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Más allá del chatbot que hace imágenes graciosas

La Inteligencia Artificial y sus consecuencias secretas

Un vistazo a las advertencias de Kate Crawford en "El Atlas de la IA" sobre el costoso y opaco mundo real detrás de la nube.

Observamos con fascinación cómo un robot humanoide de movimientos fluidos interpreta una sonata de Beethoven en una feria tecnológica. Las imágenes, limpias y futuristas, se viralizan. Nos hablan de un mañana de precisión infinita y comodidad automatizada.

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Esta es la narrativa pública de la Inteligencia Artificial: una fuerza etérea, neutral y casi mágica que promete resolver los problemas más complejos de la humanidad. Pero, ¿qué hay detrás de este espectáculo pulcro? ¿Cuál es el verdadero coste de esta revolución?

   La académica e investigadora Kate Crawford, en su obra fundamental "Atlas of AI" (Yale University Press, 2021), se embarca en una misión crucial: desentrañar las capas ocultas de la IA. Lejos de ser un fenómeno abstracto que habita en una "nube", Crawford revela que la IA es un sistema profundamente físico, voraz en recursos, construido sobre una arquitectura de explotación laboral y ambiental, y controlado por una élite poderosa cuyos intereses distan mucho del bienestar colectivo. Sus hallazgos pintan un panorama alejado de la ficción distópica clásica; el peligro no es una rebelión de las máquinas, sino la consolidación silenciosa de un imperio extractivista que amplifica las desigualdades existentes.

El mito de la inmaterialidad

   La metáfora de "la nube" es quizás el mayor acierto de marketing de la industria tecnológica. Evoca algo limpio, ligero, inmaterial y omnipresente. Sin embargo, como desgrana Crawford en su libro, esta imagen es una ilusión peligrosa. La "nube" es, en realidad, una red gigantesca de centros de datos físicos, con servidores que hierven en un perpetuo estado de cálculo, consumiendo cantidades astronómicas de electricidad y agua para su refrigeración.

   Crawford desmonta el mito del "verde digital" con datos contundentes: la huella de carbono de la infraestructura computacional mundial ya rivaliza con la de toda la industria de la aviación en su pico histórico, y su ritmo de crecimiento es aún más acelerado. Las proyecciones son alarmantes: un estudio canadiense estima que el sector tecnológico será responsable del 14% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero para 2040. Un equipo sueco prevé que la demanda eléctrica de los centros de datos se multiplicará por quince para 2030.

   Cada vez que preguntamos a un asistente de voz sobre el clima, cada vez que Netflix nos recomienda una película o un algoritmo de trading ejecuta una transacción, se consume energía. A escala global, multiplicado por los 5.5 mil millones de personas que están conectadas a internet en el mundo hoy, este consumo es colosal. La promesa de eficiencia energética que vende la industria es, en el mejor de los casos, un parche sobre una herida que no deja de crecer. La IA, lejos de ser la solución abstracta a la crisis climática, es uno de sus motores ocultos más potentes.

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Explotación y extracción, invisibilizadas

   El viaje de Crawford no se detiene en los centros de datos. Retrocede aún más en la cadena de suministro para mostrar que la IA se construye sobre una base de recursos naturales extraídos y trabajo humano frecuentemente explotado.

• Extracción de materiales: los servidores, las GPUs y los dispositivos que habilitan la IA requieren minerales específicos. El litio para las baterías, el coltán y las tierras raras para los componentes electrónicos. Su extracción, a menudo en países en desarrollo, está asociada a conflictos geopolíticos, devastación ambiental y condiciones laborales deplorables. Crawford argumenta que cada algoritmo funciona con una "sangre" hecha de estos recursos, vinculando nuestro uso de IA a minas en África, América del Sur y Asia.

