Resistencia22°Min. 18° • Max. 23°

El ascenso del gigante asiático

El ascenso de China como protagonista de la economía global es uno de los procesos más estudiados en universidades de todo el mundo. En apenas unas décadas, el gigante asiático pasó de tener una economía centrada en la agricultura y afectada por la pobreza, a convertirse en una superpotencia industrial, comercial y tecnológica.

La velocidad y magnitud de esta transformación no tienen precedentes en la historia moderna. En el 2000, China ocupaba el puesto 33 en inversiones globales. Para 2017, alcanzó el segundo lugar mundial. Este avance, logrado en solo 17 años, es el resultado de una planificación estratégica sostenida, con objetivos claros y una visión a largo plazo.

En 2009, cuando China superó a Japón y se convirtió en la segunda economía mundial, solo detrás de EEUU, el radar de los inversores occidentales comenzó a seguir de cerca la evolución de ese crecimiento. Pero ya desde comienzos del siglo XXI, el gobierno chino venía impulsando una estrategia para fomentar la expansión de sus empresas en el extranjero. El objetivo era reducir la dependencia de la inversión extranjera directa dentro del país y promover la presencia global de empresas chinas.

Esta estrategia tomó un nuevo impulso en 2013 con el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que buscaba conectar Asia con Europa, África y Medio Oriente a través de redes de infraestructura y comercio, consolidando la influencia económica y geopolítica de China en distintas regiones del mundo. Y mal no le fue. En la actualidad, China es el principal socio comercial de 144 países, más que EEUU y la Unión Europea. Esto reconfiguró las reglas del comercio internacional, con una presencia omnipresente de productos chinos en los mercados mundiales y una dependencia creciente de los países importadores. Al mismo tiempo, China logró desarrollar una clase media de 430millones de personas -una población que supera en número a la de toda Europa Occidental- y sacó a más de 800 millones de ciudadanos de la pobreza en los últimos treinta años, logros que refuerzan su estabilidad interna y su proyección global.

Durante la pandemia de 2020, mientras gran parte del mundo enfrentaba recesiones económicas severas, China fue el único país que mantuvo el crecimiento económico. Su industria supera, en volumen de producción, a la de EEUU, Alemania y Japón juntos. Además, ha intensificado sus inversiones estratégicas en regiones clave como América Latina, donde ha otorgado préstamos a países como Venezuela, Brasil, Argentina y Ecuador. Aunque estos financiamientos se presentan en ocasiones como cooperación, forman parte de una estrategia geopolítica de largo plazo que busca consolidar influencia y acceso a recursos naturales, mercados y rutas logísticas.

China también avanzó en sectores clave como la tecnología y la energía. Al mismo tiempo que es el mayor emisor de dióxido de carbono del planeta desde 2016, se posiciona como líder en el desarrollo de tecnologías de energía renovable. Esta paradoja -ser tanto una fuente de problemas ambientales como una posible solución- refleja la complejidad de su rol en el escenario global. No se puede ignorar su responsabilidad en la crisis climática, pero tampoco su potencial para impulsar una transición energética global.

La influencia de China viene generando un cambio estructural en el equilibrio de poder mundial. El centro de gravedad económico se desplazó hacia Asia, especialmente a la región Asia-Pacífico, que ya concentra 60% de la población mundial y se estima que en 2030 concentrará 60% de la riqueza global. Este desplazamiento marca un quiebre con cinco siglos de dominio occidental y abre paso a un orden multipolar con características propias, en el que Asia -y particularmente China- define nuevas normas, prioridades y modelos de desarrollo.

En América Latina, esta nueva realidad presenta desafíos y oportunidades. Argentina, por ejemplo, tiene una relación comercial activa con China, especialmente en productos agroindustriales como soja, carne y cereales. Sin embargo, enfrenta una balanza comercial desfavorable, con un déficit acumulado de más de 75.000 millones de dólares desde 2008. Este desequilibrio se ha agravado en 2024 y 2025, debido a la caída de exportaciones y el aumento de importaciones chinas de bienes industriales y tecnológicos. El reto para Argentina y otros países latinoamericanos es diversificar sus exportaciones y ofrecer productos de mayor valor agregado que respondan a la demanda del consumidor chino moderno.

Temas en esta nota

Más de Editorial+ Ver todas
Te puede interesar