El mundo cambió, pero Dios no
A través de los siglos el mundo fue cambiando y también la manera de ver las cosas.
Los avances tecnológicos fueron incorporando mayores posibilidades de comunicación entre los seres humanos y eso ha llevado a que casi todas las personas puedan leer o escuchar distintas maneras de pensar de terceros, junto a la posibilidad de sumarse o rechazar determinadas líneas de pensamiento, formando así el suyo propio o adaptarse a lo que consideran lo correcto.
Lugares insospechados
Así como la tecnología ha logrado que el mundo avance hasta lugares insospechados, también la conducta del hombre ha evolucionado de la misma manera.
Tal vez podríamos añadir que la conducta del hombre ya viene de lugares insospechados, porque en el marco de la evolución, no es algo nuevo su degradación, ya que la misma es parte –desde el principio- de su propio ser.
La conducta es lo más parecido al agua que sale de una canilla, en el sentido que, si la canilla funciona correctamente, abrirla o cerrarla es un atributo humano. El diluvio universal –aunque la mayoría lo ignore- fue producto de la perversión humana que ya a esa altura había llegado a lugares insospechados.
El diluvio fue correctivo
El diluvio fue algo correctivo y la humanidad comenzó de nuevo a partir de ocho personas: Noé, su esposa, sus tres hijos y sus tres nueras. Sin embargo, pasadas algunas generaciones el hombre volvió a ser el mismo que antes del diluvio. El mal está arraigado en cada hombre y mujer que habita el planeta tierra; algunos, al igual que la canilla, equilibran entre lo bueno y lo malo.
Lo bueno y lo malo
Fue Dios, por medio de las Escrituras, quien dispuso que es bueno y que es malo. Sin embargo, echándole la responsabilidad de los cambios a los tiempos, ha nacido la idea que hacerle caso a Dios es retroceder en el avance de la humanidad y volver a la época medieval.
Pero el plan de Dios es el mismo ayer, hoy y siempre porque la inclinación del hombre hacia el mal es algo que viene desde sus orígenes. La palabra divina no tiene tiempos porque de otra forma sería limitada. Lo que se escribió hace casi seis mil años y dio origen a las sagradas Escrituras, tiene plena vigencia hoy. Aceptarlo o rechazarlo está en la posibilidad que el ser humano tiene de elegir donde desea pasar la eternidad. El mundo cambió, pero Dios no cambió.










