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El poliedro de Francisco

Un reciente informe del Vaticano, publicado en el Anuario Estadístico de la Iglesia y el Anuario Pontificio 2025, ha sorprendido al mundo. Según ese documento, en apenas un año, entre 2024 y 2025, se registraron 15.881.000 nuevos católicos, lo que representa un crecimiento global de 1,15%. África lidera este incremento con más de ocho millones de nuevos fieles, seguida por América con más de cinco millones, mientras Asia, Europa y Oceanía contribuyen de forma más moderada. En total, la Iglesia Católica alcanza hoy cerca de 1400 millones de creyentes. Se trata de un signo de vitalidad espiritual en tiempos de incertidumbre, cuando muchos esperaban lo contrario, es decir, un declive de la fe en un mundo cada vez más secularizado y fragmentado. Los expertos atribuyen el fenómeno a la prédica del recordado Papa Francisco.

Pero, en rigor, este aumento no debería leerse únicamente en términos estadísticos. Sería insuficiente atribuirlo a dinámicas demográficas o a la expansión de comunidades misioneras. Lo que se percibe en estas cifras es también el eco de un mensaje que, desde hace más de una década, ha transformado la forma en que la Iglesia se ve a sí misma y se relaciona con el mundo. Ese mensaje tiene un rostro; el del Papa Francisco, y una imagen que se ha convertido en su símbolo espiritual más profundo: el poliedro.

Decía Bergoglio que a diferencia de la esfera —donde todo es homogéneo, donde cada punto está a igual distancia del centro—, el poliedro tiene múltiples caras, diversas, desiguales, pero todas necesarias para formar un todo armónico. Francisco ha insistido en que la comunión verdadera no consiste en borrar las diferencias, sino en integrarlas. En su visión, la Iglesia no es una masa uniforme, sino un cuerpo vivo en el que cada miembro aporta su particularidad. En esa geometría de la fe, el catolicismo crece no porque imponga una forma única de creer, sino porque permite que cada cultura, cada pueblo y cada historia descubran en el Evangelio un espacio para su propia voz.

Este modo de entender la unidad explica, en parte, por qué el mensaje del argentino llegó con tanta fuerza en los cinco continentes. Su lenguaje sencillo, profundamente humano, tocó el corazón de quienes se sentían alejados de las estructuras eclesiales o desencantados por los formalismos de la religión. Francisco no hablaba desde la distancia del poder, sino desde la cercanía del pastor que acompaña, que escucha, que se deja interpelar por el dolor del otro. Esa actitud encarna su metáfora del poliedro. Un liderazgo que no aplana las diferencias, sino que las abraza.

Cuando en 2013 visitó Lampedusa, y preguntó con voz quebrada "¿quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas?", el entonces Papa denunció la "globalización de la indiferencia" que anestesia las conciencias. Ese gesto —llorar con los que sufren, mirar a los invisibles— resume la espiritualidad del poliedro. En él, los migrantes, los pobres, los marginados, no son periferias prescindibles, sino rostros indispensables del todo humano. Cada uno, con su historia y su fragilidad, forma parte de esa comunión que no uniforma, sino que integra.

El crecimiento del catolicismo, sobre todo en África y América, puede interpretarse entonces como el fruto de una Iglesia que supo escuchar la voz de los pueblos y hablar en su propio lenguaje. Francisco no ofreció respuestas prefabricadas, sino una invitación al encuentro. Su énfasis en la fraternidad universal, expresado en la encíclica Fratelli Tutti, y su llamado constante a derribar muros —sean físicos, económicos o ideológicos—, abrieron caminos de diálogo con creyentes y no creyentes. La fe, en su visión, es un espacio abierto donde las diferencias se reconocen y se fecundan mutuamente.

Quizás ahí radica la clave de la expansión actual, ya que muchos comprendieron el mensaje. Hoy, en un mundo que parece girar hacia la polarización y el enfrentamiento, el poliedro de Francisco se levanta como una alternativa valiosa. Nos recuerda que la diversidad no es una amenaza, sino una posibilidad; que la unidad no significa uniformidad, sino comunión; que la fe también puede ser un puente entre las diferencias.

Francisco mostró que se puede creer sin excluir y sin levantar muros. Y si el número de católicos sigue creciendo es porque, en algún lugar del alma de la humanidad, muchos reconocen en ese poliedro la forma más humana de vivir juntos.

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