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La ciencia no es cara, cara es la ignorancia

Invertir en la formación de científicos argentinos es apostar al futuro del país. Aunque a veces sus descubrimientos parecen lejanos o difíciles de entender, muchos de ellos terminan transformando la vida de millones de personas. "Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara, cara es la ignorancia", advirtió Bernardo Houssay, el destacado científico argentino y premio Nobel de Medicina en 1947.

Este año, el Premio Nobel de Medicina fue para el trabajo de tres científicos —Shimon Sakaguchi, Mary Brunkow y Fred Ramsdell— que, impulsados por la curiosidad y la perseverancia, lograron descubrir cómo el sistema inmunológico evita destruir el cuerpo humano. Gracias a ellos, hoy se comprende mejor por qué algunas personas desarrollan enfermedades autoinmunes y cómo se podrían prevenir o tratar esas enfermedades.

Hace mucho tiempo que se sabe que el sistema inmunológico es como un ejército interno, es decir, que está diseñado para defender el organismo humano de virus, bacterias y otros invasores. Pero hay un problema. A veces, por error, este ejército ataca al propio cuerpo. Eso es lo que ocurre en enfermedades como la esclerosis múltiple o el lupus. Durante años, los científicos pensaban que estos errores se evitaban solo en el "centro de entrenamiento" de las células inmunes, en un órgano llamado timo. Allí, las células que podían volverse peligrosas eran eliminadas. Pero algo no cerraba del todo. Algunas células autorreactivas —es decir, capaces de atacar al propio cuerpo— escapaban de este proceso y seguían circulando.

Entonces surgió una gran pregunta: ¿cómo es posible que la mayoría de las personas no desarrollen enfermedades autoinmunes si todavía quedan células capaces de atacar lo propio? La respuesta llegó gracias a décadas de investigación, empezando en 1995, cuando el japonés Shimon Sakaguchi desafió la idea dominante de la época. Descubrió un tipo especial de células inmunes que no atacaban, sino que protegían: las células T reguladoras. Estas células actúan como pacificadoras dentro del sistema inmune. Les dicen a las demás células: "Esto es parte del cuerpo, no lo ataques". Fue un hallazgo revolucionario, porque cambió la manera en que se entiende la tolerancia inmunológica.

Pero quedaban preguntas sin resolver. ¿De dónde vienen estas células? ¿Qué las hace funcionar? Aquí es donde entran Mary Brunkow y Fred Ramsdell. En 2001, mientras estudiaban un grupo de ratones con una enfermedad autoinmune muy agresiva, descubrieron que la causa era una mutación en un gen llamado Foxp3. Más adelante, demostraron que este gen es fundamental para que las células T reguladoras puedan desarrollarse y hacer su trabajo. Sin Foxp3, el sistema inmunológico pierde el control y comienza a atacar al cuerpo, lo que en humanos provoca una enfermedad grave y poco común llamada síndrome de IPEX.

En 2003, Sakaguchi cerró el círculo al confirmar que Foxp3 era justamente el gen que activaba a las células que él había descubierto años antes. Así se unieron dos piezas del rompecabezas: las células T reguladoras existen, y necesitan del gen Foxp3 para funcionar correctamente. Esta conexión confirmó de forma contundente cómo se mantiene el equilibrio en el sistema inmune.

Este tipo de investigaciones puede parecer alejado de la vida cotidiana, pero tiene implicancias enormes. Gracias a estos descubrimientos, hoy se están desarrollando nuevos tratamientos para enfermedades autoinmunes. Por ejemplo, si se sabe que una persona tiene pocas células T reguladoras o que no funcionan bien, se podría ayudar a corregir ese desequilibrio con terapias diseñadas específicamente para eso. También se están explorando maneras de mejorar la tolerancia en trasplantes de órganos, lo que podría hacer que más pacientes puedan recibir órganos sin sufrir rechazos. Y en el campo del cáncer, se estudia cómo desactivar temporalmente a estas células para que el sistema inmune pueda atacar mejor a los tumores.

Todo esto fue posible porque tres personas decidieron hacer preguntas difíciles y seguir investigando, aunque al principio nadie creyera en sus ideas. Es decir, si un país no invierte en ciencia básica, si no apoya a jóvenes curiosos que quieren entender cómo funciona el mundo, la sociedad nunca logrará estos avances. La curiosidad, combinada con educación pública, tiempo y recursos, puede cambiarlo todo.

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