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Nuevo escenario internacional

La cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada del 31 de agosto al 1 de septiembre pasado en la ciudad china de Tianjin, China, que contó con la presencia de líderes de Asia Central, del Sudeste Asiático y potencias como China, India y Rusia, plantea una alternativa al modelo de orden global dominado históricamente por Occidente y, en particular, por Estados Unidos.

Fundada en 2001 como los "Cinco de Shanghái", la OCS cuenta con diez Estados miembros que representan 42 % de la población mundial y 23 % del PBI global. Esta evolución estuvo acompañada de una expansión en sus áreas de cooperación, que ya no se limitan a la seguridad regional, sino que abarcan la economía, la tecnología, la energía y la defensa.

Un dato que tener en cuenta es que la reciente cumbre de Tianjin fue la más grande en la historia de la OCS y muestra la voluntad política de construir un orden multipolar, basado en el respeto mutuo, la soberanía de los Estados y el rechazo a la injerencia externa. En el encuentro, se firmó la Declaración de Tianjin y se adoptó una Estrategia de Desarrollo 2025–2035 con ejes clave como la seguridad compartida, la cooperación tecnológica, el desarrollo de energías renovables y la creación de mecanismos financieros alternativos, como el uso de monedas nacionales para el comercio bilateral.

El concepto de "verdadero multilateralismo" fue una de las ideas centrales promovidas por China durante la cumbre. A diferencia del multilateralismo liderado por potencias occidentales en foros como el G7 o la OTAN, la OCS plantea un modelo donde no hay jerarquías impuestas ni subordinación a intereses externos. Este enfoque está directamente relacionado con la percepción de muchos países del Sur Global de que el orden internacional actual no responde a sus necesidades ni respeta sus decisiones soberanas.

La cercanía estratégica entre China, India y Rusia —a pesar de sus diferencias— refuerza, de alguna manera, esta visión compartida. Las tres potencias, que han estrechado la cooperación en materia energética, militar y tecnológica, se posicionan como motores de una nueva arquitectura global, en la que se pretende equilibrar las dinámicas de poder actuales.

Según diversos expertos en relaciones internacionales, el giro de la OCS tiene implicaciones directas para América Latina. En primer lugar, la región podría beneficiarse de una diversificación de socios comerciales, accediendo a plataformas de cooperación que no estén condicionadas por las políticas exteriores de Estados Unidos o la Unión Europea. Algunos observadores señalan, además, que el impulso de la OCS a los pagos en monedas nacionales y a plataformas de comercio electrónico alternativas representa una oportunidad para los países latinoamericanos que buscan reducir su dependencia del dólar y fortalecer su soberanía económica.

Por otro lado, la orientación multipolar de la OCS podría ser vista por los gobiernos latinoamericanos como una forma de ganar mayor margen de maniobra en el escenario internacional, al poder equilibrar sus relaciones con Occidente mediante alianzas con Eurasia.

La cumbre también dejó entrever un renovado eje trilateral entre Rusia, India y China. Aunque no exenta de tensiones históricas, la coordinación entre estas potencias podría reforzar un bloque geopolítico con mayor peso en la toma de decisiones internacionales, capaz de influir en temas clave como la regulación de tecnologías emergentes o la reestructuración de las instituciones financieras globales.

Para América Latina, que históricamente ha estado bajo la esfera de influencia de Estados Unidos, este nuevo eje representa tanto un desafío como una oportunidad. Por un lado, aumenta la competencia geopolítica en la región; por otro, permite explorar nuevas alianzas con actores que promueven el respeto a la soberanía y rechazan la imposición de modelos únicos de desarrollo.

La Cumbre de Tianjin de la OCS es un reflejo del cambio de era que atraviesa el sistema internacional. El multilateralismo defendido desde Eurasia cuestiona el dominio occidental y propone nuevas formas de cooperación, con mayor equidad y pluralismo. Para América Latina, el nuevo escenario representa la posibilidad de redefinir sus relaciones internacionales, participando activamente en una transición global hacia un mundo más multipolar, con alianzas diversas y estrategias soberanas. El reto será, como siempre, saber posicionarse con inteligencia y autonomía en este tablero en transformación.

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