita. En Las Breñas, cada ejemplar de NORTE no se entrega solo. Llega también él: el último dominguero del papel.

Un caminante de leyenda

Cuando desertó para asistir a su madre, don González caminó más de 500 kilómetros entre Mercedes (Corrientes) y Las Breñas. Lo hizo evitando rutas, durmiendo donde podía, escondiéndose para no ser capturado. "No quería que nadie me vea", recuerda. Su travesía duró varios días, con el cuerpo lastimado y el alma apurada. Llegó con la ropa rota, hinchado y sin fuerzas. Pero llegó.

El canillita imposible de reemplazar

En Las Breñas, sus vecinos lo esperan como se espera a un familiar. Saben que no falta, que no negocia su deber y que es parte esencial de la vida comunitaria. Aunque la tecnología avance y los teléfonos dicten la agenda diaria, el domingo chaqueño sigue teniendo una ceremonia propia: la llegada del diario impreso. En pueblos del interior como Las Breñas, General Pinedo o Charata, los vecinos todavía se levantan temprano, calientan el agua para el mate y esperan al canillita como si fuera un familiar que llega con noticias frescas.

En muchos hogares, el ejemplar de NORTE se comparte, se recorta, se guarda, se comenta. Es parte del desayuno y parte de la identidad. Una costumbre que se transmite de generación en generación, a la sombra de los árboles del patio o en la mesa de fórmica de la cocina. En ese paisaje cultural, don González es más que un repartidor: es el mensajero que mantiene viva una tradición que resiste al tiempo.

La significancia del papel

Es domingo y el lector del papel de NORTE, lo sabe. La rutina del mate o desayuno para esperar al canillita se impone y no escapa a la espera del matutino de mayor tirada de la región en la jornada dominical. En cada rincón provincial, sea en la capital o en el Chaco profundo, las historias se repiten y merecen ser contadas. Para dejar testimonio en vida de ilustres desconocidos o de conocidos por muchos pero que poco se sabe de su vida personal. 

Y ésta, es la vida de don González, quien -con 86 años-, ritualmente sigue entregando el soporte de papel a los vecinos de Las Breñas. Esos que lo esperan con mate en mano, alguna confitura o algo más para donarle solidariamente, a sabiendas de su bonhomía, fidelidad y honestidad. Llega en su bicicleta y genera que la mañana dominical sea más llevadera con la información precisa y veraz que sostiene este producto de Editorial Chaco SA y que hace más de 50 años lo viene haciendo. 

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