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Memorias de Resistencia

Los porteños de la Vieja Terminal

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Reproducido de un relato de Ramón Martir Ríos de su libro Memorias de la calle tal cual él lo narraba:"En los últimos tiempos se agregaron al elenco habitual de la Vieja Terminal dos buscas ciertamente prepotentes, porque sin pedir permiso se instalaron en la esquina próxima y muy displicentemente empezaron a desarrollar su curro". "Por su altanero hablar fueron apodados los porteños. A mitad de cuadra estacionaban su furgoneta, de la que descendían uniformados con overoles de un azul grisáceo (semejantes a los convencionalmente usados por los repartidores de mercaderías)".

"Uno de ellos quedaba cerca del vehículo para hacer de campana mientras el otro, para detectar algún posible candidato, caminaba hacia donde se entrecruzaba la gente. No pasaba mucho tiempo y ya se veía que este último estaba hablando -apartado del gentío, secretamente- con un transeúnte, con quien enseguida se acompañaba hasta la furgoneta". "Tras un par de minutos, luego de que se entreabriera la puerta trasera y se sacara una caja que fue verificada con un golpe metálico, el transeúnte reanudaba su camino llevando esa caja y los porteños rápidamente se iban a otra parte".

Continuaba Ramón: "Entre nosotros no tardó en difundirse el argumento del nuevo verso. Se hacían pasar por empleados de Casa Gabardini y requerían pí­caramente la complicidad del eventual comprador de esa verda­dera ganga, que era el resultado de un fortuito desliz del sector expedición de la firma, cuyos operarios habían cargado, eviden­temente por error, en la cuenta pasada a embalaje, un paquete de más, ese mismo que, luego de haberse completado la entre­ga, quedaba sobrando en la camioneta". "A ese golpe de suerte, querían sacarle, por lo menos, algo de provecho. No nos van a premiar porque lleguemos a devolverla... ¡Ni los gobernantes son honestos!... Con la mishiadura que hay, no tenemos tiempo para pensar en giladas —decían al interesado, al tiempo que le mostra­ban una lista de precios con el membrete de la casa en la que se destacaba el importe unitario de esa mercancía consistente en una batería de cocina de primera marca".

"¡Mire, señor, no vamos a hacer mucha alharaca! Usted, como nosotros que somos unos simples dependientes, sabe lo dura que está la calle y sabe mejor que nadie que estas oportunidades no se presentan todos los días. Así que se debe aprovechar el ahorro de algunos mangos, que es el problema de gente como nosotros y no de los empresarios que ganan millones a costillas de los pobres. Por eso le darnos esta gran ventaja y dejamos apenas un poco de monedas para repartirnos. Es un buen negocio porque ganamos todos".

"Y, de yapa, usted va a alegrar mucho a su patrona - explicaban al palmear la espal­da del hombre a quien acababan de favorecer entregándole tal mercancía, supuestamente a menos de la mitad de su precio real"."En días posteriores no era raro ver a alguno de esos afortunados adquirentes preguntando por los porteños para reclamarles, pues habían comprobado que el resto de la ba­tería de cocina contenida en la caja comprada era una latería berreta, inservible para cocinar".

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