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Hacia una regulación digital para proteger a la infancia

Gobiernos de todo el mundo han comenzado a enfrentar con mayor seriedad el impacto de las redes sociales en el bienestar de niños y adolescentes, una problemática que preocupa a padres, educadores y profesionales de la salud.

Diversos estudios demostraron cómo el uso excesivo de estas plataformas está relacionado con un aumento en trastornos como la ansiedad, la depresión, los problemas de autoestima y los trastornos de conducta alimentaria. Ante este panorama, países como Australia, Dinamarca, España y Francia empezaron a implementar o proponer legislaciones para restringir el acceso a redes sociales a menores de edad, principalmente mediante sistemas de verificación de edad más estrictos.

Los estudiosos de esta problemática vinculan directamente el tiempo que los adolescentes pasan en redes sociales con un deterioro en su bienestar emocional y advierten que la exposición constante a contenidos idealizados, la presión por recibir validación a través de "me gusta" y comentarios, así como la comparación constante con estándares irreales, generan efectos perjudiciales en la autoestima. Además, observan que el uso nocturno de estas plataformas afecta negativamente el sueño y, por ende, el rendimiento académico y la salud física.

Según las investigaciones, entre algunos de los efectos más preocupantes se encuentran el incremento de síntomas de ansiedad y depresión: el desarrollo de adicciones digitales y temor a desconectarse; trastornos de conducta alimentaria, especialmente entre adolescentes expuestos a contenidos que promueven estándares corporales irreales; deterioro de las relaciones interpersonales y aislamiento social; conflictos familiares y exposición a riesgos como el ciberacoso o el robo de identidad.

Australia, por ejemplo, adoptó una de las posturas más firmes frente a este problema. En 2024, el Senado de ese país aprobó una legislación que prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 16 años, sin excepciones, ni siquiera con consentimiento parental. La medida exige a las plataformas implementar tecnologías de verificación de edad, bajo amenaza de sanciones económicas que pueden superar los 30 millones de euros.

Un informe del gobierno australiano reconoció que, si bien es técnicamente posible verificar la edad de los usuarios, existen márgenes de error, además de riesgos relacionados con la privacidad y el tratamiento masivo de datos biométricos. Algunos expertos advirtieron que este tipo de regulación podría empujar a los jóvenes hacia plataformas más opacas o menos seguras.

En Europa, el enfoque es un poco más variado. Dinamarca propuso elevar a 15 años la edad mínima para acceder a redes sociales, permitiendo excepciones solo con autorización de los padres para usuarios de 13 o 14 años. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, por ejemplo, dijo que los teléfonos móviles y las redes sociales "están robando la infancia de los niños". Francia, en tanto, ya cuenta desde 2023 con una ley que exige consentimiento parental para menores de 15 años, mientras que España está promoviendo una reforma para elevar de 14 a 16 años la edad legal para otorgar consentimiento en el uso de plataformas digitales. Además, se prepara un paquete de medidas que incluye controles automáticos en dispositivos electrónicos, sanciones por la creación de contenidos sexuales con inteligencia artificial (como deepfakes) y campañas de alfabetización digital.

La Comisión Europea, por su parte, está desarrollando directrices dentro del marco de la Ley de Servicios Digitales para establecer una edad mínima de acceso y fomentar mecanismos de verificación. También se están probando aplicaciones que permiten verificar la edad sin almacenar datos personales, como parte del futuro Documento de Identidad Digital Europeo, cuya implementación está prevista para 2026.

Pero algunos expertos advierten que las prohibiciones totales podrían ser contraproducentes. Estas restricciones, advierten, podrían generar un efecto de "fuga" hacia otras plataformas no reguladas o menos seguras, dificultar la supervisión adulta e incluso limitar el acceso a información útil y redes de apoyo. Además, podrían aumentar el aislamiento social entre adolescentes que ya presentan síntomas de ansiedad o depresión.

Frente a esto, una parte del debate se centra en la necesidad de fortalecer la alfabetización digital, educar a los jóvenes en el uso responsable de la tecnología y exigir mayor responsabilidad a las plataformas digitales en el diseño de sus servicios. La implementación de herramientas que configuren por defecto las cuentas como privadas, desactiven funciones adictivas y limiten las notificaciones, son algunas de las medidas propuestas para crear entornos más seguros.

El desafío es encontrar un punto medio que proteja a los niños y adolescentes sin vulnerar sus derechos digitales, ni empujarlos hacia el uso de plataformas menos seguras.

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