• Explotación laboral: detrás de la supuesta automatización inteligente, existe un ejército invisible de trabajadores humanos mal pagados. Son las personas que, desde Venezuela o Kenia, etiquetan millones de imágenes para entrenar los algoritmos de reconocimiento visual (¿qué es un peatón, qué es un perro, qué es contenido violento?). Son los moderadores de contenido en países como Filipinas, muchas veces traumatizados tras revisar horas de material gráfico o videos violentos para proteger a los usuarios de las plataformas. Esta mano de obra "fantasma" es esencial para el funcionamiento de la IA, pero permanece oculta, precarizada y desprovista de los beneficios del sector tecnológico del primer mundo.

   La IA, por tanto, no es un ente autónomo que surge de la nada. Es el producto final de una larga y oscura cadena global de suministro que replica los patrones de colonialismo y explotación de siglos pasados, pero con un barniz de alta tecnología, remarca Crawford.

La concentración de poder

   La advertencia más crucial de Crawford es que el control de la IA no debe quedar en manos de "generales estadounidenses retirados y multimillonarios". En su sitio "Calculating Empires", que traza la historia de la tecnología y el poder desde el año 1500, sugiere un patrón preocupante: las nuevas tecnologías de cálculo y control históricamente estuvieron ligadas al desarrollo de armamento y a la concentración de poder imperial.

   "Calculating Empires"es un proyecto visual y de investigación que traza un "árbol genealógico" del poder y la tecnología en los últimos cinco siglos, y muestra cómo distintas tecnologías, instituciones y formas de control (como el colonialismo, la vigilancia, la burocracia, los medios de comunicación, etc.) se entrelazan para formar sistemas de dominación. Su conclusión principal señala que las estructuras de poder actuales no emergen de un momento aislado, sino de procesos históricos profundos, muchas veces invisibles, que han ido moldeando el modo en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos.

   Crawford hace hincapié en que la IA no es la excepción, sino el capítulo más denso de esa historia hasta el momento. Los desarrolladores más potentes de la IA son conglomerados tecnológico-militares cuyo objetivo dual es, como señala Crawford, "poner el inmenso poder de la tecnología avanzada en mejorar las armas y amasar enormes ganancias". Estamos viendo el desarrollo de sistemas de vigilancia masiva, armas autónomas (los "microdrones" mencionados) y herramientas de ciberguerra que operan a velocidades y escalas inhumanas. El riesgo de una escalada automatizada hacia un conflicto global, como insinúa la autora, es real y espeluznante. Ofrece como un ejemplo atroz de su pronóstico la masacre que actualmente Israel lleva adelante contra el pueblo palestino en Gaza, donde las tecnologías más punteras se usan para el exterminio y la limpieza étnica.

   Además, esta concentración de poder en unas pocas corporaciones (Google, Amazon, Microsoft, Meta) y agencias militares les otorga una capacidad sin precedentes para moldear la sociedad según sus intereses. Deciden qué se ve y qué no se ve (moderación de contenido), influyen en elecciones (manipulación a través de publicidad dirigida y microdirigida) y automatizan la discriminación mediante sesgos algorítmicos que perpetúan la desigualdad racial y de género en áreas críticas como la concesión de préstamos, la vigilancia policial o el acceso a empleos.

Por una conciencia crítica

   "El Atlas de la IA" de Kate Crawford no es un libro anti-tecnología. Es un llamado urgente a la conciencia y a la acción. Reclama que dejemos de mirar al pianista robot y empecemos a observar la nave industrial repleta de servidores humeantes, la mina de litio devastada, el centro de etiquetado de datos precario y el cuartel militar donde se diseña el próximo dron que transportará las bombas en la próxima guerra.

   Las consecuencias secretas de la IA ya están aquí: son ecológicas, son laborales, son geopolíticas. Ignorarlas en favor de un relato de progreso inevitable y benigno es un lujo que no podemos permitirnos. El futuro de la inteligencia artificial no debe ser un capítulo más en el Atlas de los imperios calculadores de la historia. Debe ser una decisión colectiva, democrática y consciente sobre qué mundo queremos construir, antes de que otros lo decidan por nosotros, tras una cortina de humo llamada "nube". ("Atlas of AI" –en inglés– puede descargarse gratuitamente en este link)

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