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El plan de Trump para Gaza

En un giro inesperado en la larga guerra en Gaza, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, logró lo que parecía imposible, es decir, forzar a Israel y a Hamás a aceptar una primera fase de alto el fuego, contenida en un ambicioso "Plan de 20 Puntos para la Paz". La propuesta fue presentada como una hoja de ruta hacia la estabilidad, pero el plan es más una arquitectura de contención que una solución a las causas estructurales del conflicto.

El acuerdo establece un alto el fuego inmediato, la liberación progresiva de rehenes israelíes a cambio de prisioneros palestinos y una retirada parcial de las fuerzas israelíes de Gaza. En rigor, se trata de una pausa humanitaria con ambiciones políticas, no de una resolución definitiva del conflicto. La segunda fase, tal vez la más difícil de lograr, incluye el desarme de Hamás y la instauración de una administración en Gaza bajo supervisión internacional. Esta administración sería liderada por una "Junta de Paz" presidida por Trump y el ex primer ministro británico Tony Blair. Sin embargo, el plan no aborda temas como la ocupación, los asentamientos ilegales en Cisjordania ni el derecho a la autodeterminación palestina. No hay una hoja de ruta hacia la creación de un Estado palestino viable ni compromisos concretos sobre soberanía. En esencia, el plan busca detener la violencia, pero sin transformar las condiciones que la alimentan.

De todos modos, lo que diferencia este plan de anteriores iniciativas fallidas es la figura de Donald Trump y su estilo singular de diplomacia. El mandatario norteamericano puso sobre la mesa las credenciales de tener en sus manos la principal fuerza militar del mundo. Por eso su intervención fue clave para romper el estancamiento, especialmente al obligar a Netanyahu a aceptar el acuerdo, pese a su resistencia inicial.

Trump utilizó su influencia de manera directa y sin disimulo, y lo hizo controlando el suministro de armas a Israel y recordándole a Netanyahu el apoyo diplomático constante que Washington brindó históricamente a Israel en foros internacionales. Dicho de otro modo, Trump tuvo el poder de imponer condiciones. En realidad, la relación con Netanyahu ya se había deteriorado tras un ataque unilateral israelí contra Doha en septiembre, lo que motivó a Trump a defender abiertamente a Qatar, incluso emitiendo una orden ejecutiva que garantizaba su protección. Fue una advertencia de que Estados Unidos fijaría los límites del juego. Incluso hay versiones que revelan que, en una llamada privada, Trump criticó a Netanyahu por su intransigencia, exigiéndole que aceptara el plan y advirtiéndole que "Israel no puede luchar contra el mundo".

Es que son cada vez más las voces que cuestionan a Netanyahu. "Solíamos pensar que lo que hicieron los rusos en Chechenia era terrible, pero lo de Israel en Gaza no tiene precedentes en el siglo XXI", dijo Omer Bartov, historiador israelí en declaraciones a la BBC.

El objetivo del Plan Trump es contener la violencia, aislar a Hamás y restablecer un mínimo de estabilidad que permita la reconstrucción de Gaza. Pero esta arquitectura no se propone resolver los problemas fundamentales, como la ocupación israelí, el colapso del liderazgo palestino y la falta de un horizonte político para un Estado palestino independiente. La idea de una "Junta de Paz" presidida por Trump podría verse como un intento de personalizar una transición política en Gaza, pero difícilmente representa una solución duradera. Aunque se abandonó la retórica anterior sobre el desplazamiento forzado de palestinos, el nuevo enfoque sigue centralizando el poder en actores externos, sin garantizar el empoderamiento real de la población local.

Trump aceptó modificar planes como la "Riviera de Gaza" y que la administración futura de la Franja debía ser local, aunque bajo tutela internacional.

El "Plan Trump" representa una ruptura con la diplomacia convencional y un avance parcial hacia la desescalada del conflicto en Gaza. Su primera fase —el alto el fuego y el intercambio de rehenes— fue posible únicamente gracias a la presión directa y al estilo de negociación sin filtros de Donald Trump. Pero su visión de la paz como un acuerdo impuesto desde arriba, basado en transacciones y no en principios, limita profundamente su alcance.

Este plan puede frenar la violencia en el corto plazo, pero difícilmente podrá sentar las bases para una paz duradera mientras no se aborden las causas fundamentales del conflicto, como son la ocupación, la falta de derechos políticos para los palestinos y la ausencia de un Estado viable.

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