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Enterrar el estigma

La ciencia latinoamericana no solo busca aliviar el Parkinson: quiere frenarlo

Organizaciones, investigadores y hospitales de toda América Latina comienzan a unir esfuerzos y tecnología para transformar el abordaje de una enfermedad neurodegenerativa que afecta a cientos de miles de personas en la región.

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   Los ultrasonidos focalizados, la apertura temporal de la barrera hematoencefálica y la terapia génica emergen como las grandes esperanzas para no solo tratar, sino ralentizar o incluso detener la progresión del párkinson, una patología que avanza en silencio y que hoy representa un reto sanitario y social de enorme magnitud.

Una revolución sin bisturí

   Imaginemos un tratamiento que no requiera abrir el cráneo, que no deje cicatrices y que, aun así, sea capaz de modificar el funcionamiento del cerebro con precisión milimétrica. No se trata de ciencia ficción: los ultrasonidos focalizados ya se aplican con éxito en centros de investigación de América Latina, como el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía de México, la Fundación INECO en la Argentina y el Hospital das Clínicas en San Paulo.

   La técnica, desarrollada originalmente en colaboración con instituciones europeas, utiliza ondas sonoras de alta frecuencia para llegar a estructuras cerebrales profundas implicadas en el Parkinson. Es una cirugía sin bisturí. "El paciente permanece despierto y vemos los efectos en tiempo real. El temblor puede desaparecer en cuestión de minutos", explica el doctor Jorge Aguilar, neurocirujano chileno que lidera un proyecto piloto de ultrasonidos guiados por resonancia magnética en Santiago.

   En América Latina, donde muchos países no cuentan con infraestructura avanzada para neurocirugías invasivas, esta tecnología representa una alternativa viable, segura y menos costosa. "No se trata solo de innovar por innovar, sino de buscar soluciones que se adapten a nuestros sistemas de salud y a las realidades económicas de nuestros pacientes", enfatiza Aguilar.

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La fortaleza invisible del cerebro

   Más allá del control del temblor, los científicos latinoamericanos están mirando al siguiente gran desafío: acceder al cerebro para curar desde dentro. La llamada barrera hematoencefálica (BHE) es una muralla biológica que protege al cerebro de toxinas, pero también impide el paso de casi todos los fármacos desarrollados para enfermedades neurológicas.

   "Podemos tener el medicamento perfecto, pero si no logra atravesar la barrera, es como tener la llave equivocada para la cerradura", explica la doctora Patricia Quintero, investigadora del Instituto Nacional de Neurología de Colombia.

   Aquí, los ultrasonidos de baja intensidad están demostrando un potencial revolucionario. Al aplicarse junto a microburbujas inyectadas en la sangre, permiten abrir temporalmente la barrera, durante unas horas, justo en la zona del cerebro afectada. Es un procedimiento reversible y sin daño tisular. "Esto nos da una ventana terapéutica que antes no existía", señala Quintero. "Por primera vez, podemos administrar tratamientos directamente en las áreas donde las neuronas están muriendo".

   Laboratorios y universidades de México, Brasil, Argentina y Chile ya participan en estudios colaborativos con centros de Europa y EEUU para probar esta técnica. En San Paulo, por ejemplo, un ensayo conjunto con la Universidade de São Paulo (USP) y la Universidad de Toronto explora cómo abrir la BHE para permitir el paso de terapias génicas y neuroprotectoras.

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Enseñar al cerebro a repararse

   Si los ultrasonidos son la llave, la terapia génica es el contenido del mensaje que se entrega. Esta rama de la biomedicina busca modificar las neuronas restantes para que produzcan dopamina de manera más estable o para que resistan el daño oxidativo que las mata con el tiempo.

   "Estamos intentando enseñar al cerebro a repararse a sí mismo", explica el doctor Leonardo Cuervo, genetista. Su equipo trabaja en la adaptación de vectores virales seguros —virus modificados que transportan genes terapéuticos— para aplicarlos en modelos animales latinoamericanos antes de iniciar ensayos humanos.

