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La silenciosa crisis de la clase media

Durante décadas, la clase media argentina fue el corazón simbólico del país, el reflejo de una sociedad que se percibía a sí misma distinta en América Latina. Mientras gran parte de la región mostraba estructuras sociales más polarizadas, Argentina se enorgullecía de tener una clase media amplia, educada y con capacidad de movilidad ascendente. Sin embargo, en la actualidad, esa clase media —que en los años 60 y 70 llegó a representar hasta el 75% de la población— no supera el 43% de la población

Este deterioro se fue agravando con una serie de crisis estructurales que comenzaron con el Rodrigazo en 1975, siguieron con la hiperinflación del ‘89, el colapso del 2001-2002 y la pandemia de 2020-2021. Cada uno de estos hechos dejó secuelas que erosionaron las condiciones materiales que sostenían a la clase media, al mismo tiempo que debilitaban su confianza en la posibilidad de progreso.

Guillermo Oliveto, analista de tendencias sociales y de consumo, explica que la Argentina de hoy se ha convertido en una "sociedad dual", donde coexisten dos realidades económicas cada vez más alejadas. Un 30% de la población, integrada principalmente por trabajadores formales del sector privado con ingresos dolarizados o paritarias favorables, experimenta una mejora relativa. Es el sector que accede a créditos, compra autos, viaja al exterior y sostiene niveles de consumo altos. El restante 70% vive en una cultura del "no puedo", donde el dinero no alcanza para llegar al fin de mes y, por lo tanto, las decisiones de consumo se limitan a lo esencial. En esta nueva conformación de la sociedad, surgió una categoría que resume la experiencia de buena parte de la población y Oliveto denomina los "pobres intermitentes".

Los "pobres intermitentes" son personas que no se reconocen como pobres según los parámetros clásicos, pero cuya vida económica está marcada por la inestabilidad, el endeudamiento y la precariedad. Según datos de consultoras privadas, el 70% de los argentinos afirma que "el mes se termina el día 20". Es decir, que durante los últimos diez días del mes, viven con restricciones extremas, muchas veces recurriendo a créditos personales, ventas informales o ayuda familiar para cubrir necesidades básicas. Esta sensación de escasez persistente fragmenta el tejido social y genera una percepción colectiva de que el ascenso social ya no es posible.

 Históricamente, ser de clase media en Argentina se medía por el ingreso económico, pero también por el acceso a ciertos bienes culturales, como la educación, la salud, el empleo estable, las vacaciones y el consumo moderado pero constante. Hoy, muchas de esas prácticas han dejado de ser habituales para amplios sectores. Como resultado, muchas personas que formalmente aún podrían ser consideradas "clase media baja" —por su ocupación o nivel educativo— ya no se identifican como tales, y se reconocen más bien como "trabajadores pobres" o incluso como parte de la pobreza estructural.

El país ya no se percibe como una sociedad mayoritariamente de clase media, sino como una estructura cada vez más parecida a la de otros países latinoamericanos. Es decir, una élite reducida, una clase media alta estable pero pequeña, y una mayoría que transita entre la vulnerabilidad y la pobreza.

Reconstruir la clase media es una necesidad para garantizar estabilidad social y un proyecto de país sostenible. Oliveto propone que los excedentes de sectores estratégicos —como el agro, la minería y la energía— se utilicen no sólo para generar divisas, sino para impulsar la creación de empleo formal, invertir en infraestructura, y fomentar el desarrollo de sectores con alto valor agregado. La reconstrucción, sostiene el especialista, debe tener como eje la formalización del trabajo, la ampliación del acceso a servicios públicos de calidad, y políticas activas que favorezcan la movilidad social.

Aunque una parte de la población aún mantiene una "ilusión" de recuperación —alentada por cierta estabilidad macroeconómica—, la paciencia social no es ilimitada. El desempleo, la caída del consumo y la falta de perspectivas concretas de mejora podrían quebrar ese apoyo a las políticas que impulsa la Casa Rosada. La tolerancia al ajuste depende de que, en algún momento, empiecen a aparecer señales claras de que el sacrificio tiene sentido.

El futuro del país estará atado a su capacidad de reconstruir una clase media amplia, estable y optimista. Porque, como bien dice Oliveto, sin una clase media fuerte, la Argentina pierde su equilibrio social, pero también su identidad.

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