La privatización de una empresa rentable
El gobierno nacional, a través de una resolución firmada por el Ministro de Economía Luis Caputo, puso en marcha el proceso de privatización parcial de Nucleoeléctrica Argentina SA (NA-SA).

La medida resulta paradójica, ya que se produce a pesar de que la propia administración reconoce la excelencia de la compañía. NA-SA no es una empresa deficitaria, sino una entidad pública con probada solvencia financiera y un rol crucial en el sistema energético nacional.
Este escenario plantea una pregunta fundamental: ¿cuál es el beneficio para el país de vender una parte de una compañía rentable que es, además, un pilar de la soberanía tecnológica y energética de la Argentina?
Un activo estratégico
Para comprender la magnitud del debate en torno a su privatización, es crucial analizar primero el desempeño y el rol que Nucleoeléctrica Argentina cumple en el panorama nacional. La empresa no solo genera energía, sino que representa una acumulación de capital técnico, humano y financiero que la posiciona como un activo de alto valor para el Estado. Sus principales atributos se pueden resumir en los siguientes puntos:
• Solvencia financiera comprobada: lejos de ser una carga para las arcas públicas, NA-SA demostró sólida capacidad para generar ganancias. La compañía reportó un resultado financiero positivo de 275.500 millones al cierre de 2024 y ganancias por 74.905 millones en el segundo semestre de 2025.
• Pilar del sistema energético: la empresa es un actor clave en la matriz eléctrica del país, posicionándose como la quinta generadora de energía a nivel nacional. De manera consistente, garantiza entre el 7% y el 9% de toda la electricidad consumida en Argentina, operando con altos estándares de seguridad y a un precio accesible. La venta de energía constituye el núcleo de su negocio, representando el 76% de sus ingresos totales.
• Capacidad tecnológica y soberanía: NA-SA es la depositaria de décadas de desarrollo nuclear argentino. Su capacidad técnica ha quedado demostrada con la finalización de la central Atucha II, la exitosa extensión de la vida útil de la central de Embalse y su rol de asistencia técnica a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) en proyectos de vanguardia como el reactor modular CAREM y el reactor de investigación RA-10.
• Reconocimiento oficial: la propia Secretaria de Energía del actual gobierno elogió públicamente el desempeño de la empresa: destacó que NA-SA registra "una posición económica financiera estable que ha permitido una operación segura y confiable de las centrales nucleares financiando los costos de operación y mantenimiento".
Este conjunto de atributos subraya el valor estratégico de la compañía, haciendo aún más resonante la decisión gubernamental de alterar su estructura de propiedad.

Cómo se estructura la venta parcial
El marco legal y operativo de la privatización, formalizado en la resolución EX-2025-116348409, revela el intento del gobierno por navegar un complejo panorama político. La estructura detallada del plan no es solo un procedimiento administrativo, sino un calculado compromiso que busca equilibrar el impulso ideológico de incorporar capital privado con la necesidad estratégica de retener el control estatal sobre un activo crítico para la seguridad y el desarrollo nacional. La estructura del plan se desglosa a continuación:

Este detallado plan oficial, si bien define un camino claro, catalizó de una serie de cuestionamientos profundos por parte de diversos sectores.
Soberanía, coherencia y cuestionamientos

La iniciativa de privatización generó fuerte oposición, cuyos argumentos trascienden el análisis financiero para adentrarse en debates sobre soberanía nacional, coherencia en la política pública y la idoneidad de sus impulsores. Las críticas no se presentan de forma aislada, sino que se entrelazan para construir un argumento cohesionado contra la medida.
• Contexto político y desfinanciamiento - Para los críticos, la venta de NA-SA no es un hecho aislado, sino un paso más dentro de una política de desmantelamiento del ecosistema nuclear argentino. Sostienen que el mismo gobierno ya "frenó el proyecto CAREM" y desfinanció otras entidades clave del sector, como la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y DIOXITEK, la productora de dióxido de uranio.
• La defensa de la soberanía - Desde esta perspectiva, la privatización parcial es vista como la culminación de dicha política y una amenaza directa a la "soberanía energética y el desarrollo tecnológico argentino". Argumentan que el control estatal absoluto de NA-SA es fundamental para garantizar no solo la operación segura de las centrales, sino también la continuidad de proyectos estratégicos de largo aliento que posicionan a Argentina en la vanguardia del sector nuclear global.

• La cuestión económica - Este contexto lleva al cuestionamiento económico más directo: "¿Cuál es el beneficio para los argentinos de vender una empresa que da ganancias?". Si la compañía es rentable, estratégica y está siendo desfinanciada en su ecosistema por el mismo gobierno que ahora la vende, la lógica económica de la operación se vuelve, para los opositores, insostenible, a menos que el objetivo final sea el vaciamiento del sector.
• El factor Caputo - Finalmente, las críticas se personalizan en la figura del Ministro de Economía, Luis Caputo, quien impulsa la medida. Sus detractores señalan su rol previo en el endeudamiento del país con el FMI y el hecho de que su presentación oficial muestra que el 92% de su patrimonio declarado (u$s 5,3 millones) se encuentra fuera del país, lo que, a su juicio, genera dudas sobre la credibilidad y el compromiso con los activos nacionales detrás de la decisión.
La tensión entre el plan gubernamental, basado en un marco legal específico, y estas profundas objeciones de carácter estratégico y político, define el complejo escenario actual.

Futuro en disputa
El caso de Nucleoeléctrica Argentina encapsula una de las tensiones centrales de la política pública contemporánea: la disyuntiva entre la eficiencia de mercado y el control estatal de activos estratégicos.
La principal contradicción reside en que una empresa elogiada por su "posición económica financiera estable" y su excelencia operativa por el propio oficialismo sea, al mismo tiempo, objeto de un proceso de venta parcial impulsado por ese mismo gobierno.
La decisión de avanzar con la privatización deja en el aire preguntas cruciales sobre la visión a largo plazo del poder ejecutivo para el sector nuclear. ¿Se prioriza la obtención de capital a corto plazo por sobre el control de una industria clave? ¿Cómo se garantizará que el desarrollo tecnológico soberano, representado en proyectos como el CAREM, continúe bajo una estructura de capital mixto?
El futuro de NA-SA no es solo una transacción financiera, sino una decisión que definirá si la Argentina sigue siendo un protagonista de su destino tecnológico o cede el control de un pilar de su soberanía nacional.
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