Entre la desconfianza y la guerra
Señor director de NORTE:
Tierras, más antiguas que el olivo, amanecen cada día con la esperanza cautelosa de una tregua. En ellas, dos pueblos han hecho de la memoria una casa que a veces protege y a veces encierra.
En ese paisaje donde la historia es una vecina que golpea las ventanas todas las noches, el conflicto entre israelíes y palestinos no es un rayo súbito, sino una tormenta que viene creciendo desde hace muchas generaciones.
Es complejo por razones históricas, religiosas, jurídicas, geopolíticas y afectivas. Y, como toda tormenta vieja, está hecha de capas: memorias que no coinciden, promesas rotas, miedos heredados y hechos incontrovertibles que—según quién los mire—parecen contarse de otra manera. Una historia muy larga en un territorio muy pequeño.
Diáspora judía y reinos antiguos. En la Antigüedad, en estas mismas colinas y llanuras existieron los reinos de Israel (al norte) y Judá (al sur). Tras la conquista asiria del reino de Israel (722 a. C.) y las deportaciones que siguieron, la monarquía de Judá resistió hasta el 586 a. C., cuando los babilonios destruyeron Jerusalén y el Primer Templo, iniciando el exilio en Babilonia. Bajo el Imperio persa, muchos judíos regresaron y reconstruyeron el Segundo Templo; siglos después, la dominación helenística dio paso al poder romano.
La destrucción del Segundo Templo por los romanos (70 d. C.) y la represión de la rebelión de Bar Kojba (132–135 d. C.), renombrado las tierras como Syria Palaestina, aceleraron una diáspora que ya existía: comunidades judías se expandieron por el Mediterráneo y más allá, sin perder el vínculo religioso y cultural con la tierra ancestral.
Quién gobernó la tierra hasta el Mandato Británico. Esa tierra cambió de manos una y otra vez: asirios, babilonios, persas, helenísticos ptolemaicos y seléucidas; un interludio de independencia hasmonea; y después Roma y Bizancio. En el siglo VII, las conquistas árabes integraron la región al mundo islámico; más tarde llegaron cruzados europeos, ayyubíes, mamelucos y, desde 1517, el Imperio otomano, que la dominó hasta la Primera Guerra Mundial.
Tras la derrota otomana, Gran Bretaña recibió el Mandato de la Sociedad de Naciones (1922–1948), que incorporó la Declaración Balfour (1917) sobre un "hogar nacional judío", con la promesa de respetar los "derechos civiles y religiosos" de las comunidades no judías. Allí comenzó a cristalizar la tensión moderna: un mismo territorio prometido a dos pueblos.
De la partición a la primera guerra árabe-israelí (1947–1949). En 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181, que recomendaba la partición en dos Estados—uno árabe y otro judío—y un corpus separatum internacional para Jerusalén. El liderazgo sionista aceptó; la mayoría de los líderes árabes lo rechazaron.
El 14 de mayo de 1948, expiró el Mandato y se proclamó el Estado de Israel. Al día siguiente, fuerzas de Egipto, Transjordania, Irak, Siria y Líbano intervinieron militarmente, iniciando la primera guerra árabe-israelí. La guerra concluyó con armisticios en 1949. Israel consolidó su independencia; y miles de palestinos fueron desplazados: la Nakba (catástrofe). Cisjordania quedó bajo dominio jordano y Gaza bajo administración egipcia.
Un conflicto que cambió de forma pero no de fondo. En 1967, la Guerra de los Seis Días redibujó el mapa de Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este. Desde entonces, las Intifadas, los asentamientos y la irrupción de actores armados no estatales (algunos con patrocinio externo) reforzaron la espiral de violencia y represalias.
El factor iraní. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha convertido el apoyo a grupos armados en política de Estado: financiamiento, entrenamiento y armas a Hezbolá en Líbano, a la Yihad Islámica Palestina y, en diferentes momentos, a Hamás. Esa red, activa desde los años 80, ha internacionalizado el conflicto, atando la causa palestina a la rivalidad Irán - Israel y asegurando que Oriente Medio viva en tensión permanente.
Derechos de existencia y negaciones mutuas. Uno de los nudos más ásperos es la negación del derecho del otro. Desde sectores palestinos e iraníes, la negativa a reconocer a Israel como Estado; desde Israel, políticas que palestinos leen como negación práctica de su derecho a la autodeterminación. Ambas negaciones alimentan la desconfianza y perpetúan el ciclo de violencia.
Intentos de paz y sus fracasos
• Oslo (1993–1995): reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP, autogobierno palestino transitorio. Naufragó por atentados, expansión de asentamientos e incumplimientos.
• Camp David (2000) y Taba (2001): negociaciones intensas, sin acuerdo sobre Jerusalén, fronteras y refugiados; estalló la Segunda Intifada.
• Hoja de Ruta (2003) y Annapolis (2007): fases y compromisos hacia dos Estados; sin avances por la violencia, la división palestina y los vaivenes políticos israelíes.
Diagnóstico común a los fracasos: desconfianza mutua, violencia recíproca, líderes que se fortalecen en el conflicto y una opinión pública atrapada entre temor y resentimiento.
Por qué la desconfianza embarra todo:
1) Memorias incompatibles: Israel como refugio tras la diáspora y el Holocausto; Palestina como hogar perdido en 1948 y 1967.
2) Seguridad versus libertad: Israel exige garantías; Palestina, soberanía y movilidad.
3) Geografía fragmentada: mapas imposibles que no aseguran contigüidad para un Estado palestino ni seguridad para Israel.
4) Reconocimiento: mientras se niegue el derecho del otro, la confianza seguirá siendo tóxica.
Conclusión: romper el círculo
Los hechos son testarudos: hubo reinos antiguos en esta tierra, hubo exilios y retornos, hubo un Mandato y una partición, hubo guerras y diásporas. Todo ello ha convertido a Medio Oriente en una herida abierta con costos humanos inmensos.
Cuando se intentó negociar en serio, la desconfianza —alimentada por la violencia de unos y otros—devoró la mesa de diálogo.
Esa desconfianza continuará mientras la violencia no cese y se siga negando, de hecho o de palabra, el derecho del otro.
El único camino es la paz con reconocimiento mutuo: seguridad real para Israel; libertad, dignidad y viabilidad para Palestina. Se trata de dos pueblos que supieron coexistir durante siglos bajo dominios imperiales.
La paz no puede esperar. Cada día que pasa se pierden vidas inocentes en una espiral de sufrimiento que no otorga victorias a nadie y nos roba la humanidad a todos.
La guerra es esa locura colectiva que exhibe el horror en todas sus facetas: niños sin futuro, familias desgarradas, ciudades reducidas a escombros y tumbas anónimas.
Si algo nos distingue de las bestias es la capacidad de elegir la vida sobre la muerte, la compasión sobre el odio, y de convertir la adversidad en trabajo común y progreso.
Sobran profetas del odio; faltan voces que convoquen a la paz para que israelíes y palestinos puedan mirar el futuro sin miedo y con esperanza. Y como recordó Gandhi: "No hay camino para la paz; la paz es el camino".
DANIEL KIPER
CABA
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