Tareas de cuidado
Las tareas de cuidado son una piedra angular sobre la que se sostiene el funcionamiento de las sociedades. Sin ellas, sería impensable desarrollar cualquier otra actividad. Por ejemplo, el trabajo remunerado, la educación formal, el ocio, la participación política o incluso el desarrollo económico no podrían existir sin una base de cuidado que garantice el bienestar de las personas.
Sin embargo, a pesar de su carácter esencial, estas tareas siguen siendo invisibilizadas, desvalorizadas y, en la mayoría de los casos, no remuneradas. Esta situación tiene impacto en distintos sectores de la sociedad, especialmente para las mujeres, quienes asumen desproporcionadamente esta carga, generando desigualdades estructurales que limitan su autonomía y participación en la vida económica y social.
En América Latina y el Caribe, la desigual distribución del trabajo de cuidado es una realidad ampliamente documentada. Las mujeres dedican casi el triple de tiempo que los hombres a las tareas domésticas y de cuidado no remunerado. Esta sobrecarga impacta en el bienestar físico y emocional, pero al mismo tiempo limita su capacidad de generar ingresos propios, de invertir en su desarrollo personal y profesional, y de participar plenamente en la vida pública. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), esta desigualdad en el reparto del cuidado es uno de los principales obstáculos para la inserción de las mujeres en el mercado laboral.
Según ese organismo, al menos una de cada diez mujeres que trabaja lo hace en el sector del trabajo doméstico, y de todas las personas que realizan tareas domésticas remuneradas en la región, el 91 % son mujeres. Pero eso no es todo: el 73 % de ellas lo hace en condiciones de informalidad, lo que implica una absoluta falta de protección social, acceso limitado a derechos laborales y, en muchos casos, una vida atravesada por la precariedad. Esta situación configura un círculo vicioso, donde las mujeres se ven obligadas a aceptar empleos mal remunerados o informales porque deben compatibilizarlos con las responsabilidades del cuidado, y a su vez, esas condiciones laborales impiden su autonomía económica y su proyección a largo plazo.
Históricamente, se ha considerado que las mujeres están naturalmente destinadas a cuidar, como si se tratara de una cualidad innata y no de una construcción cultural. Esta idea ha servido para justificar la distribución desigual del trabajo de cuidado, perpetuando la idea de que el rol femenino está limitado al ámbito privado y reproductivo, mientras que los hombres se vinculan con lo público y productivo. No es casual que en países como Argentina, casi el 90 % de las mujeres no alcanza los años de aportes necesarios para acceder a una jubilación plena, debido a que gran parte de su vida activa ha estado dedicada a trabajos no remunerados, como la crianza de hijos e hijas, el cuidado de personas mayores o con discapacidad, y las tareas domésticas. Estas labores, fundamentales para el sostenimiento de la vida, no son consideradas trabajo a los efectos del sistema de seguridad social, lo cual constituye una injusticia profunda.
Frente a esta realidad, es necesario avanzar hacia un nuevo paradigma del cuidado. Algunos trabajos académicos proponen un enfoque que contemple cinco dimensiones clave: reconocer, reducir, redistribuir, remunerar y representar el trabajo de cuidado. Reconocer implica visibilizar su valor social y económico. Reducir supone disminuir su carga total, mediante servicios públicos accesibles y tecnología. Redistribuir exige una asignación más equitativa entre mujeres, hombres, el Estado, el mercado y la comunidad. Remunerar implica garantizar derechos laborales a quienes trabajan en el cuidado, especialmente en el sector doméstico. Y representar significa incluir las voces de las personas cuidadoras en la toma de decisiones.
Por otra parte, se requieren políticas públicas integrales que contemplen las diversas realidades de las poblaciones, teniendo en cuenta factores como la edad, el nivel socioeconómico, la ruralidad, la discapacidad o la pertenencia étnica. También es fundamental impulsar transformaciones culturales que promuevan la corresponsabilidad en el cuidado.
Según estimaciones de la Cepal, si se adoptan políticas que promuevan la equidad en la participación laboral, el producto bruto interno (PBI) de la región podría incrementarse significativamente en los próximos años. Pero más allá de los indicadores económicos, se trata de construir una sociedad donde todas las personas, sin distinción de género, puedan desarrollar su proyecto de vida con libertad, autonomía y dignidad.










