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Los 80 años de la ONU

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora este año su 80º aniversario. Fundada en 1945 tras la Segunda Guerra Mundial con el objetivo de preservar la paz, promover los derechos humanos y fomentar la cooperación internacional, el organismo ha sido durante décadas un símbolo de esperanza y de diplomacia multilateral.

Sin embargo, esta efeméride llega en un momento de crisis para la organización. Los expertos coinciden en que atraviesa una de las etapas más difíciles de su historia, marcada por cuestionamientos a su legitimidad, bloqueos políticos internos y un debilitamiento de su capacidad de acción ante las crisis globales.

Uno de los problemas estructurales que enfrenta la ONU es el funcionamiento del Consejo de Seguridad, especialmente por el poder de veto que tienen sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. Este privilegio permite a estas naciones bloquear cualquier resolución que consideren contraria a sus intereses, aunque cuente con el respaldo mayoritario del resto de los miembros del Consejo. Esta situación ha derivado en una parálisis ante conflictos críticos, como los de Gaza, Ucrania o Siria, donde los vetos han impedido sanciones, condenas o acciones concretas para proteger a la población civil o para responsabilizar a los perpetradores de crímenes de guerra.

A lo largo de las últimas décadas, el uso del veto respondió a intereses geopolíticos particulares, lo que afecta la credibilidad de la ONU como actor imparcial. Según la organización internacional Oxfam, los vetos repetidos por países como Rusia y Estados Unidos pusieron obstáculos a medidas que podrían haber salvado vidas en escenarios como Yemen, Palestina o Ucrania. En particular, Estados Unidos utilizó su veto más de 40 veces desde 1948 para bloquear resoluciones críticas hacia Israel, 17 de ellas solo desde el año 2000, que refleja un patrón de defensa de aliados estratégicos más allá del consenso internacional.

Este uso sistemático del poder de veto muestra que, aunque la ONU fue concebida para defender los intereses comunes de la humanidad, su órgano más influyente puede quedar neutralizado por los intereses particulares de solo cinco países. En consecuencia, la acción de la organización queda limitada a contextos en los que existe un alineamiento entre los miembros permanentes, algo cada vez menos frecuente en un escenario internacional cada vez más polarizado. Esta situación erosiona la legitimidad del sistema multilateral y refuerza la percepción de que la ONU ya no es capaz de actuar eficazmente ante las amenazas globales.

Por otra parte, el organismo sufre el desfinanciamiento crónico y la falta de voluntad política de muchos Estados miembros, lo que debilita la capacidad de respuesta de la organización. En numerosos frentes, la ONU opera con recursos insuficientes y depende de donaciones voluntarias que no siempre están garantizadas. Esto limita la continuidad de programas y pone en riesgo la presencia de misiones de paz en regiones con conflictos armados.

Pero a pesar de sus graves limitaciones, sería injusto desestimar completamente la relevancia actual de la ONU. La organización sigue desempeñando un papel irremplazable en el ámbito humanitario. Agencias como Acnur, Unicef o el Programa Mundial de Alimentos prestan asistencia a millones de personas en situaciones de crisis. Asimismo, los cascos azules siguen presentes en varias misiones de mantenimiento de la paz.

La conmemoración de los 80 años de la ONU, con una cumbre programada para el 22 de septiembre próximo, representa una oportunidad histórica para repensar el sistema multilateral. Los líderes mundiales se reunirán para reflexionar sobre los logros de las últimas ocho décadas, pero también deberán enfrentar con honestidad los desafíos actuales. Es de esperar, que este encuentro vaya más allá de los gestos simbólicos y abra un debate serio sobre las reformas necesarias para que la ONU recupere eficacia, credibilidad y representatividad. Entre los temas más urgentes está la reforma del Consejo de Seguridad, que requiere voluntad política y una visión compartida del interés común global.

La ONU llega a sus 80 años con un legado que debe ser reconocido, pero también con una necesidad de transformación. Si no logra adaptarse a los desafíos del siglo XXI, corre el riesgo de quedar relegada a un papel meramente testimonial, desconectada de las realidades y necesidades del mundo actual.

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