   El gran desafío es combinar ambas tecnologías: abrir la barrera hematoencefálica con ultrasonidos y administrar el vector génico justo en la región dañada. "Eso podría multiplicar la eficacia del tratamiento y reducir los efectos adversos", dice Cuervo. "El futuro del tratamiento del párkinson está en la convergencia entre neurotecnología, genética y bioingeniería".

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Un problema que crece en silencio

   En América Latina, el Parkinson afecta a más de 600.000 personas, según estimaciones de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Sin embargo, los especialistas advierten que el número real podría ser mucho mayor, debido al subdiagnóstico, la falta de acceso a neurólogos y el estigma social que todavía pesa sobre las enfermedades neurodegenerativas.

   En países como Perú o Bolivia, muchas personas con síntomas iniciales son mal diagnosticadas con trastornos psiquiátricos o con "problemas de nervios". En zonas rurales, llegar a un especialista puede implicar viajar cientos de kilómetros. "El párkinson no solo es una enfermedad del cerebro, también es una enfermedad del sistema de salud", resume la Dra. Alejandra Pino, neuróloga venezolana radicada en Lima.

   La carga económica también es enorme: los tratamientos farmacológicos tradicionales son costosos y, con el tiempo, pierden eficacia. Por eso, la búsqueda de alternativas terapéuticas duraderas y menos dependientes de medicación se vuelve urgente en el contexto latinoamericano.

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Ciencia, cooperación y equidad

   Uno de los aspectos más alentadores del nuevo impulso regional es la cooperación científica internacional. Fundaciones privadas, universidades y agencias públicas de ciencia están comenzando a tejer redes. La Fundación MAPFRE, que en España impulsa la investigación en el Centro Integral de Neurociencias (HM CINAC), anunció acuerdos para transferir tecnología y entrenamiento a centros latinoamericanos.

   Además, la OPS, la Fundación Carlos Slim y varias universidades públicas están creando fondos para financiar proyectos de neurociencia aplicada. "No queremos ser solo receptores de conocimiento; América Latina tiene talento y capacidad para producir ciencia de frontera", destaca la Dra. Quintero, desde Bogotá.

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Del alivio a la transformación

   Durante décadas, el tratamiento del Parkinson se centró en aliviar los síntomas mediante fármacos que reemplazan la dopamina, como la levodopa. Pero ese enfoque, aunque eficaz por años, no detiene la enfermedad. Hoy, los investigadores buscan modificar su curso biológico.

   "Ya no basta con apagar los síntomas, tenemos que intervenir en las causas profundas del deterioro neuronal", afirma el doctor Aguilar. "El desafío está en pasar del tratamiento paliativo al tratamiento transformador".

   La esperanza no se limita al laboratorio. En varios países, asociaciones de pacientes están impulsando campañas para romper el estigma que rodea al párkinson y para exigir más apoyo a la investigación pública. En Argentina, la Asociación Civil Parkinson Córdoba promueve talleres de neurorehabilitación comunitaria. En México, grupos de familiares y pacientes trabajan con universidades para diseñar protocolos de acompañamiento psicológico y social.

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Mirar hacia adelante

   La región aún enfrenta enormes brechas de acceso a tecnología médica avanzada, desigualdades en diagnóstico y poca inversión en investigación. Pero algo cambió: América Latina ya no espera a que la innovación llegue desde fuera. Está creando sus propias rutas.

   El Parkinson, enfermedad que durante décadas simbolizó el deterioro inevitable, hoy se enfrenta a una generación de científicos, médicos y pacientes dispuestos a desafiar ese destino. Las herramientas —ultrasonidos, terapias génicas, biotecnología— están sobre la mesa. El reto, ahora, es garantizar que sus beneficios no sean exclusivos de unos pocos, sino que alcancen a todos.

   "Cada vez que logramos que un paciente vuelva a escribir su nombre sin temblar, sentimos que estamos más cerca de vencer al párkinson", dice el doctor Cuervo. "Y eso, en nuestra región, tiene un significado profundo: es devolverle a la gente el control sobre su cuerpo, su voz y su dignidad".

   Enterrar el estigma no significa solo aceptar la enfermedad, sino redefinir la forma en que la ciencia latinoamericana enfrenta el futuro. Con innovación, cooperación y compromiso, el sur del mundo también puede liderar la batalla contra el Parkinson.

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